Mariana Quevedo Esteves – #Metoo: ¿palabras liberadas o pegadas?

En 2006 Tarana Burke, activista de los derechos civiles, funda el movimiento “Me too” para ayudar a las sobrevivientes de violencia sexual, especialmente a mujeres y niñas negras. En 2017 Actrices de Hollywood iniciaron una campaña contra el director de cine estadounidense, Harvey Weinstein, por agresiones y acosos sexuales, impulsando a otras mujeres a contar abusos padecidos por hombres con cierta jerarquía y poder, para hacer visible la extensión global.

El movimiento de denuncias en masa se hizo viral en las redes sociales. El hashtag se extendió en al menos 85 países. Se utilizaron variantes de la frase en los diferentes países que se dejaron captar por este movimiento. En Francia prendió “#BalanceTonPorc” (“Denuncia tu cerdo”), para impulsar a compartir en las redes los nombres de los abusadores. En Italia, mujeres postearon historias de agresión y acoso con el hashtag “#QuellaVoltaChe” (“Aquella vez que”). En español se utilizó “#YoTambién”. En Israel, el hashtag hebreo “גםאנחנ#” (“Nosotras también”).

Se levantan los velos, se soporta un poco el horror, y se presentan mujeres tomadas por el poder. Lo que no está claro es quién toma poder de la mujer. La frase “empoderamiento de la mujer”, tan aclamada en el momento de su aparición se ha mostrado poderoso aún para quienes la leían de una sola manera.

¿La masividad del fenómeno de denuncias significa que eso que hay que dar a ver y decir, de esa mala experiencia, logrará hacerse escuchar desde “nosotras las mujeres” contra “ellos los acosadores”?1

Las experiencias se colectivizan y se les dan un sentido unívoco a lo incomparable e inconmensurable de cada una. Cernir y dar cuenta de las causas del propio horror, implica una separación del otro. Las mujeres no son reducibles a un grupo, son una por una. Es al goce al cual no se llega a dar hospitalidad, siempre queda un resto ineliminable. Decir toda la verdad es imposible, porque las palabras faltan.

La supuesta liberación de la palabra en el tiempo de redes sociales, no tiene en cuenta que la enunciación tiene un estatuto singular, y se pulverizar el valor de la palabra misma.  Desde la enseñanza de Lacan ubicamos el bien decir, un decir entre líneas. La Revista Literal en 1973 titulaba su presentación: “No matar la palabra, no dejarse matar por ella”.

Los testimonios de las experiencias relatadas por Catherine Millet y otras mujeres que hablaron en nombre propio y fueron rechazadas y acusadas por el movimiento #Metoo, dan cuenta que cualquier palabra que no entra en lo universal del conjunto, es expulsada, y lleva más bien a hacer callar lo que no entra en la norma del grupo.

La paradoja de este movimiento feminista es que al defender el todos iguales del “yo también”, no se perciben las condiciones del propio goce, el de cada una, no el de toda mujer, sino lo que define para cada una su posición. Se sostiene un modo de rechazo de lo femenino, el rechazo también traducido como “desautorización”2, donde cada sujeto desautorizaría su parte femenina del goce. Esto implica el “no quiero saber nada de eso” que insiste en cada ser hablante y en las diversas formas de segregación.

 Jean-Claude Milner3, en la videoconferencia realizada en Córdoba, expresa que no pone en discusión la cuestión inherente al movimiento, sino que examina las eventuales consecuencias del Me too. El primer punto que plantea es que en el acto sexual la violencia ejercida de un cuerpo sobre otro, es la regla y no la excepción. La diferencia sexual se da bajo la forma de una asimétrica constituyente e irreductible entre los sexos. Hace un paralelismo con el contrato social de trabajo de Marx, donde hay siempre una persona estructuralmente fuerte (el empleador) y otra débil (el empleado). Tanto en el acto sexual como en el contrato social, la regla es la inequidad.

El segundo punto que expone Milner, es que Marx se preguntaba si la inversión de roles sería posible. Concluye en que habría una inversión del que es estructuralmente débil en fuerte y el que es estructuralmente fuerte en débil, y así se llegaría a lo que se llama la “dictadura del proletariado”. Luego Marx dice que al final de la revolución se llega a una sociedad sin clases, en la cual la diferencia entre débil fuerte debería desaparecer.

El objetivo de la dictadura del proletariado, es decir, que el estructuralmente débil se vuelva estructuralmente fuerte, es posible de alcanzar en el movimiento Me too, es una cuestión de proceso. Por lo tanto, el equivalente de la sociedad sin clases le correspondería una sociedad sin sexo. Los cuerpos estarían ausentes del acto sexual y cada uno sería remitido a su propio placer individual, para que no haya violencia sobre el cuerpo del otro.

 Precisamente la ideología de la sociedad capitalista moderna consiste en un deshacerse del cuerpo obrero. El capitalismo contemporáneo, en su movimiento natural, puede llegar a una evolución donde la solución sería la descorporización o la no corporización del acto sexual. Finalmente Milner se pregunta si el escándalo del Me too no sería simplemente un reflejo de la ideología del capitalismo contemporáneo que considera que el cuerpo es algo de lo que hay que deshacerse.

 

Mariana Quevedo Esteves es Lic. en Psicología, reside en Córdoba.

Integrante del equipo organizador de las conversaciones clínicas del Programa de Lectura e Investigación el Psicoanálisis en la Cultura, del CIEC. Integrante del grupo de Investigación “Psicoanálisis y Filosofía: encuentros, influencias y discusiones” CIFFyH-UNC. Psicóloga del equipo de Salud mental de la SAE (Secretaria de Asuntos Estudiantiles de la UNC).

 

Notas:

1 Leguil,C., “Desencadenamiento de la verdad y universalización de la palabra femenina”, Lacan Cotidiano N° 768, 2018.

2 Bassols, M., Lo femenino, entre centro y ausencia, Buenos Aires, Argentina: Grama Ediciones, 2017.

3 Milner, J-C, con Fanjnwaks, F. desde la Universidad de Paris XVIII, en Video conferencia realizada por la “Maestría en Teoría Psicoanalítica Lacaniana”, 5 de Octubre del 2018, Córdoba.

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