Marita Salgado – El padre y la máquina de vapor

La máquina de vapor, un poco antigua pero máquina al fin, creada en 1760, es creo, algo a lo que Lacan alude hablando de evaporación, máquina de vapor que inaugura la revolución industrial y con ella sus consecuencias.

Se refiere con este término, ‘evaporación del padre’, al movimiento imperceptible de un cambio de discurso, un deslizamiento ínfimo qué pasó inadvertido, que lo especifica desde entonces como el discurso capitalista.

 La evaporación del padre efecto de los avances de la ciencia, por la vía de la técnica y sus consecuencias, deja cicatrices en los seres hablantes. La cicatriz que  Lacan  predice en 1968, la evaporación del padre, tendrá  efectos cada vez mayores de segregación, ramificada, acentuada, entremezclada en todos los niveles, multiplicando cada vez más sus barreras.

Esto quiere decir como la ciencia, anudada a dicho discurso, con sus avances hacia la uniformizacion, la protocolarizacion, la cuantificación de la vida, evapora al padre, lo hace humo, y es el efecto de segregación  aquello que va a restar de dicha vaporización.

La ciencia, intenta dar cuenta, matematizar, simbolizar lo Real, su Real, avanza hacia allí desde todas las disciplinas posibles con una temporalidad inquietante, no se detiene no se trata tampoco que se detenga sino de pensar desde el Psicoanálisis, qué efectos produce sobre el real del que se ocupa el Psicoanálisis.

Entonces si el padre, su nombre, es aquello que une un deseo a la ley, dando lugar a lo simbólico, su evaporación, indica una caída de lo simbólico, un avance de lo Real, de aquello imposible de simbolizar, sin ley. En la práctica del psicoanálisis no existen más que padres singulares.

La época que nos atraviesa nos obliga a pensar los elementos con los que contamos a través de las  herramientas del Psicoanálisis, esto es, la época pone a prueba estas herramientas nos obliga a aggiornarnos para estar a la altura del discurso analítico .

¿Qué quiere decir Lacan con segregación?

Partamos de Freud

Freud parte de la segregación, el inventó el inconsciente, el inconsciente segregado de la conciencia, a partir de una irrupción traumática de goce, que pone en juego la defensa dividiendo al aparato psíquico freudiano, el primer segregado es el inconsciente.

El inconsciente freudiano, ¿qué es después de todo, sino el descubrimiento de que el ser hablante no es nunca uno, ni siquiera cuando duerme?

Si el nombre del padre declina, se evapora, da lugar a una desregulacion, a una caida del significante en pos de un avance de lo Real, de aquello imposible de simbolizar, dando lugar a un goce desregulado, ilimitado, de los seres hablantes, goce, en el que se aloja lo Real, atravesando los cuerpos.

Un goce oscuro, sin rostro, anida en los cuerpos mortificados por la pulsión de muerte.

Goce que da lugar a síntomas inéditos, nuevos, a la angustia masiva, la violencia generalizada, a la intemperie de un real que no cesa.

La uniformizacion a la que empuja la ciencia, en nuestra época, rechaza dicho goce oscuro, que no se aloja en sus protocolos, en sus listas, en sus burocracias,  produciendo segregación de la singularidad de los seres hablantes habitados por él. Segregación sostenida en una política orientada por dicho rechazo.

Dicho goce segregado, su rechazo es el origen del racismo moderno, rechazando en el Otro el propio goce.

El racismo cambia sus objetos a medida que las formas sociales se modifican, pero según la perspectiva de Lacan, siempre yace en una comunidad humana el rechazo de un goce inasimilable, que es el resorte de una barbarie posible.

El odio al goce del Otro, se traduce en el rechazo a lo propio en el Otro, un interior que se hace exterior. La consecuencia es un rechazo radical del extranjero por acciones violentas y criminales devenidas cotidianas.

Odio al goce del Otro que determina una política.

Allí donde la política regida por la homogeneización del todo, aboga por el ‘todos los hombres’, el ‘todos nosotros’, la segregación demuestra su imposibilidad. No hay ‘todos nosotros’, es este mismo decir el que engendra segregación. En nombre de ‘todos nosotros’ es que se realizan los peores crímenes. Todos los arios implica la matanza de todos los judíos, implica una solución, la solución final, que terminara con cualquier dicotomía, todos nosotros, los europeos, cuando todos los migrantes africanos y asiáticos segregados del mundo no puedan entrar más a Europa, todos los cartoneros se van a terminar, cuando no haya más cartones y podríamos seguir enumerando los acontecimientos racistas de cada día en una lista interminable, demostrando la hiancia en la que se aloja la hermandad. Nos preguntamos entonces si la época que nos atraviesa no redobla con creces las postulaciones de la escritura sadiana desde el nazismo hasta nuestros dias.

Lacan habla de “todos somos locos, es decir delirantes” es un todos que no hace masa, sino que por el contrario alude a ese goce rechazado, y lo sitúa como la locura de cada uno, es si se quiere lo opuesto al ‘todos nosotros’ del humanismo. Situando a cada ser hablante como responsable de su goce.

La segregación entonces se sostiene en un discurso, es una cuestión de discurso, sostenido en una política, la política de los seres hablantes, política que atraviesa los cuerpos.

El ser hablante quiere hablar, es decir por un momento imponer el silencio descubriendo que no hay que matar a un ser hablante para hacerlo callar, es allí que nace la política. Hacer callar, y no matar es el axioma inicial de la política, cuyo postulado fundamental es la demanda de supervivencia, la posibilidad de la vida.

Sin embargo en nuestra época nos confrontamos con que hay discursos que matan. Discursos que matan justamente es el título de un texto sobre Psicoanálisis y política que me pareció oportuno incluir aquí porque además encuentro en él resonancias locales. La característica (de estos discursos que matan) es insidiosa, no tienen nada de vehemencia. No llaman a la muerte, su lengua es lisa, políticamente correcta.

No dicen nada acerca de que por ejemplo hace falta cerrar las fronteras del continente y dejar los migrantes ahogarse en el mar dicen ‘no se puede alojar a todo el mundo, ¿no es cierto?’. La acción criminal de no asistencia a personas en peligro esta camuflada detrás de una ética legalista, ‘no hacemos más que aplicar la ley’.

Peor, estos discursos ponen a las pulsiones más mortiferas al servicio de un supuesto bien común, hacerse el dormido por estos discursos que banalizan lo peor, el riesgo es el de volverse cómplice.

No se trata para el Psicoanálisis de un llamado nostálgico de retorno del padre. Se trata de anudarse, de servir a un discurso inédito, sorprendente, el discurso analítico, único discurso según Lacan que hace entrar en él, la castración.

El discurso analítico es el único discurso que no se sostiene en un lazo dominial, por el  contrario, aloja el goce singular rechazado por la ciencia, no rechaza el goce lo pone a trabajar, lo transforma en un hacer ligado a la vida.

El psicoanálisis en su orientación trata la segregación desde lo real del goce singular que no hace serie, es por ello que Lacan afirma: “debemos poder acostumbrarnos a lo real”1, es decir, no segregarlo, orientarse por el mismo. Es desde este nuevo discurso al que estamos amarrados que se espera una política del síntoma que implique una acción lacaniana.

 

Marita Salgado es psicoanalista, reside en Buenos Aires.

Miembro de la EOL y AMP.

*Texto presentado en las III Jornadas Práctica Profesional Violencia, “Violencia, locura y segregación en los lazo sociales. Perspectivas del psicoanálisis”, Mesa plenaria, “La segregación en la era de la evaporación del padre: ¿todos locos?”

 

Notas bibliográficas:

1 Lacan, J., El triunfo de la religión, , Paidós, Buenos Aires, 2005, p. 92.

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