Martín Arancibia – Agnes Varda: Hacia una política del resto

La civilización, observaba Lacan, es la cloaca máxima: implica el desperdicio y comporta sobre este alguna forma de tratamiento. En el documental sobre Los espigadores y la espigadora (2000), la cineasta francesa Agnes Varda testimonia sobre la presencia irreductible del residuo en el seno de lo social. ¿Que producen nuestros cuerpos? ¿De qué es testigo la presencia del analista?

La crítica de cine Imma Merino cuenta que Varda era una apasionada de los rompecabezas. Sucedía que cuando los armaba encontraba la ausencia de algunas piezas, y señalaba esta precariedad como metáfora de lo vivo: no está cerrado, la totalidad está rota, una hendidura se cuela y persiste.

Así como resulta de una pequeña cámara que Varda misma lleva en sus manos y no de un inmenso montaje técnico visual, Los espigadores y la espigadora no tiene la forma de un gran relato, no se trata de un pensamiento, de una idea o de una visión global, en consecuencia de la extraordinaria sensibilidad que presta a aquello que con frecuencia es objeto de repudio general, esos márgenes por donde se filtran las contrariedades del mundo que nos habita.

«Me gusta filmar podredumbres y restos, residuos, cosas mohosas y desperdicios», dice Varda. Es el modo en que ofrece un trabajo sobre la memoria, esa que no es sin el olvido. Ni olvido ni memoria superior. No hay página en blanco, inmaculada, transparente. No hay tabla rasa ni borradura absoluta. Ella nos ubica en esos intersticios que, podemos suponer, son los que Freud llamaba huellas mnémicas. Algo deja rastros. Varda trabaja sobre esos rastros que son las ruinas de lo real. Es así como sus imágenes tienen la potencia de ligarnos a la verdad de lo vivo.

Lacan decía que basta con destacar que hay cosas inmundas para percibir que no hay mundo, decía que el analista se ocupa de eso, y solo de eso, lo que hace difícil ubicar la ética de su ejercicio en los términos de la utilidad social, y podemos agregar que es a condición de haber sublimado lo suficiente lo que le hace sensible a los restos que caen del discurso que se le ofrece. Varda bordea esta ética. Mientras que el discurso moderno se propone como principio de cambio y riqueza, Varda, mas allá de la abundancia de las regiones del país por el que se mueve, destaca lo que permanece, lo injustificado que resiste y retorna mas allá de todo cambio previsto.

Cuando a Miguel Angel le preguntaban acerca de la bella armonía de sus esculturas respondía que era algo sencillo, «se coge un bloque de mármol y se eliminan todos los pedazos superfluos». Varda va en una dirección diferente. Ella no tira hacia arriba si no hacia abajo, como ese mismo gesto humilde que se repite en sus imágenes, el de agacharse, el encorvamiento, pues algo esta caído y pesa, como en El juicio final del arcángel Miguel en la pintura de Rogier van der Weiden a la que ella reserva un lugar, «pesan poco los que podrán resucitar y mucho los que sufrirán en el infierno. La balanza se inclina hacia un lado». Varda no juzga las almas de los vivos. No procede por eliminación de lo superfluo, de lo inútil, de lo innecesario, si no que hace de esto el material predilecto de su creación.

«Espigador» es quien recolecta después de la cosecha y se traduce al portugués por «respigador». Esta traducción da la pista del agujero, del fallido, del pathos: cada nuevo encuentro es un reencuentro. Todo objeto es relativo a una ausencia. Agacharse para recoger, pero recoger para volver a agacharse, porque quienes espigan, a su vez, seleccionan y tiran, “todos tiran, tanto ricos como pobres”. Un recolector de papas observa, “las dañadas las dejamos, algunas son muy pequeñas, preferimos coger las más grandes”. Así, cada recolección reenvía a otra recolección, antes o después. Es como si todo esfuerzo por reducción del residuo acabará por arrojar más residuo. El circuito no se cierra. No se establece una relación de suficiencia. Y no se trata de saber si es el producto o el residuo lo que está primero. Lo que vemos es que la producción inserta en el producto el producir, es decir, no hay fin del proceso, no hay punto de llegada.

“No es agacharse lo que ha evanecido nuestra sociedad de la abundancia”. Las imágenes son un paseo por el paisaje de lo insoluble, como si los objeto delante de cada espigador evocaran algo que queda siempre detrás, como causa, intragable. Los espigadores parecen movidos por una fuerza que persiste, que obra de manera constante e insiste, porque parece no estar dirigida a nada, siempre más allá o más acá de los objetos que pudiera reclamar.

Así como Freud citaba el «erdenrest» del Fausto de Goethe para señalar que no todo está en orden, Varda se remite a lo social para indicar el desperfecto, la disfunción, eso que no avanza en el sentido del progreso y que no puede cernirse como un asunto de problema técnico o de curación. La solución, Varda no la ofrece. Lo que nos presenta no puede ubicarse en esa lógica del par problema-solución que, como observo Jean-Claude Milner, impregna al pensamiento del occidente moderno. A propósito de esta lógica, Thomas Hobbes, por ejemplo, se refería al cuerpo unitario del soberano, el Gran Cuerpo sin fisuras del Estado Moderno, indicando que una ley de complacencia rige sus partes para hacer que estas encajen unas con otras:

«Algo similar a lo que advertimos en las piedras que se juntan para construir un edificio. En efecto, del mismo modo que cuando una piedra con su aspereza e irregularidad de forma, quita a las otras más espacio del que ella misma ocupa, y por su dureza resulta difícil hacerla plana, lo cual impide utilizarla en la construcción, es eliminada por los constructores como inaprovechable y perturbadora: así también un hombre que, por su aspereza natural, pretendiera retener aquellas cosas que para sí mismo son superfluas y para otros necesarias, y que en la ceguera de sus pasiones no pudiera ser corregido, debe ser abandonado o expulsado de la sociedad como hostil a ella […]. Quienes observan esta ley pueden ser llamados sociables (los latinos lo llamaban commodi): lo contrario de sociable es rígido, insociable, intratable.» (Tomas Hobbes, «Leviatán»)

En las imágenes de Varda también figuran los constructores y las piedras perturbadoras. Varda toma la ruta hacia el palacio de Bodan Litnianski, un albañil de la basura. Y en los relatos que recoge también puede pescarse el absolutismo de ese leviatán que sigue animando las almas mejor bienintencionadas. Como aparece en lo que le dice un ecologista indignado, «vivir de la recuperación casi al 100 % […] me siento un poco amo de esta ciudad, esos tarados lo tiran todo y yo vengo y me lo llevo». Podemos entender que el «casi» es fundamental. «Recógelo todo y nada se malgastará», dice una espigadora del ahorro rememorando las exigencias de su madre. Un trapero que produce imágenes en base a los materiales que encuentra, responde a Varda acerca de la acumulación: «mi tendencia es ir ahora hacia la vaciedad, hacia la nada, hacia toda la nada posible». Alguien que come de lo que otros tiran, dos años después del rodaje del documental, cuando Varda vuelve a él, le dice a esta en un tono algo molesto: «su autorretrato no funciona […] muestra sus cabellos, sus manos, sus pecas, muestra la vejez. Si eso intereso a la gente muy bien. Pero a mí eso no me gusto». Mientras que Varda se interesaba por las papas con forma de corazón, es decir, en los asuntos del amor, quien así se expresaba, naturista, vegetariano, maestro voluntario, alfabetizador y estudioso de biología, no veía en los alimentos que recogía más que una serie de propiedades orgánico químicas, «vitaminas, zinc, magnesio, proteínas, glúcidos», decía.

En el curso de las imágenes, de repente lo inmundo concierne a Varda que lo ve y lo filma: eso le mira. Entonces el afuera pasa al adentro. Como señalaba Lacan en su seminario sobre la angustia, es el momento de «una eversión de lo que se encuentra en lo más profundo del secreto interior». Angelus Silesius decía que el ojo por el que vemos a Dios es el mismo ojo por el que Dios nos ve. Varda filma una de sus manos con otra mano y es ese su proyecto, dice, «entrar en el horror […] me da la impresión de ser un animal, peor aún, de ser un animal que no conozco». De repente no es el otro si no en ella misma, son sus pecas, sus arrugas, sus pelos, el montoncito de tiempo que va pasando y se acumula como mancha en el collage de sus imágenes para exponerle la muerte que se aproxima.

La angustia sobreviene cuando se alteran las fronteras. Lo que cae, lo que sobra, los pequeños tomates en el suelo que se sustraen al poder de la gran maquina técnica, desdibujan las fronteras seguras. ¿Dónde comienza el residuo? ¿Dónde termina? Lo inútil para unos es útil para otros, lo que estorba se convierte en materia prima, los huesos se hacen caldo, y la perdida se transforma en ganancia. Como dice Louis Pons sobre sus ensambles de objetos desechados, «lo que algunos ven como un cumulo de basura, para mi es una maravilla, un cumulo de posibilidades». Varda no olvida «que después del mercado, los hay que hacen el mercado entre los restos». Así, bordear lo residual es introducirse en una zona de incertidumbre, de ambivalencia, de equivoco, donde lo que ya no significa nada para unos de repente adquiere valor para otros.

El residuo es una de las dificultades en la contracara del poder. Las naciones más industrializadas y ricas extraen cantidades inmensas de recursos y consumen gran proporción de la energía mundial disponible, al mismo tiempo son quienes producen la mayor cantidad de desperdicios. 50.000 toneladas diarias de basura que se tiran en Nueva York no es poca cosa. Eso que se llama crecimiento económico, que implica un asunto de satisfacción, de “interés”, comporta la fecalización del ámbito ecológico. El índice del PBI es también un índice de la podredumbre. El desecho está en el reverso de toda gran riqueza. Lo que se gana de un lado, decía Lacan, se pierde de otro. Si en la era de la globalización asistimos a una evaporación de toda regulación en materia de satisfacción, el resultado es un acrecentamiento de los residuos a escala global. El residuo que se acumula es el síntoma de la sociedad contemporánea.

“Contaminación atmosférica”, “gases invernaderos”, “cambio climático”, “deforestación”, “calentamiento global”, “descongelamiento de glaciares”, “emisiones de co2”, “polución”, “escasez del agua potable”, “ciudad veneno”, son algunos de los significantes que intentan designar lo que se pierde en la medida de lo que goza.

¿Cómo se dividen las emisiones de gas entre los países? ¿Qué hacer con lo inmundo? Lacan decía que nadie había protestado tanto como Freud contra aquellos que acaparan el goce acumulando sobre las espaldas de los demás las cargas de la necesidad. Cargar el peso sobre las espaldas de los otros es el principio de la segregación y el racismo, cuando la porquería pasa a ser únicamente un asunto de ellos, porque nosotros ‒se nos dice‒ nosotros estamos sanos y limpios.

 

Juan Martín Arancibia es analista en formación, reside en la ciudad de Bahía Blanca.

Lic. en Psicología por la Universidad Nacional de La Plata. Analista en formación. Ex-integrante del Sistema de Promoción y Protección de los Derechos de los Niños. Perito Psicólogo (SCBA). Docente de la Tecnicatura Superior en Acompañante Terapéutico (ISFD y T n°79).

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