El controvertido artista urbano, británico Banksy, subasta su obra “La niña con globo” por un valor de más de un millón de libras. Nadie sabía, el día de la subasta, que la obra tenía dentro de su marco un sistema que se activaría apenas sea subastada y la cortaría en tiras.
La idea de Banksy era que fuera totalmente triturada y no en forma parcial, como de hecho ocurrió, dado que trataron de “rescatarla”.
Una manera, la de Banksy, quizás, para escapar del mercado y su degradación del arte. Sin embargo, y tal como me lo dijo Ernesto Pesce (artista contemporáneo argentino), “no pudo escapar del mercado, puesto que luego de ser triturada su obra valía el doble”.
Atrapados en las redes del capitalismo y el empuje al consumo, somos los nuevos esclavos de este tiempo. Pareciera que no hay escapatoria. Las redes y los objetos de consumo que produce la nueva ciencia cibernética nos convocan permanentemente a un goce que siempre resulta escaso en relación con lo que promete. Estamos inmersos en un mundo etéreo, sin los límites que imponía otrora el universo simbólico. En este mundo efervescente, donde no hacemos pie, podríamos preguntarnos ¿cuál es el lugar del psicoanálisis?, ¿queda por fuera de esa trama o no? ¿Es posible, salirse del discurso capitalista? en tanto todos, en mayor o menor medida, estamos tomados por él.
El capitalismo actual, esa “mantis religiosa”, tiene al igual que ella, estrategias para funcionar y enmascararse y nos devora.
Una de las herramientas es la posverdad, “la falsedad deliberada y la mentira descarada, utilizadas como medios legítimos para lograr fines políticos, han estado con nosotros desde el comienzo de la historia registrada”1
Entonces, ¿cuál sería la diferencia? Es posible pensar que, si bien algo de la posverdad como “falsedad deliberada” podría estar, como dice Arendt desde el comienzo de la historia, en nuestro tiempo con la globalización y las redes como un medio de “comunicación” instantánea, se ha convertido en parte de la dupla, para crear realidades virtuales.
Las fake news o noticias falsas, se filtran produciendo una realidad paralela. Las opiniones, o puntos de vista han sustituido a cualquier legalidad, amparándose en la legitimidad. Sin embargo, para que una sociedad funcione son necesarias ambas instancias “Siempre que se evoca la distinción entre legitimidad y legalidad, es menester precisar que por ello no se entiende, según una tradición que define el pensamiento así llamado reaccionario, que la legitimidad sea un principio sustancial jerárquicamente superior, del cual la legalidad jurídico-política no sería más que un epifenómeno o un efecto. En cambio, entendemos que legitimidad y legalidad son las dos partes de una única máquina política, que no solo nunca deben aplanarse la una sobre la otra, sino que además siempre deben quedar de algún modo operantes para que la máquina pueda funcionar”2.
La legalidad pertenece al orden del derecho positivo, sus normas tienen fuerza de ley, en este sentido generan una obligación jurídica, racional y normativa. En cambio, la legitimidad forma parte del orden de la política y de la ética pública. Genera responsabilidad política o ética, y reconocimiento. Tiene una lógica deliberativa que es abierta. Suprimir esta diferencia, lesiona la democracia y el Estado de Derecho, sin esta diferencia el sistema político se torna totalitario.
Esta distinción que subraya Agamben, creo que puede ser una de las vías para salirnos del campo de las opiniones, que solo fundan, a mi modo de ver, la proliferación imaginaria.
Aplicando estos conceptos al psicoanálisis, con toda la dificultad que implica, se podría decir que la legitimidad está dada por lo singular del uno por uno. El modo de goce de cada uno es legítimo, sin embargo, para que este goce, que siempre apunta a un exceso, acote sus pretensiones perversas, esto es: «Tengo derecho a gozar de tu cuerpo, puede decirme quienquiera. Y ese derecho lo ejerceré, sin que ningún límite me detenga en el capricho de las exacciones que me venga en gana saciar en él»3, es necesaria una legalidad. Para el psicoanálisis esta legalidad estaba dada por el nombre del padre que constituía el nudo Edipo-castración. Para los tiempos de la caída del padre y el desfallecimiento de lo simbólico concomitante, Lacan encuentra una salida: la vía del síntoma que permite anudar la estructura incluyendo el goce singular de cada uno.
Sin embargo, cabe preguntarse hasta donde la herramienta de la posverdad no se ha servido de muchos de conceptos psicoanalíticos para llevar agua a su molino, degradando sus ideas, sacándolas de contexto para aplicarlas a mecanismos perversos que sirven para el sometimiento de las conciencias.
En nuestro tiempo estamos muy lejos del Seminario 1, donde Lacan decía: “Una palabra sólo es palabra en la exacta medida en que hay alguien que crea en ella. (…) La palabra es esencialmente un medio para ser reconocido. La palabra está ahí, antes que cualquier cosa pueda estar detrás de ella. ¿Es o no verdadero lo que ella dice? Es un espejismo. Es este primer espejismo el que les asegura que estamos en el dominio de la palabra. (…) a partir del momento en que quiere hacer creer algo y exige reconocimiento, la palabra existe.”4
Aunque, como no pensar que el “dominio” de la palabra ha sido tomado por el neoliberalismo muy eficazmente. Se verifica así, que es suficiente que un significante o una frase, sea arrojada a los medios de comunicación y las redes, para que del otro lado muchos muerdan el anzuelo y comiencen a repetir, reconociendo su estatuto de palabra creyendo en ella como una verdad absoluta.
Ejemplos hay muchos, pero de lo acontecido en Bolivia me interesa subrayar al menos un detalle: el fraude.
Este significante se filtró gracias a los medios de comunicación, fue arrojado por quienes legítimamente no admitían un nuevo gobierno de Evo Morales. Pero basta con leer todo el informe de la OEA (no voy a expedirme respecto de lo que me merece esa organización) para asombrarme con el hecho, que en ningún párrafo se menciona ese significante. Volviendo a Lacan, si damos un salto en su teoría y recurrimos al Seminario 17 nos dice que “Este hecho, que sea de día, sólo es un hecho por el hecho de que sea dicho. Lo verdadero depende sólo (…) de mi enunciación, o sea si yo lo enuncio oportunamente. Lo verdadero no es interno a la proposición, en ella sólo se anuncia el hecho, lo fáctico del lenguaje. Es verdad que es un hecho, un hecho que constituye que yo lo diga, dado el caso, mientras sea verdad. Pero que sea verdad no es un hecho, si no añado expresamente que, por otra parte, es verdad. (…) La tontería, si me permiten expresarme así, es aislar lo fáctico de es de día. Es una tontería prodigiosamente fecunda, porque de ello resulta un apoyo, (…) el que implica llevar hasta las últimas consecuencias algo en lo que yo mismo me he apoyado, a saber, que no hay meta-lenguaje. No hay más meta-lenguaje que todas las formas de canallada, si llamamos así a esas curiosas operaciones que se deducen de que el deseo del hombre es el deseo del Otro. Toda canallada se basa en esto, en querer ser el Otro, me refiero al Otro con mayúscula, de alguien, allí donde se dibujan las figuras que captarán su deseo”5.
Siguiendo a Lacan, entonces, la posverdad no sería un hecho de discurso, sino una operación canalla en tanto se erige en el lugar del Otro que profiere LA verdad. Captando los medios de comunicación, y todo el aparato de redes emiten discursos que responden al metalenguaje, esto sería la posverdad. Un metalenguaje basado en las creencias y el deseo que se puede captar del sujeto. En este sentido las verdades variables de Lacan, que tienen su lógica en el marco del psicoanálisis, se filtran en el universo neoliberal para sostener a su arbitrio, “las diferentes versiones de la realidad que se corresponden con verdades distintas que encajan de forma diversa en la propia red personal de creencias y emociones”6
El campo social y el del psicoanálisis. Llevar los conceptos de un campo al otro, depara dificultades, sin embargo, Lacan propuso para el psicoanalista estar a la altura de nuestro tiempo. Nuestro tiempo es el del neoliberalismo, la posverdad y el mandato de goce por parte del objeto a encarnado en los gadgets.
Miquel Bassols, decía en una entrevista, “El analista debe saber atrapar los efectos de la subjetividad de la época y estar a la altura de ellos. No es nada simple, sin duda porque es cierto que, de entrada, pareciera que el analista estaría en una posición extraterritorial, posición que Lacan criticó en muchas oportunidades. Ni el psicoanálisis ni el analista están en una posición extraterritorial”7.
Estar a la altura de los efectos de la subjetividad de la época, no solo es poder leerlos, sino también estar advertidos respecto del propio goce que la época promueve; ser un santo sería la salida, pero para ello, es condición, sin ocupar un lugar extraterritorial, saber hacer cada vez.
Mónica Biaggio es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Egresada de la UBA. Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la AMP. Autora y compiladora de El origen de la violencia, 2011 y Del estrago al síntoma: una apuesta clínica, 2012. Artista plástica, egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes Manuel Belgrano.
Notas bibliográficas:
1 Arendt, H., “Verdad y justicia”. En Verdad y mentira en la política, Página Indómita, 2017, Barcelona, 2017, pp.68-69.
2 Agamben, G., El misterio del mal. Benedicto XVI y el fin de los tiempos, Adriana Hidalgo, Argentina, 2013, pág.14.
3 Lacan, J., “Kant con Sade” en Escritos II, Siglo Veintiuno, Argentina, 2003, pp.747-748.
4 Lacan, J., Seminario 1 Los Escritos Técnicos de Freud, Paidós, Buenos Aires, 1988, pp.347-348.
5 Lacan, J., Seminario 17 El reverso del psicoanálisis, Paidós, Buenos Aires, 1992, pág.63-64.
6 Álvarez Rufs, M., “Características de la Posverdad. Una cuestión de contexto y narrativa”, CC concienciacritica.org, 2019, pág.3.
7 Bassols, M., “Lecturas Políticas. Entrevista a Miquel Bassols”, Revista Lectura Lacaniana, Número XXVI, diciembre, 2014.