Mónica Biaggio – ¿Pandemi…a?

A modo de epígrafe: “El advenimiento de lo real no depende del analista en modo alguno. El analista tiene por misión combatirlo. A pesar de todo, lo real bien podría desbocarse, sobre todo desde que tiene el apoyo del discurso científico. (…) El asunto solo se pone disparatado cuando lo que embarga a los científicos mismos no es la ciencia ficción, sino una angustia. Esta es instructiva. Es el síntoma tipo de todo acontecimiento de lo real.(…) Toda la vida reducida finalmente a la infección que con toda probabilidad, sea de hecho, resulta el colmo del ser pensante. (…) suplirían la ausencia de la relación que llame imposible para siempre, mediante esa conjunción de Kant con Sade con la cual creí tener que señalar en un escrito el porvenir que se cierne sobre nosotros (…) donde el análisis tiene, de alguna manera, su porvenir asegurado Franceses un esfuerzo más para ser republicanos, a ustedes tocara responder a esta increpación(…)”1.

Lo real no es del mundo, lo real no tiene representación. Pero se presenta. Y esta vez de un modo que cumple la anticipación que Lacan tantísimos años antes supo leer y que hice mención en el epígrafe.

Un real desbocado que tiene el apoyo del discurso científico; discurso que Lacan no escribió en su Seminario 17 pero que sin embargo podemos ubicarlo en el lugar del saber, el S2 operando en el discurso capitalista, para producir en su momento gadgets y ahora ¿virus? ¿Sera que el virus viene al lugar de un gadget más?

Difícil asegurarlo, pero algo del lugar del objeto a, en el cenit mutó. También parece que tiene como el virus esa capacidad.

Atravesamos un instante en el que el objeto de consumo estalló, quedo suspendido. Esa burbuja que creaba todo el sistema neoliberal se perforó. Así estamos, extraviados, desolados, ahora sí, desbrujulados. Detenidos en el borde de un abismo que Eric Laurent en un artículo inolvidable llamó la angustia desolada de la Cosa.

¿Qué vino a caer a ese lugar que convoca a un agujero de sentido, de significación y de saber? Quizás vino el virus cuyo nombre corona, remite a lo que manda, al poder. ¿Será lo que esta vez comanda al sujeto? Me pregunto ¿para hacerle producir que…? Angustia siempre, con distintas variaciones y modos de tratamiento de ésta. Se presenta el no hay de una manera desgarradora. No hay relación sexual, y eso es para siempre, pero acaso ¿creíamos que si la había?

Una Pandemi-a. Un para todos relativo, oxímoron, que sin embargo nombra aun lo que no hay. Aun en este para todos, hay un imposible de suturar. Vérselas con eso cada día, cada segundo y vivir, no es fácil. Me parece que muchos discursos, controversias vienen a ese lugar, al sitio de obturar ese agujero de la inexistencia, de la imposibilidad de garantizarse la justa medida de todas las cosas. Es un para todos relativo porque no es para todos igual. Ni desde la singularidad subjetiva ni desde la posición social en la que se ve afectado el sujeto. Surgen controversias, que resuenan a viejos y oxidados relatos. Por ejemplo: salud – economía.

Recuerdo un film inolvidable basado en una obra selecta de Shakespeare El Mercader de Venecia, y la lección que nos deja esa defensa impoluta e ingeniosa. El Mercader pedía la libra de carne, eso exactamente le dan como fianza, lo que ha pedido. No quiso el dinero, nada del registro simbólico que pudiera cancelar esa deuda. Sino la libra de carne. Y se la dan, sólo a condición de que sea sólo eso, no debía caer ni una gota de sangre más, caso contrario perdería todo. La bolsa o la vida.  Versus que aparentemente introdujo la Pandemia de la mano del coronavirus. Ese falso versus estuvo desde siempre; es el neoliberalismo que con sus políticas thanáticas pide la libra de carne apoderándose del cuerpo del otro. Con un poco de memoria histórica, sabemos que esa dicotomía también se dio, cuando los esclavos eran vendidos como objetos de uso para producir mercancías, es decir dinero. Uno de los argumentos: no tenían alma. Y así los esclavos, los niños, las mujeres eran objetos de consumo, de manipulación, y explotación para que unos pocos acumulen toda la riqueza.

El tiempo pasó, las guerras, los holocaustos, los genocidios. Si algo tienen en común todos los crímenes, exterminios, políticas de hambre y devastación del planeta, es el objetivo cuyo valor se centra en el dinero como poder supremo de la economía. No les bastó con arrasar pueblos enteros, más allá de las creencias religiosas, para seguir dominando, no les bastó y continuaron arrasando la vida del planeta. De a poco fueron especializando métodos de exterminio, de amedrentamiento. Planes maquiavélicos que apuntaron a llevar adelante políticas económicas que para ser instaladas debían matar todo ser vivo. Nos fuimos quedando sin recursos. Sin aire. Sin agua. Sin cielo. Sin especies. Sin muchos de los pueblos originarios. Otros tantos arrinconados en lugares inhóspitos a los que sólo almas solidarias llegaban para alcanzar un poco de subsistencia. Hemos sido espectadores, no solo de las Torres que cayeron ese 11 de setiembre, sino de la muerte diaria de tantos inmigrantes en mares que fueron y son su tumba. Los poderosos siempre eligieron la economía y desde siempre nos hicieron creer, y elegimos creerlo, que era prioritaria, y no sólo prioritaria, sino lo único importante.

Otras consecuencias se han desprendido de este tipo ideológico: tener dinero es sinónimo de éxito. A excepción de la fama. Si no tenés dinero, necesitás fama y sino “buenos contactos” decían por ahí. El saber se fue devaluando, el valor del saber estuvo ligado a los recursos económicos. Y aun si hubo artistas, médicos –como es el caso del Dr. Favaloro en nuestro país– a quienes se les reconocía un saber, si no tenían el dinero suficiente caían en desgracia. Porque para los neoliberales el saber no tiene ningún valor, lo reducen a las opiniones en nombre de la libertad. Entonces, en medio de esta desolación, ¿cuál puede ser la salida o mejor aún, las salidas? Porque creo que no hay una sola salida. Creo que cada uno podrá hacerle la contra a lo real, escuchando su síntoma, sirviéndose de él para eventualmente saber hacer. Pero para eso creo que es necesario parar. Es un momento de detenimiento activo. Dejar que la pulsión de una gran vuelta hasta encontrar en algún hueco, reducto sintomático, su satisfacción. Venimos de una carrera desenfrenada en la que la pulsión sólo daba una pequeña vuelta para obtener pequeños instantes de goce, que enlutaban al sujeto, dado que ese frenesí era acompañado inmediatamente por la decepción.

Estar en cuarentena, puede ser también una oportunidad para detenernos, parar y permitir que la libido encuentre otros modos de aplicación más novedosos y vivificantes.

Estar en cuarentena no es a mi modo de ver, estar encerrados. El encierro es siempre la cárcel del goce, parafraseando a J-A. Miller, esa cárcel al aire libre que engaña con una supuesta libertad.

Tampoco es una prisión, ni nuestros lugares son campos de concentración o centros de detención ilegales. Este es un estado de excepción inaudito, diferente, porque apunta a preservar la vida, eso sí, siempre sin garantías. Las políticas de Estado no son todas iguales, sin embargo, no depende todo de ellas, somos responsables también de nuestras decisiones más íntimas.

Lo que disciplina ha estado al servicio de la producción para el mercado, la obediencia debida tenía su raíz ideológica en esto. Estaba al servicio de que todo marche. O que todo circule, –hay que decirlo que las Madres de Plaza de Mayo, encontraron una vía, son un ejemplo de lo que digo. Frente al real que genera impotencia, y al poder que les exigía circular, ellas circularon reclamando la aparición con vida de sus hijos. Transformaron así la impotencia en potencia creadora.

El neoliberalismo detesta la creación y la potencia, esa de la que nos habló Spinoza, porque necesitan sujeto dormidos para que marchen. Pero ¿qué cosa marche? El mercado, la producción desenfrenada sin tope de la acumulación y luego un paso más: la acumulación en muchísimos casos sin producción, simplemente jugando a la timba financiera. Se lee a veces como medida disciplinaria la cuarentena. Y en nombre de la libertad individual, se levantan las banderas de una salida sin miramientos respecto de las consecuencias. Algo acá escapa, y es el lugar del otro, de las consecuencias que van a recaer en la vida del semejante. Defender esa posición, es el envés de Kant, es decir Sade. A quien vengo citando muchas veces porque encuentro que en la sociedad hay un empuje a lo sadeano en nombre de esa libertad individual –y que Lacan lo dice explícitamente en el epígrafe. Si mi libertad me autoriza a gozar del cuerpo del otro, manipularlo, destruirlo, sin su consentimiento, entonces estamos justamente en esa ley.

Entonces, creo que ni ley kantiana ni ley sadeana como salida, sino intentar hacer con el saber imposible respecto de lo real, “saber que sólo se lo aprehende por medio de la impotencia”2, saber hacer nuevas formas potentes de vida, en lo singular y con los otros.

 

Mónica Biaggio, es psicoanalista, reside en Buenos Aires.

Egresada de la UBA, Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la AMP, Autora y compiladora de: El origen de la violencia, 2011 y Del estrago al síntoma: una apuesta clínica, 2012. Artista Plástica, egresada de la Escuela Nacional de Bellas Artes, Manuel Belgrano. Estudió con Carlos Gorriarena, Miguel Ángel Bengochea, Héctor Destéfanis, y Ernesto Pesce.

 

Notas bibliográficas:

1Lacan, J., “La Tercera”, Lacaniana del psicoanálisis, Nº18, mayo 2015, publicación de la Escuela de la Orientación Lacaniana, Buenos Aires, p. 17 y 18.

2 Miller, J.-A, Del síntoma al fantasma y retorno, Paidós, Buenos Aires,2018, p.384

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