Myriam Soae – Germán García, El hombre de apetito
En los meses de noviembre y diciembre pasados se presentaron1 las dos últimas publicaciones de Germán García: Informes para el psicoanálisis. Una salida, compilación realizada por Beatriz Gez de las columnas publicadas en la revista Babel entre los años 1988 y 1991 (Otium Ediciones) y Palabras de ocasión, entrevistas concedidas a diferentes medios a lo largo de más de cuarenta años reunidas por César Mazza (Ed. Los Ríos).
Estos acontecimientos quedaron signados por el reciente fallecimiento de Germán, el pasado 26/12/18, cobrando así un nuevo matiz: el del homenaje.
Me permito cruzar la lectura de ambos libros y así sugerirla. En uno seguimos de cerca la particular oralidad de Germán, en el otro su escritura precisa e incisiva. Juntos son el testimonio de una política llevada hasta el límite: hacer pasar al psicoanálisis por los desfiladeros del discurso que habitamos; que pueda seguir siendo un recurso, no sólo para tratar el sufrimiento humano, sino para leer una realidad (que ‘es el efecto de la manera en que cada uno esté insertado en la realidad’) y hacerla menos tonta; sensibilizar al oyente-lector al gusto por otras lecturas, empujarlo a una formación permanente, a cuestionar la hermenéutica y desconfiar de los sentidos sellados; ubicar al psicoanálisis entre las tramas culturales dándole el valor de un discurso subversivo, entendido como aquel que subvierte las categorías establecidas y que despeja una nueva noción de sujeto, el que se abre a las pulsaciones del deseo.
Estas páginas son, sobre todo, el rescate de una voz inconfundible, ríspida y vivaz, que deja reconocer en cada giro de ese tono el gesto ausente que acompaña a la palabra.
Son, por supuesto, un exquisito acceso al mundo de Germán: a su estilo erudito y alegre, a la velocidad de su pensamiento, a su articulación permanente, a su memoria prodigiosa, ‘a la impaciencia amarga del que no se da tregua’ (como lo definió hace pocos días María Moreno).
Pero también son el testimonio de una historia reciente en el campo de la literatura argentina y en el del psicoanálisis, o mejor dicho de esa trama anudada de la que Germán fue pionero y promotor.
Cuenta César Mazza en la contratapa de Palabras de ocasión que Ricardo Piglia le sugiere a su amigo hacer una compilación de entrevistas “Querido Germán, envejecemos pero sin plegar los jirones de la bandera que enarbolamos cuando éramos pobres y jóvenes”. Precisamente se aprecia a cada paso de lectura, la fidelidad a las causas, la lealtad a sus mentores y el valor que le concede a la amistad.
Desde la publicación de Nanina, a sus veintidós años, hay un continuo hacer, una prisa que empuja, un movimiento que no se detiene y que va construyendo a su paso no sólo su propia figura sino un torrente de invenciones.
“Hacer, sin pensar en nada más, define la posición del analista”2 es la conclusión que arroja en una de sus columnas en Babel en Noviembre de 1990, luego de la fundación de la Asociación de Psicoanálisis del Norte.
Hay una inquietud insistente: la invención del psicoanalista. Si seguimos ese hilo de lectura la pregunta que recogemos de manera recurrente es ¿cuál es la posición que le conviene al analista? A pesar de que las respuestas se asoman, se subrayan actos: la creación de instituciones, las publicaciones, las intervenciones en diferentes ámbitos y en momentos precisos, son parte de una acción permanente.
Parecería que, ante la imposibilidad lógica y estructural de que los psicoanalistas formen grupos, este lazo se funda en la desesperanza de hacer grupo, “parece una empresa desesperada” (“El atolondradicho”), Germán García apuesta a la fundación de instituciones analíticas.
Podemos armar una cronología, sólo a los fines prácticos, ya que el hacer de Germán rebalsa la numeración didáctica. Las páginas van siguiendo los rastros, narrando las crónicas, por momentos en presente: los grupos de estudio con Masotta; la fundación de la Escuela Freudiana de Buenos Aires; la llegada a España y la creación de distintas Bibliotecas donde se transmite el psicoanálisis lacaniano en castellano; el regreso a Buenos Aires marcado con la creación de la BIP; la transmisión en el NOA; la fundación de la Escuela de orientación Lacaniana; El Centro Descartes; El instituto Oscar Masotta.
El prólogo de Beatriz Gez de Informes para el Psicoanálisis bien da cuenta de la sucesión de acontecimientos y subraya el contexto político –social en los que estos quedan inmersos enfatizando que son, en todos los casos, una salida.
García sostiene que la institución psicoanalítica genera un movimiento que permite a cada uno salir de la fascinación de la imagen para conducirse hacia la lógica del vacío, sostenida por la causa que convoca al conjunto
“¿Por qué una Escuela de Psicoanálisis?”3, pregunta Carlos Rodríguez en una entrevista para la revista Claraboia n° 5 (marzo 1982) en Barcelona, “Que exista otro es lo que hace falta, en el doble sentido de que necesitamos a otro y que por la existencia del otro descubro lo que me falta a mí (…) Una práctica que no puede transmitirse es una mistificación, hace que el practicante se convierta en el saber absoluto encarnado (…) El analista por libre no soporta las jerarquías, su capricho es el único que le gustaría imponer (…) Era el acto de fundar, la pérdida de esa soledad”.
Las tramas de los acontecimientos incluyen las consecuencias de la imposibilidad mencionada: las traiciones, las divergencias, las separaciones. La historia del psicoanálisis está hecha de esta estofa y García va comentando, casi en simultáneo a los sucesos, la otra cara de los oficialismos impuestos.
La entrada del psicoanálisis en la Argentina es el inicio de una política del relato que viene a reorganizar un campo de disputas con una novedosa e incómoda versión de la historia. A propósito García responde a Claudia Ojeda en el año 1978, a días de la publicación del libro “(…) Se trata de desentrañar qué sucede con la entrada de un discurso dentro de otro discurso (…) Para el psicoanálisis hablar de un discurso significa excluir esta diferencia (entre teoría y práctica), para incluir otra: que el organismo está sujeto a las leyes del lenguaje. La historia del psicoanálisis parecería ser un rechazo a esta afirmación implícita en su discurso; de ahí que producir esta historia es otorgar un lugar a dicha afirmación”4.
Se ubica en serie otra respuesta a Raúl Vera Ocampo para La Opinión Cultural (5/11/78) “(…) en este momento el discurso de Lacan, como tantos otros podría servir para que alguna gente se entretuviera durante un tiempo y ganara unos pesos hasta la próxima moda. Pero si uno lo trabaja de una manera intensiva, interesante, y logra encontrarlo con la propia historia de los problemas que nosotros tenemos acá, con el psicoanálisis, podría ocurrir que fuera la oportunidad de modificar en algo ese campo del psicoanálisis”5.
Hay, a lo largo de los años de transmisión, una búsqueda de las oportunidades para modificar algo, a partir de ciertos cuestionamientos reiterados: ¿cómo deslindar la transferencia de la sugestión? ¿Cómo distinguir la construcción de un saber del legado de creencias? ¿Cómo promover la legitimidad del psicoanálisis en tiempos de la proliferación de mercancías psi por doquier?
“¿Qué es para usted un psicoanalista?” pregunta el cronista de Tiempo Argentino en marzo de 1986 en ocasión del Cuarto Encuentro de la Fundación del Campo Freudiano. “Un síntoma del psicoanálisis, alguien que depende de la significación social hasta que encuentra su deseo. Alguien que sabe que las cosas se juegan siempre entre la alienación y la separación y que no hay una sin la otra”6.
Las intervenciones en el campo cultural, que ubican al discurso psicoanalítico en el seno de los debates, son una manera de incentivar y promover otra inserción del psicoanalista.
En esta vía se sigue el registro de una política de publicación como el modo elegido de intervención desde la juventud. Lo recurrente, en cada caso, es la originalidad del entramado, la selección minuciosa de los autores promovidos y el rescate de los olvidados.
Para García el psicoanálisis se inventa en cada lengua. La castellana está en deuda con él que, siguiendo los pasos de Oscar Masotta, se propuso establecer modos de decir y de argumentar que permiten airear cierta monotonía doctrinal. Un ejemplo de ese Psicoanálisis dicho de otra manera son las entrevistas incluidas en Palabras de Ocasión que aluden a la clínica o más bien a discernir formas clínicas, insertando otras miradas sobre síntomas contemporáneos.
“Quizás el agalma de Germán García sería algo del orden del apetito”7, resalta Jacques Alain Miller, destacando que ese dar sin economizar, esa voracidad por lo nuevo, es el eros que despierta y que mantendrá su pensamiento vivo, el que habita en estos libros.
Myriam Soae es psicoanalista y reside en Buenos Aires
Miembro del Centro Descartes, de la EOL y de la AMP
Notas bibliográficas:
1 Las presentaciones fueron en el marco del espacio de Lecturas Críticas del Centro Descartes.
2 García, G., Informes para el psicoanálisis. Una salida, Otium ediciones, Buenos Aires, 2018, p. 80.
3 Mazza, C., compilador, Palabras de ocasión, Los Ríos Editorial, Córdoba, 2018, p.51.
4 Ibíd., p. 31-32.
5 Ibíd., p. 40.
6 Ibíd., p. 66.
7 Ibíd., pp. 335-336.