“Todas las relaciones sociales tradicionales y consolidadas, con su cortejo de creencias y de ideas admitidas, quedan rotas: las que las reemplazan caducan antes de haber podido cristalizar. Todo lo sólido se desvanece en el aire, todo lo sagrado es profanado, y los hombres, al fin, se ven forzados a considerar sus condiciones de existencia y sus relaciones recíprocas”.
Este párrafo podría leerse como un agregado de Lacan a la Nota1 del ’68 sobre el padre, dando cuenta de los efectos de su evaporación; también podría ser un boceto de Zygmunt Bauman delineando la idea de “modernidad líquida”. Pero no: es un fragmento del Manifiesto Comunista, publicado por Marx en 1848. Como ven, hoy traigo novedades viejas; el argumento de estas Jornadas me llevó a cierto efecto retorno sobre La agresividad en psicoanálisis, un escrito de Lacan que tiene 70 años y que había leído hace tiempo con indudable descuido. Retornar hoy a ese texto tiene que ver, en parte, con que el último Lacan tiene efectos en cómo se lee al primer Lacan. Haciendo conversar al primer Lacan con el último me remitiré solamente a señalar tres puntos:
1 – Antecedentes del orden de hierro
El “orden de hierro” referido por Lacan en 19742 y la “ley de hierro de nuestro tiempo”, señalada por el Lacan del ’48, no son lo mismo pero están relacionados. Junto a la segregación ramificada, el Orden de hierro es el nombre que da Lacan a una de las cicatrices de la evaporación del padre en un momento de la historia en el que “lo social” toma predominio de nudo, produciendo la trama de existencias, detentando el poder del “nombrar para” y restituyendo así un orden rígido −que puede ir de la fijeza identificatoria a la errancia discursiva, “allí donde el individuo no tiene ningún discurso con qué hacer lazo”3.
Si esa huella es retorno del padre en lo Real (en tanto que el NP está rechazado y designa la forclusión como principio de la locura), el “nombrar para” también es el signo de una “degeneración catastrófica” del discurso en un momento de la historia en que éste es desplazado por “lo social”.
En sus Respuestas a estudiantes de filosofía Lacan se encarga de recordarles que su teoría del lenguaje es materialista, puesto que considera que éste es estructura y no superestructura; en tal sentido, la Ley de hierro de la estructura económica ha tenido sus efectos en la estructura del discurso y el lenguaje: un Orden de hierro que elide al sujeto en el discurso instalando al individuo, al que Lacan se refirió luego en La Tercera señalando que sólo hay un síntoma de “lo social” y es que cada individuo es proletario en la medida en que no tiene con qué semblante, en qué discurso hacer lazo social. Ese individuo de La agresividad en psicoanálisis es también de algún modo precursor de lo que Negri y Hardt definieron desde el Imperio que diluye la soberanía del Estado-nación; prototipo del individuo de la globalización, el Lacan del ’48 lo había definido como “el ciudadano futuro del Estado Universal”.
En una suerte de profecía autocumplida para la proletarización del mundo, en 1817 David Ricardo publicó Iron law of wages .La ley de hierro del salario fue un principio expuesto por éste y otros economistas clásicos, según el cual los salarios tienden “de forma natural” hacia un nivel mínimo que corresponde a las necesidades mínimas de subsistencia de los trabajadores. En resumen, cualquier incremento en los salarios por encima de este nivel provoca que las familias tengan un mayor número de hijos y haya un incremento de la población; el consiguiente aumento de la competencia por obtener un empleo hará que los salarios se reduzcan de nuevo a ese mínimo. En 1948 Lacan expresó: “el éxito de Darwin parece consistir en que proyecta las predaciones de la sociedad victoriana y la euforia económica que sancionaba para ella la devastación social que inauguraba a la escala del planeta, que las justifica mediante la imagen de un laissez-faire de los devorantes más fuertes en su competencia por su presa natural” –y continúa– : “Hegel había dado la teoría de la función de la agresividad en la ontología humana, profetizando la ley de hierro de nuestro tiempo”4. En tiempos de implacable desconocimiento del desgarramiento original, las pasiones narcisistas encontrarán respuestas por la vía de las identidades comandadas por la ilusión del individuo Amo de sí mismo, que sin pasar por el Otro toma como único patrimonio en su haber el plus de goce –advirtiendo a veces en la angustia su condición de nonada.
2 – Discordias del Otro, discordias del Uno
Antes de las fórmulas de la sexuación (y mucho antes de la aparición de las teorías de género, de las llamadas comunidades LGBT y de la proliferación de minorías segmentadas que sostienen su comunidad en la identidad de goce), el Lacan del ’48 había señalado con una precisión pasmosa: “por abolir la polaridad de los principios macho y hembra, nuestra sociedad conoce todas las incidencias psicológicas propias del fenómeno moderno llamado de la ‘lucha de los sexos’. Comunidad inmensa –en el límite entre la anarquía ‘democrática’ de las pasiones y su nivelación desesperada por el ‘gran moscardón alado’ de la tiranía narcisista –, la promoción del yo en nuestra existencia conduce, conforme a la concepción utilitarista del hombre que la secunda, a realizar cada vez más al hombre como individuo”5.
Entre la nivelación por la tiranía narcisista y la anarquía democrática de las pasiones, se verá el surgimiento de lo que en ese texto Lacan define como “fraternidades cada vez más discretas por cuyo rasero somos siempre demasiado desiguales”6 en las que el par fraternidad-segregación se compacta; es a ese hombre “liberado” de la sociedad moderna, “víctima conmovedora, evadida, irresponsable y en ruptura con la sentencia que lo condena a la más formidable galera”, a quien en nuestra tarea cotidiana procuramos abrir de nuevo la vía de su sentido.
3 – El santo de la época
Último punto, una referencia al santo bien anterior al Seminario 18 y a Televisión: en el ’48 Lacan señala que el santo es el que se resguarda tanto de hacer filantropía como de la tentación de profetizar. Dice: “sólo los santos están lo bastante desprendidos de la más profunda de las pasiones comunes para evitar los contragolpes agresivos de la caridad”7. Y advierte que no es el santo, sino quien se ubica como gran maestro, quien va por el mundo llevando una idea con valor apostólico. Lacan ya había situado que la relación entre el santo y la posición del analista se apartaba de los pregones profético-humanistas, que tampoco se trata de hacer un apostolado del discurso analítico. Podemos dejar eso a los otros discursos –se multiplican sin que sea necesario que los reguemos.
Mejor un santo débil e irónico ante la enfermedad rígida y seria de nuestro tiempo.
Natalia Paladino es psicoanalista, reside en Saladillo, provincia de Buenos Aires.
Miembro de la Escuela de la Orientación Lacaniana y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis; integrante del equipo de Salud Mental del HZG “Dr. Posadas” de Saladillo.
* El presente texto es una versión ampliada del presentado en las XXVII Jornadas Anuales de la EOL “El psicoanálisis y la discordia de las identificaciones”, realizadas el 29 y 30 de septiembre de 2018.
Notas bibliográficas:
1 Lacan, J., “Nota sobre el padre”, Revista Lacaniana N° 20, Grama, Bs.As., 2016.
2 Lacan J, El Seminario 21, Los no incautos yerran, clase del 19/3/ 1974 (inédito).
3 Lacan, “La tercera”, Intervenciones y Textos 2, Manantial, Bs.As., 2001, p.86.
4 Lacan, J., “La agresividad en psicoanálisis”, Escritos I, Siglo XXI Editores, Bs.As., 1988, p. 113.
5 Ibíd., p.114.
6 Ibíd, p.116.
7 Ibíd, p.100.