Empecemos como conviene, es decir, por Freud. Hace ya más de un siglo que la cuestión de la homosexualidad fue abordada por él de una manera inédita, que conserva aún hoy todo su valor subversivo. En una sociedad, la victoriana, que haría las delicias de un construccionista -dado que ninguna mejor para demostrar los efectos de un discurso hegemónico patriarcal, heterosexual, binario y orientado a una sexualidad procreadora-, Freud concluye que la homosexualidad en tanto elección de objeto consiste en un avatar de la pulsión tan posible como la heterosexualidad. La pulsión no trae consigo su objeto, hay una soldadura y si la relación sexual no existe es porque no hay nada ‘natural’ en la unión sexual entre los seres parlantes. Aquello que se produce tiene como causa las contingencias de la historia subjetiva.
También es cierto que desde hace más de cien años la perspectiva freudiana no termina de ser entendida por los detractores del psicoanálisis, los que cumplen esa función histórica de criticar sin conocer, pero tampoco por los psicoanalistas (aunque no todos).
Esto puede demostrarse: hay una historia del movimiento psicoanalítico, sus corrientes, sus diferentes conceptualizaciones de la homosexualidad, dentro de la cual también hay una historia de la institución psicoanalítica y de ésta respecto del tema que nos ocupa: la homosexualidad del analista.
Tratándose de historia ya no subjetiva, sino en su sentido más lato, voy a recurrir entonces a las referencias históricas de Elizabeth Roudinesco, en nuestra opinión mucho más decidida en su papel de investigadora que en el de psicoanalista. La mayoría de la información que sigue se encuentra en una entrevista que le fuera realizada por J. Pommier en donde retoma cuestiones planteadas en su libro La familia en desorden1. Allí se puede leer que a partir de diciembre de 1921 y durante un mes entero, la pregunta por la admisión de analistas homosexuales en la institución psicoanalítica dividió a los miembros del famoso Comité que dirigió en secreto a la Asociación Internacional de Psicoanálisis (IPA). El grupo de Viena resultó ser mucho más tolerante que el grupo de Berlín. Apoyado por Karl Abraham este último pensó que los homosexuales eran incapaces de ser psicoanalistas, ya que el análisis no los había ‘curado’ de su ‘inversión’. Respaldado por Freud, Otto Rank se opuso al grupo de Berlín. Afirmó que los homosexuales deberían poder ingresar a la profesión psicoanalítica como cualquier otra persona, tampoco aceptaba que fueran perseguidos por la ley, además de postular la necesidad de considerar el ‘caso por caso’.
Pero veamos el argumento de Ernst Jones, el eminente psicoanalista que apoyó desde Londres al grupo Berlín. Para él la homosexualidad era «un crimen repugnante: si uno de nuestros miembros lo cometiera, estaríamos seriamente desacreditados». Prestemos, como conviene, atención a las palabras: ya no se trata solo de patología a curar, porque si así lo fuera, hubiera habido otras soluciones, primero curarse, luego ser admitidos en la asociación, algo así como un análisis curativo, luego, el didáctico. Imagino una tal posibilidad y desconozco que haya sido una propuesta real pero obviamente no hubiera podido sostenerse en la medida que no hay nada a curar allí.
Se trata para Jones de un “crimen repugnante”. Es la enunciación del Jones sujeto y no la del psicoanalista preocupado por la institución y la sociedad. Porque las posiciones de los grupos ‘Viena’ y ‘Berlín’ fueron políticas, política referida a la posición de la institución psicoanalítica en relación a la homosexualidad ante la sociedad y la ley, pero Jones incurrió en algo que no es excepcional en la historia del psicoanálisis y sobre todo de algunos psicoanalistas, incluso los más notorios: al mismo tiempo que se pretende sostener el discurso analítico se lo traiciona.
¿Dónde habrá quedado la caracterización freudiana de la homosexualidad tal como la destacamos al inicio, la pulsión acéfala que encuentra su objeto por contingencia, cuando se la tilda de “crimen repugnante”?
Se ponen en juego los prejuicios del psicoanalista: dime como lees a Freud y te diré cuáles son tus prejuicios.
¿Cómo continúa la historia del analista homosexual en la IPA?
La famosa regla no escrita establecida por el Comité secreto en 1921 se ‘borró’ gradualmente (no se abolió), coincidiendo con el aumento de las protestas del movimiento gay estadounidense y, especialmente, el surgimiento de algunos psicoanalistas de EE. UU., miembros de la IPA, que comenzaron a reconocer abiertamente su homosexualidad, especialmente en el Congreso Internacional de Barcelona en 1997
Al recurrir a la obra de Freud, los psicoanalistas homosexuales pudieron demostrar por primera vez (¡!) utilizando casos concretos, que la homosexualidad era una orientación sexual, que de ninguna manera debía ser calificada, como tal, en términos de patología.
Si seguimos la historización de E.Roudinesco, hubo entonces en la IPA y en un Congreso Internacional, en 1997, una ‘salida del placard’. No podemos dejar de indicar que fue mucho después de la revuelta gay de Stonewall, de que se consiguiera eliminar como diagnóstico en el DSM, incluso de las teorías de género. Todos acontecimientos producidos en EEUU.
Sin menoscabar lo producido en la IPA no podemos menos que reconocer que es una adecuación de la institución analítica al devenir de una determinada sociedad. De tal manera que en 2002, bajo la presidencia de Daniel Widlôcher emite es siguiente comunicado:
“Sobre la base de su compromiso con valores éticos y humanistas, la IPA se opone a cualquier forma de discriminación. Esto incluye, pero no se limita a, cualquier discriminación por motivos de edad, raza, género, etnia, creencias religiosas u orientación homosexual. La selección de los candidatos para el entrenamiento psicoanalítico debe realizarse solamente sobre la base de las cualidades directamente relacionadas con la habilidad de aprender y de funcionar como psicoanalista”.
De una corrección política indudable dado que el psicoanalista homosexual es un sujeto de derecho, también podría ser una declaración de principios de una multinacional que informa no hacer discriminaciones a la hora de tomar personal.
Pero reconozcamos que criticar a la IPA, para un psicoanalista lacaniano, puede ser demasiado fácil, le permite regodearse en lo que quizás solo sean ‘pequeñas diferencias’
¿Qué fue de la Escuela de Lacan?
Según nuestra historiadora cuando Lacan fundó la Escuela Freudiana de París (EFP) en 1964, aceptó la integración de homosexuales ya sea como analistas de la escuela (AE) o analistas miembros de la escuela (AME). “Yo misma era miembro de la EFP y puedo decir que a este respecto había una tolerancia considerable, incluso si, por supuesto, varios psicoanalistas odiaban a los homosexuales…… Fue porque existió tal tolerancia que los homosexuales, que no habrían tenido ningún futuro en las sociedades de la IPA, acudieron a la EFP. “La posición de Lacan explicaría entonces por qué hay más psicoanalistas homosexuales ‘visibles’ en las actuales sociedades psicoanalíticas salidas de la antigua EFP que en las filas pertenecientes a la IPA”. La conclusión de Roudinesco, a nuestro parecer, necesitaría corroboración.
Dentro de las “sociedades psicoanalíticas salidas de la antigua EFP” se encuentra la Escuela de la Causa Freudiana, luego otras Escuelas en el mundo, entre ellas la EOL, la fundación de la AMP, todo ello por iniciativa y obra de Jacques-Alain Miller. Hay otras.
Solo puedo referirme a lo que conozco que, aunque limitado, considero suficiente para dar cuenta de mi planteo.
Para tomar el término de la historiadora: ¿son más “visibles” los psicoanalistas homosexuales en las Escuelas derivadas del acto de fundación lacaniano? En mi opinión personal no es así.
La cuestión del analista homosexual no puede esclarecerse a partir de homofobias personales en tanto éstas tienen un valor en el mundo y otro en la Escuela.
Si Freud primero y Lacan después tomaron posición definida respecto del tema no fue como sujetos, dado que no podrían ser más diferentes, como así también lo fueron las sociedades en las que vivieron. No se trata de moral personal, sino de ética psicoanalítica, de regirse por el discurso analítico.
En ese sentido el pase en tanto pilar de la Escuela, los testimonios de los analizantes devenidos psicoanalistas, no ‘visibiliza’ al psicoanalista en tanto homosexual. Pero ¿Por qué habría de hacerlo? Porque la historia de un análisis, sus mojones, su principio y su final está ligado a los efectos en una vida, a las modificaciones de la posición del parlêtre en el deseo, el goce, el amor. Y si eso es así, por alguna razón, solo se escuchan sus avatares en el marco de relaciones heterosexuales. Y esto merece esclarecimiento.
¿Estaremos los psicoanalistas a la altura de la subjetividad de la época?
Néstor Yellati es psicoanalista, reside en Buenos Aires.
Psiquiatra. AME de la EOL y de la AMP. Miembro de la Comisión de Admisión de la EOL. Codirector del Departamento de Estudios de Psiquiatría y Psicoanálisis del Cicdeba. Miembro del Consejo Científico Académico del Icdeba. Director de la revista E-Mariposa. Temas de Psiquiatría y Psicoanálisis. Ex Presidente del Capítulo de Psiquiatría y Psicoanálisis de APSA.
Notas bibliográficas:
1 Roudinesco, E., La familia en desorden . Anagrama. Barcelona. 2004