Son innumerables los debates en el ámbito de la ética y la filosofía política. En mi opinión, tales debates no hacen más que reflejar la condición agonal de la experiencia política. Los debates aparecen y terminan por extinguirse, pero no sin resultados. Recuerdo el debate que se llevó a cabo en la década del 70 y del 80, conocido como el debate entre el ‘comunitarismo’ y el ‘liberalismo’. Karl O. Apel consideraba a esta confrontación como la prolongación angloamericana del debate entre Kant y Hegel. Como siempre, los contendientes son reconocibles bajo ciertos aspectos, pero también son irreconocibles bajo otros aspectos. Por el lado del liberalismo existen diferencias que uno puede encontrar en Rawls mismo, quien oscila entre el énfasis de la libertad y el de la igualdad. Por el lado opuesto, las cosas son más confusas: mientras los autores hablaban de la corriente comunitarista, aclaraban que se trataba de una corriente difusa, pues los incluidos en esta categoría no se reconocían todos como tales. En Latinoamérica este debate no tuvo mucha presencia, no obstante ello Guariglia creía ver en los movimientos de «teología de la liberación» la expresión latinoamericana del comunitarismo, que él vincula al problema del sujeto moral.
Este debate prácticamente ha desaparecido, pero tuvo sus efectos: el comunitarismo no derrotó al liberalismo ético-político, pero sí lo obligó a revisar algunas de sus concepciones. También hubo deslizamientos, como puede verse en el libro de Michael Sandel llamado Justicia ¿Hacemos lo que debemos?, en donde se defienden valores comunitarios como el patriotismo, la solidaridad, dentro de un marco político liberal.
He hecho alusión al debate liberalismo-comunitarismo, porque entiendo que guarda algunas similitudes con este nuevo debate que se ha establecido en nuestro contexto político entre lo que se denomina ‘populismo’ y ‘republicanismo’. Al igual que en todas las clasificaciones usuales de la teoría política, aparece la dificultad semántica de los términos empleados. Gargarella, un politólogo proveniente del Derecho, señala que se resiste a usar el concepto de ‘populismo’ debido a su indeterminación. Y en su libro Las teorías de la justicia después de Rawls observa, a propósito del republicanismo que «hasta cierto punto, el significado propio del republicanismo resulta demasiado vago e inasible (y quizás resida en dicha vaguedad parte del atractivo repentino generado por esta corriente)». En este lugar, el autor no opone republicanismo a populismo, sino que presenta a la corriente republicana en relación al liberalismo y al comunitarismo. Esto es interesante porque al vincularse el republicanismo con el comunitarismo, puede percibirse un pequeño resquicio por donde la corriente republicana puede cruzarse con el populismo. Es en este sentido que Lori Zanatta en su libro El populismo afirma que el populismo es una ideología comunitarista, y no individualista.
Aunque no necesariamente ambas expresiones son opuestas, lo cierto que en el debate de los politólogos y de los filósofos políticos, ambos términos parecen designar concepciones muy diversas, contrarias, acerca de naturaleza de lo político. En los ámbitos académicos puede percibirse un cierto escepticismo en el tratamiento de estas configuraciones de lo político, pero, en mi opinión, como justificaré un poco después, la ciencia política y la filosofía política académica debería tomar muy en serio estas categorías políticas.
Aunque hay una objeción semántica de los términos mencionados, no ocurre lo mismo desde una perspectiva pragmática, pues quienes usan las expresiones ‘populismo’ y ‘populista’ lo hacen en general para descalificar políticamente y moralmente a gobiernos y personas, cosa que no sucede con los términos ‘republicanismo’ y ‘republicano’, que se usan más bien como un elogio moral y político. Hay que hacer un esfuerzo de aclaración para decir que se usa ‘populismo’ como una calificación meritoria, pues la descalificación ya está sobreentendida. El prejuicio contra el populismo es más fuerte que el prejuicio sobre el republicanismo y en nuestro país, detrás del antipopulismo está la sombra del antiperonismo, esa patología argentina político-cultural que Borges contribuyó a consolidar con su juicio sobre los peronistas como «incorregibles».
En mi opinión, si bien no puedo justificarlo aquí, estas categorías parecen ser síntomas de un malestar que recorre nuestra época arrasada por el capitalismo financiero, por eso que unos llaman ‘globalización’ y otros ‘nihilismo’. Si así fuera, tales categorías podrían contribuir a poner de relieve aspectos que no han sido vistos o poco vistos de la realidad política. Quiero decir que es posible que bajos estos nombres, sin duda equívocos, aparezcan nuevas cuestiones que aclaren un poco más la realidad política y la dimensión de lo político. Ya conocemos por Aristóteles las limitaciones y los obstáculos que condicionan a una teoría práctica como lo es la teoría política.
En el trance de tener que decir algo mínimamente aceptable en relación a estos temas, me ha parecido interesante hacer referencia al análisis que sobre el populismo hace José Luis Villacañas Berlanga, un estudioso español dedicado a la historia de la filosofía moderna. Conozco al autor por su contribución a la Historia de la Ética editada por Victoria Camps con un trabajo sobre la ética y la política de Kant. Este texto, que lleva el simple título de Populismo, se publicó en el año 2015 en la Editorial Huerta Grande de Madrid. Quedé sorprendido por esta referencia y tuve muchísima curiosidad por enterarme qué decía este autor sobre el tema.
Se trata sin duda de un texto muy sólido tanto conceptualmente como filosóficamente, que tiene el propósito de entender el fenómeno del populismo. Su primera afirmación es «tomar en serio al populismo», y deplora que en los medios académicos no sea esto el caso. La razón reside para el autor en la complejidad del fenómeno: «la especialización extrema no tiene herramientas para describir y definir fenómenos tan complejos que afectan a muchas disciplinas a la vez. El populismo es uno de ellos». Pero la seriedad del análisis no apunta sólo a entender el fenómeno, sino sobre todo a defenderse del peligro que representa: «Como ocurrió al final de la época helenística, la desesperación crece tanto que la salvación puede venir de cualquier sitio. El populismo es la teoría política que siempre ha sabido que la razón es un bien escaso e improbable. En la política de la época de las masas, la razón es la última de las potencias masivas capaces de responder a la crisis». Y un poco después agrega: «cuando el miedo, la inseguridad, la inquietud, lo desconcertante estalla, entonces la crítica es impotente ante las configuraciones de los sentimientos y pasiones. Entonces el populismo acecha. Como veremos, está muy bien informado de los resultados hipercríticos de la filosofía y asume como punto de partida eso que desde Nietzsche se ha caracterizado como la época del nihilismo. Y uno se pregunta en este lugar: ¿por qué el populismo, que todavía no sabemos bien qué es, no debería estar bien informado? La respuesta es que al autor desconfía de esas fuentes, ya que habla de una filosofía «hipercrítica» desde Nietzsche hasta Foucault y Deleuze, la cual supone, siguiendo la interpretación del filósofo neoconservador alemán Hermann Lübbe, lo contrario de lo que se propone: una sociedad hiperconservadora. Quizás tenga el autor algo de razón, pero no da ninguna justificación de tal aserción.
Otras fuentes citadas por el populismo, que registra el autor, son los ‘virtuosi intelectuales’ como Jean-Claude Milner, Saul A. Kripke, Hans Blumenberg, y teóricos de izquierda como Alain Badiou, Zizek, Jacques Rancière. El autor agrega que el populismo se nutre también de los planteamientos ontológicos de Heidegger al entender que «en la base de las sociedades hay siempre una falta de suelo (…) y que cuando esta sensación de operar en el vacío emerge, sale a la luz un exceso peligroso». El autor entiende que al saber el populismo sobre esta ausencia de suelo para lo social, se arroga la pretensión de ejercer la política verdadera, y esta pretensión de política verdadera lo vincula curiosamente con el liberalismo, pues ésta teoría también desconoce un elemento substancial que vincule a los individuos entre sí. Esta argumentación lleva al autor a la siguiente conclusión: «Ninguna configuración social está exenta de populismo, y menos que ninguna la liberal, porque cuando se trata de reconstruir lo político, allí se tiene que dar la formación populista».
El lector se da cuenta en seguida desde dónde habla el autor: «no hablo desde el populismo, sino que me gustaría hablar desde aquello que le opongo, el otro gran paradigma político, el republicanismo. Por mucho que el presente cultural y el tipo humano que forjan nuestras sociedades concedan más probabilidades de éxito al populismo, la opción republicana no ha perdido todas sus opciones. Este libro quisiera convencer a muchos populistas de que se pasen a esta otra opción». Cuando uno lee todo el texto, puede tener dudas acerca del resultado deseado, pues el reconocimiento de la potencia teórica del populismo está tan bien expuesto, que uno se pregunta si Villacañas no está tentado de pasar a la opción cuestionada.
Lo que sigue es una ardua elaboración en la búsqueda de los rasgos que caracterizan al populismo. Muchas son las tesis que el autor va afirmando en su dialéctica argumentativa a favor del republicanismo. Intentaré articular brevemente las tesis que considero más de peso con el objeto de que el lector perciba la densidad de las mismas.
El populismo entra dentro de una concepción ‘posmetafísica’ de lo político, no esencialista debido a su carácter cambiante, variable y gradual. Se sigue de ello el carácter ‘antiinstitucional’, por el cual se rechaza toda inclinación a una normalización política. La vida política es agonal y esto «requiere mantener cada vez más intensa la diferencia amigo/enemigo. Pues si las demandas no se atienden es porque el enemigo sigue siendo el obstáculo para atenderlas. Para esto es indiferente que se esté en el poder».
Como no hay una esencia que facilite el populismo, lo que lo posibilita «es la realidad social actual cada vez más desintegrada y desarmada de nivel global promovida por la agenda neoliberal». Villacañas sostiene que aquella forma de vida en la que ningún deseo puede ser negado, es la forma de vida de una sociedad que se entrega al mercado sin correcciones ni límites. Es la sociedad neoliberal que tiende a despojarse de todos los criterios ajenos al mercado y a producir sólo libertad para el mercado. Y aquí el autor vuelve a vincular liberalismo y populismo, ya que sostiene que el liberalismo es un caldo de cultivo del populismo: «El liberalismo, al producir hombres económicos cuyo rasgo de vida es el cálculo individual, es una fábrica de seres humanos que anhelan vínculos afectivos. Así, hay una firme vinculación entre estas dos figuras del presente. Cuanto más triunfe el neoliberalismo como régimen social, más probabilidades tiene el populismo de triunfar como régimen político». El populismo aparece así como una solución al neoliberalismo, pero más que una solución es una consecuencia inevitable del mismo. Parece decir que el populismo es la otra cara de la moneda del neoliberalismo. Del mismo modo que el triunfo del capitalismo financiero es un destino, el populismo que le sigue inevitablemente también es pensado +como un destino. Concluye entonces que «lo contrario del populismo no es la democracia liberal. Con democracia liberal no se frenará el populismo. Ya hemos visto que el populismo tiene raíces liberales y vive de ellas, de modo que será tanto más fuerte cuanto más se impongan. Por lo demás, en muchos casos, la democracia liberal toma la forma del populismo y lo mantiene en su seno». Dicho de otra manera, es como si se dijera que el populismo es la verdad del neoliberalismo. Como tesis me parece muy fuerte y no totalmente justificada. De todos modos, el autor reconoce que la reacción más probable a la agencia neoliberal no es el populismo, sino el nacionalismo identitario tal como ocurre actualmente en los estados Unidos con Trump.
El argumento es, por lo tanto, que «el verdadero pensamiento alternativo tanto frente al nacionalismo propio de la democracia liberal identitaria como del nuevo pueblo soberano del populismo, es el republicanismo. Populismo es democracia (puede que incluso liberal) sin republicanismo. Si alguien quiere de verdad luchar contra el populismo debe decir: ‘más republicanismo’. Más republicanismo en las sociedades ya republicanas y más republicanismo en las nuevas, pues unas y otras se ven amenazadas por el destino populista planetario». Si el populismo es antiinstitucional, el republicanismo ostenta ser un institucionalismo abierto y flexible que se opone a todo intento oligárquico de limitar la práctica de las instituciones.
Frente al neoliberalismo y a la peligrosa solución populista, está la ‘opción’ por la tradición republicana. Los orígenes del republicanismo como su devenir histórico son bastante controvertidos, pero esta circunstancia no hace al republicanismo menos capaz, desde el punto de vista teórico, que el populismo. Pero es muy curioso que el autor vea la solvencia del republicanismo en el hecho de que «el populismo es el republicanismo mínimo de los tiempos póstumos, apocalípticos, desesperados, que Nietzsche anunciara con su gran política«. En esta afirmación puede verse la mayor aproximación entre republicanismo y populismo. Primero ha sostenido que el populismo es una democracia sin republicanismo, y ahora dice que el populismo es el mínimo republicanismo en tiempos de nihilismo. Creo advertir aquí un pequeño deslizamiento de una configuración a la otra. Algo así como un mínimo reconocimiento del populismo. Pero, por supuesto, continúa siendo una diferencia el tono emocional: la desesperación está en el ánimo populista, en cambio ella no entra en el esquema republicano.
En medio de esta argumentación, Villacañas involucra al psicoanálisis de Freud y Lacan como un componente crucial del populismo, ya que «sin Freud y lo que sabemos de psicología de masas y su relación con el psiquismo singular no existe el populismo». Menciona la leyenda según la cual Ernesto Laclau decía este saludo militante: “¡Lacan y Perón siempre en el corazón!”. Varias páginas se dedican a la vertiente psicoanalítica que sustenta a la concepción populista. En ellas se encuentra el análisis sobre la figura del líder carismático, tópico común a todo el populismo, como también el importante análisis del sujeto que entra a la multitud (no a lo público). Se trata de un sujeto, para el cual la inteligencia no es el primer recurso, que entra a la multitud no por razones, sino por estar lastrado de pasiones como el miedo, la ansiedad, la falta de horizontes, es decir todas aquellas pasiones que implican riesgo temporal. Tal sujeto, desde la vertiente psicoanalítica, es concebido por el populismo como «un sujeto de diferenciación mínima, fruto de la pobreza de su arsenal cultural. Supone el abandono del esfuerzo por ser singular, lo que hasta ahora era un supuesto de nuestra formación cultural».
El autor ve un límite a la contribución del psicoanálisis, al afirmar que el problema con Freud es que va dejando de ser una autoridad en nuestro mundo por la emergencia de una sociedad cuyas condiciones materiales de existencia no pasan por la exigencia de singularización, ni por la novela familiar que constituía la existencia humana de la generación pasada, ni por la instancia del yo ideal. La pobreza cultural y la ausencia de instancias ideales son, otra vez, las condiciones de posibilidad para que populismo triunfe.
Para terminar: mi objetivo al traer a la palestra el estudio de Villacañas sobre el populismo no es determinar en qué está en lo cierto o en qué que está equivocado. Esto requeriría una larga investigación. Más bien me ha interesado presentar la manera en que expone el problema del populismo esforzándose por conocer la esencia del populismo, por más que se diga que no tiene esencia. Algunas veces parece que el autor piensa que el populismo representa una forma refinada de barbarie política a diferencia del republicanismo que representaría una forma civilizada de política. Pero otras veces, el autor parece reconocer la potencia del populismo como la concepción política más apta para enfrentar los tiempos actuales de globalización y nihilismo.
Como aprendí con Aristóteles que en todo lo que se dice siempre hay algo de verdad, he querido llamar la atención sobre este libro porque se trata de un caso no frecuente: se toma en serio el populismo. Con lo cual también quiero exhortar al posible lector a leerlo atentamente. Sin duda se observará cierta mirada eurocentrista en los planteos de Villacañas, que aparecen sobre todo en las ejemplificaciones que hace de gobiernos populistas latinoamericanos, ya que pone sin ruborizarse en una misma serie a Perón, Vargas, Castro, Chávez junto con Berlusconi. Esto resulta chocante. Pero da cuenta de una tesis también sostenida por el autor y que es necesario justificar: que el populismo no es ni de derecha ni de izquierda. De allí la indiferencia en distinguir entre un populismo de derecha y uno de izquierda.
A través del libro de Villacañas me parece percibir que lo que está en juego en este debate entre populismo y republicanismo, y más allá de las distorsiones semánticas y pragmáticas, es ni más ni menos que la naturaleza de lo político.
Luis Varela es filósofo, reside en Buenos Aires.
Doctor en Filosofía. Profesor en la UNMdP. Investigador y profesor en la UNLa.