Es un hecho universal, Claude Levi-Strauss lo enseña: «Todas las culturas imprimen su marca en el cuerpo»1. El cuerpo de los seres hablantes se define entonces como un cuerpo hablado, es decir, marcado: marcado por el Otro que hace así, resaltar su pertenencia al cuerpo de los miembros de la colectividad. La marca impresa en el cuerpo es en primer lugar una marca distintiva. Identifica al individuo como miembro de una comunidad específica distinta de todas las demás. También lo identifica como entidad única y última de la colectividad. De esas dos maneras, la marca puesta sobre el cuerpo tiene que ver con el rasgo unario y su función. Ella procede al sujetamiento del individuo a la colectividad. Es siempre un adiestramiento, una dominación, que se trata de clavar en la carne viva de los cuerpos.
La pertenencia a una sociedad guerrera
Esto es lo que muestra de manera ejemplar el rito de iniciación en uso de los indios Mandans2 con los hombres jóvenes llegados a la edad adulta en el momento de su integración solemne, en el seno de la comunidad. El ceremonial consiste en operar un conjunto de marcadores sobre el cuerpo de los solicitantes, especialmente un conjunto de perforaciones, rasgaduras, amputaciones y cortes. Pero al hacerlo, se trata de hacer sufrir al iniciado y de hacerlo lo más atrozmente posible hasta los límites de lo insoportable. Por ese procedimiento, la sociedad impone su marca indeleble sobre el cuerpo de alguien que se convierte así en miembro para siempre. La marca hecha sobre el cuerpo, incisa en la carne, es irreversible. Admitámoslo. Pero queda una pregunta: ¿Por qué, entonces, tanta crueldad?3
La respuesta se impone: se trata para la sociedad de apoderarse del cuerpo del hombre, de hacerlo un cuerpo donde inscribir su ley, una ley en la sociedad de los guerreros que impone a cada uno arriesgar siempre la muerte por ella, donde el guerrero no se pertenece pues su goce está sujeto a la ley del grupo y más allá a su goce colectivo. Por lo tanto, se trata de hacer de la «sustancia de goce» individual, que es el cuerpo que goza de sí mismo, una sustancia que goza de la Ley con todo su rigor y en su supremacía absoluta. Se trata aun mas, de hacer, si se puede decir así, gozar de la Ley misma, de asegurar su triunfo sobre la vida y los imperativos de su conservación. Se graba así, para siempre, en el cuerpo del nuevo miembro de la comunidad, la sentencia que gobernará su goce: «Tú gozarás según la ley del grupo. Tu goce individual no interferirá con ello. Esto no lo podrás olvidar porque tu cuerpo lleva la marca y la herida, ya que tu cuerpo no es más que su corporización”. La crueldad de la tortura y su carácter extremo se aclaran entonces: la crueldad ejercida sobre los cuerpos, librada como espectáculo para el goce de la colectividad, es la crueldad que apunta a la corporización significante, de tal manera, que haga una traza indeleble, viva y virulenta, por siempre y para siempre. La corporización que el ritual realiza tiene como mira hacer de la ley un trozo de carne, un pedazo de carne del ser vivo, de aquel en cuyo cuerpo se inscribe el texto de la Ley común.
En consecuencia, lo que constituye comunidad, su «ley de pertenencia» y su ley de integración, es en primer lugar una ley de sujeción. Ella se impone en todo su rigor para todos. Somete a los individuos y exige el consentimiento de cada uno a su propia sujeción. Este doble movimiento, de tiranía de lo colectivo y de consentimiento del individuo a su sujeción, se desarrolla a través del ejercicio de la violencia. Hay allí, la violencia en su vertiente «funcional»: ella condiciona el establecimiento de la institución comunitaria como tal, o sea, la puesta en función de los significantes-amos que rigen la comunidad. Pero la violencia funcional no va nunca sin acompañarse de su más allá, o sea, la violencia pura, la violencia emancipada de cualquier otra función, que no sea servir a su sola satisfacción. Nada hace límite a esta violencia que se ejerce en un estado puro y que no tiene otro objetivo que sí misma. Esta violencia es, entonces, sinónimo de crueldad. Se la ve, a la obra, en los indios Mandans llevada a su paroxismo e inseparable de la violencia normalizada que tiene como mira someter al joven candidato al orden de su comunidad.
Se sostendrá, por lo tanto, que es esta «súper-violencia» ejercida a raíz de la pertenencia y sus requisitos, lo que constituye en sí misma la «pasión de pertenencia» y la define. La pasión de pertenencia exige la violencia pura y su satisfacción. Ella es esta exigencia misma llevada a su incandescencia. Por su naturaleza, confina con la violencia extrema a la que conduce. Cualquiera sea el hecho de la institución comunitaria o de los individuos, que sean tomados en masa como presas, la pasión de pertenencia se especifica siempre y por todas partes, como exigencia de violencia pura. Ella es, más allá del goce asociado a hacer-comunidad y a la violencia que es su condición necesaria, del orden del plus de gozar: un goce en exceso que tiende a producir necesariamente. Su duración y grados varían. Numerosos síntomas que hacen el malestar de nuestras sociedades, en la era de la mundialización capitalista, deberían leerse en este sentido. La «frontera» y lo que conlleva de temáticas y realidades, comenzando con la figura de quien la sobrepasa, el migrante, constituye el paradigma, pero también el nudo. Es complejo. Pero antes, de llegar allí, volvamos brevemente a la doctrina freudiana.
La antropología freudiana
Para Freud, la pertenencia comunitaria es un hecho de violencia. Esta se ejerce doblemente: por una obligación externa y una interna. La primera es la violencia ejercida por la comunidad sobre los individuos para que se comporten de acuerdo con las leyes y normas en uso4. La segunda es la que resulta de la «renuncia pulsional» requerida de cada uno, para que la satisfacción antisocial que define la pulsión no ponga en peligro el lazo comunitario5. Esto se acompaña con la investidura libidinal del congénere como objeto de amor y no solo de odio6.
La pertenencia a la comunidad está regulada según estas dos vertientes: la restricción social y la llamada libido de pertenencia, es decir, los lazos de amor y odio. En las condiciones normales de Kulturgemeinschaft, «el extranjero» no es sinónimo de «enemigo». En la prehistoria, por el contrario, en el reinado del homo homini lupus, el lazo social está confinado al estrecho círculo de parientes y excluye al extranjero: aquel que no es amado y que no sabría serlo, el que es menospreciado. El es, en efecto, el objeto elegido de la satisfacción de la tendencia a la agresión. Es el enemigo: «Fremde, ja Feinde«, dice Freud7.
Ocurre lo mismo en el fanatismo identitario: el extranjero es el enemigo, o sea, el objeto de predilección apropiado para satisfacer la tendencia hostil consustancial con la naturaleza del hombre8. «Nuestro inconsciente es sanguinario en cuanto al extranjero», concluye Freud. El fanatismo identitario es el nombre freudiano de la pasión de pertenencia que se sustenta en la «agresión de la crueldad»9. Esta sacia su satisfacción en el extranjero, sometiéndolo como un objeto, el objeto plus de gozar para decirlo exactamente. El extranjero que está investido hoy de esta manera y presenta las características propias para alimentar la pasión odiosa, es el migrante. Es por eso que la «frontera» hace también síntoma. Asimismo, veremos que la pasión social de pertenencia está indicada por su carácter altamente sobre determinado. De hecho, ella es el crisol donde vienen a intrincarse la multiplicidad de contradicciones e impases del malestar actual de la civilización. Constituye, en el sentido de Marcel Mauss, un hecho social total.
La pasión de pertenencia hoy, una pasión negativa
Ella se define como la pasión de la hostilidad y su objeto predilecto es la inmigración. La inmigración es, de hecho, de manera constante el fantasma de una amenaza: una amenaza al patrimonio y una amenaza a la identidad. Amenaza por lo tanto sobre el tener y el ser, y amenaza de desposesión, siempre. La amenaza pesa sobre todos aquellos que temen, con razón o sin ella, por su condición económica y social. La precariedad que perciben en la condición de los inmigrantes, o incluso su condición de subyugación como individuos de segunda clase, podría algún día recaer en ellos. Se quejan por ello del «sistema». Este no los protege. Los expone a la mundialización, a la deslocalización salvaje de empleos y producciones. La inmigración es la amenaza que está presente aquí y ahora. Por ello, la hostilidad a la inmigración figura sin falta junto con el rechazo a la política de austeridad y a la pérdida de soberanía, puntas de lanza de los movimientos políticos antisistema10.
La inmigración, significante antisistema, también quiere decir la desposesión que sufre el ciudadano de su propio país. “Ya no estamos en casa», «nos invaden, nos inundan, quieren reemplazarnos», es el fin de nuestra civilización. El islam mañana estará por todas partes. Tales son los temas investidos en este vasto fantasma apocalíptico. Es el fin del mundo: el fin de cierto mundo, se entiende, el de los Estados-nación dueños de su territorio y su soberanía, relativamente homogéneos en su composición étnica. Amenaza identitaria, la inmigración recae sobre el ser mismo del sujeto: ella atenta contra su pertenencia y los privilegios que se le atribuyen. Pero la inseguridad atribuida a los inmigrantes no es solamente la dicha «inseguridad cultural», es también de orden criminal. Por lo tanto, es la existencia misma de los nacionales y no solo su identidad, lo que es agredido11.
En efecto, la inmigración nombra un real. Este real es el fin de un mundo y la eclosión de un nuevo mundo. El paso del uno al otro borra los puntos de referencia, sumerge a los sujetos en la incertidumbre y los confronta al vacío. Los semblantes vacilan. La angustia surge: el sujeto es destituido de su posición de sujeto. Se enfrenta a la emergencia de su devenir objeto. Es entonces un gran alivio que pueda identificar en la realidad un objeto donde localizar la causa de su angustia. Esto es de lo que oficia el objeto fóbico como lo enseña Lacan. El inmigrante es este objeto fóbico, se trata de nombrar, localizar, dar un cuerpo de carne y sangre y enfrentar lo que angustia: el hecho de ser el juguete de un destino sobre el cual no tiene ningún control. La mundialización es la figura de este destino. La inmigración es la manifestación sensible y cotidiana de la misma. Al mismo tiempo, es una respuesta a la angustia: la transmuta en miedo.
El migrante se convierte en el objeto malo sobre quien cargar el peso de lo imposible de soportar. Se vuelve el objeto de goce que producen las políticas anti-inmigrantes. Los abusos diarios, el terrorismo de los grupos neonazis, de los cuales muchos son las víctimas habituales en Europa y la estigmatización ordinaria, son los instrumentos de esta reducción al rango de objetos de goce. Es por esta razón, en la medida en que los reducen al rango de parias, que los instituyen al mismo tiempo como una solución a la falta de goce de los ciudadanos de derecha. Sobre ellos se saca el plus de goce, del cual ofrecen la materia, es decir, la sustancia gozante.
Pasión de pertenencia, pasión de amurallarse
Debido a esto, el migrante, objeto de goce del resentimiento de todos aquellos que sienten que no tienen acceso al nuevo orden de cosas regido por la mundialización, es elevado a la calidad de enemigo para ser derrotado, al menos para ser combatido. «Erradicar la inmigración», ¿no es el grito de guerra del Frente Nacional y de todos los movimientos neofascistas o la derecha ultranacionalista y racista? Es porque el migrante es la encarnación de la imposible frontera entre el otro y yo12. El es la prefiguración de mi devenir. Potencialmente transforma a cada uno, en un nómada que no tiene más un territorio propio. La aspiración al soberanismo, reivindicación de todos los movimientos euroescépticos, es la traducción lógica.
Del mismo modo, la obsesión con las fronteras que se sueña con poder controlar absolutamente para evitar la inmigración clandestina, es una constante en la agenda de todos los movimientos políticos antisistema. Pero las fronteras ya no se sitúan más al exterior de un territorio considerado como una entidad autónoma y cerrada. Ellas surcan el territorio, lo cortan y proceden a su diseminación. Véanse las barreras sociales y su solidificación en las barreras de vivienda, los barrios cerrados. De hecho, desde la caída del Muro de Berlín en 1989, ha habido una proliferación de muros construidos en todas partes del mundo a modo de fronteras nacionales13.
El miedo que atrapa en el estómago a muchos ciudadanos, independientemente de la clase social, es ser despojado de su territorio por la presencia física de los recién llegados, de lejos. El establecimiento de fronteras duras, supuestamente inviolables, haría del territorio una fortaleza impenetrable y lo pondría al abrigo de las amenazas del entorno internacional. Pero el miedo también tendría el efecto, esta es la segunda característica de los muros, de sellar la unidad de la comunidad nacional como comunidad sitiada. La identidad colectiva de la «comunidad amurallada» arraigaría allí. Basta decir, que la ideología de seguridad puesta en escena por el muro y su retórica espectacular, conlleva el deseo de replegarse sobre sí mismo, o incluso de encerrarse entre los propios. El fantasma obsesivo viene a apoyar este deseo, como fundamento de la producción de una nueva subjetividad, la del homo munitus (Greg Eghigian), el «hombre defensivo». Este es de hecho el significante-amo llamado a hacer comunidad y territorio. Indexa el miedo al peligro representado por la intrusión del Otro en detrimento de la comunidad Una, la pasión de la identidad absoluta. Ella está en el corazón de la pasión de pertenencia.
Política de pertenencia absoluta o goce de la crueldad
Más profundamente aún y sin duda de manera irremediable, cada uno se vuelve el lugar de múltiples fronteras. «Antes -escribe el geógrafo elocuentemente- solo atravesábamos fronteras, hoy son las fronteras las que nos atraviesan. Cada uno de nosotros depende de múltiples pertenencias culturales, religiosas y lingüísticas, […] con las cuales tenemos que lidiar constantemente. Estamos atravesados por contradicciones […]”14. El migrante es el signo deslumbrante y de ahora en adelante la presencia ineludible. La inmigración continuará nos guste o no. Impondrá aún más mutaciones: sociales y políticas. La ciudadanía no podrá limitarse a ser el privilegio de unos contra otros, así como la sacralización de los países ricos, volverse un hecho. Las fuerzas sociales se distribuirán sobre estas líneas de fractura. Como tal, no es fortuito que los tres males principales de la sociedad francesa que Marine Le Pen muestra querer combatir sean precisamente «la inmersión migratoria, el islamismo y el nomadismo»15.
En otras palabras, las teorías del «gran reemplazo» de las poblaciones autóctonas por los no europeos provienen de una fantasmagoría, sino de un franco delirio. Esta retórica es la retórica de la matanza. Ella llama a la masacre, tiene hambre de sangre. Aquí, ya no es el ejercicio de miedo de lo que se trata. Es el goce atroz, el goce de las atrocidades como tales, que exige su retribución. Tal es la crueldad en el horizonte, de lo que se llama para cubrir la fibra del horror, la xenofobia. El electorado de Donald Trump, lo mismo debería decirse del electorado de Orban el húngaro, de Kurz el austríaco, o de Marine Le Pen la francesa, lo demuestran. Esto es lo que se acaba de ilustrar, pero ¿se le ha prestado la atención necesaria? -la semana loca que tuvo lugar del 19 al 26 de junio de 2018- cuando el presidente estadounidense decidió separar a los niños y padres manu militari que ingresaron ilegalmente al suelo estadounidense, para encerrar a los primeros en los centros fuera de cualquier posibilidad de comunicarse con sus padres y sin que ni ellos ni éstos sepan dónde se encuentran unos y otros. Acto de barbarie pura y gratuita, porque no contribuyó de ninguna manera, sino por su efecto de monstruosa propaganda, lo analiza Paul Krugman, a la solución de cualquier problema real. Lo que obtuvo el apoyo inmediato de los partidarios de Trump 16. Esto quiere decir que la política de salvajismo comprobada, que lidera este último en inmigración es, de hecho, una política que irrevocablemente quieren muchos estadounidenses.
Es, en efecto, una política de terror lo que lleva a la administración Trump contra estos criminales fantasmagóricos que son los migrantes. Es una política de empuje al crimen racista. La obsesión migratoria y el discurso de odio no significan otra cosa. El surgimiento de la política del miedo en Occidente hoy es un exutorio a la angustia que abraza a los ciudadanos17. La angustia es el efecto de la destitución subjetiva salvaje, donde el nuevo orden mundial de las cosas, los acorrala. El racismo es la protesta contra el destino indigno que se les hace. Pero es, por esto mismo, el goce que sacan en revancha de otros que están más desprovistos que ellos, puesto que los convierten en su objeto plus de gozar. Esta es la verdadera pasión política que constituye el miedo al inmigrante. El inmigrante es, de hecho, el nombre genérico de los excluidos de todo tipo, las poblaciones supernumerarias, los restos de procesos de producción y consumo, en resumen, de todos aquellos que tienen para ellos solo su cuerpo, su ser viviente, esa es la animalidad a la que se tiende a reducirlos. Las políticas de erradicación de las plagas fantasmáticas no podrán dejar de producirlas porque son ineliminables: es la parte maldita del ser humano. Por querer alojarla en el Otro y reducirla, no se hará otra cosa sino reproducirla a escala ampliada, con su autoridad y su virulencia. Tal es el trabajo de la guerra: siempre es una «guerra de civilizaciones», es decir, modos de gozar que se rechazan y se combaten.
Réginald Blanchet es psicoanalista en Atenas.
Miembro de la ECF, de la NLS y de la AMP
Traducción al español de Lorena Hojman Davis.
Revisión de: Eugenia Varela.
Notas:
1 Clastres Pierre, «De la tortura en las sociedades primitivas», en La Sociedad contra el Estado, Éditions de Minuit, 1974, reeditada en 2011, pp. 151-161.
2 ¿Por qué esta voluntad declarada de hacer sufrir y hacer sufrir el mayor dolor concebible? ¿Por qué la tortura y por qué su radiante ritualización? ¿Por qué la violencia llevada a su paroxismo? Porque se trata de abusos: rasgar la piel, pero con un cuchillo que corta mal, arar la espalda, pero con una piedra mal afilada (el dolor es tan insoportable que provoca el desmayo del iniciado) perforar el pene con el hueso de un jaguar, arrastrarlo por el suelo después de haberle dañado las piernas (es entonces la asistencia misma que exige que se ponga fin al suplicio en tanto es insoportable).
3 «Extranjeros y, por tanto, enemigos», cf. «Consideración actual sobre la guerra y sobre la muerte» (1915) en Antropología de la guerra, op. cit., p. 277
4 Ibíd., pp. 267, 271, 275.
5 De modo que en total: Dos cosas mantienen la cohesión de una comunidad: la violencia de la coacción y los vínculos del sentimiento – lo que se llama desde un punto de vista técnico identificaciones– que unen a los miembros del grupo. Si uno de los componentes desaparece, es posible que el otro mantenga a la comunidad». «¿Por qué la guerra?» Antropología de la guerra, op. cit. pág. 323. « Wir haben gehört, was eine Gemeinschaft zusammenhält, sind zwei Dinge: der Zwang der Gewalt und die Gefühlsbindungen – Identifizierungen heißt man sie technisch – der Mitglieder. Fällt das eine Moment weg, so kann möglicherweise das andere die Gemeinschaft aufrechthalten. „ (¿«Warum Krieg?»).
6 «Consideración actual sobre la guerra y la muerte» (1915), op. cit. p. 308-309.
7 Ibíd., pp. 310-311. «Un ser Unbewußtes ist [ …] gegen den Fremden ebenso mordlustig wie der Mensch der Urzeit.»
8 Die grausame Aggression, « Das Unbehagen in der Kultur“, in Anthropologie de la guerre, p. 178.
9 Perry Anderson, «ebullición antisistema en Europa y en los Estados Unidos», Monde Diplomatique, marzo de 2017.
10 El 36% de los encuestados en 2008 consideraba que la inmigración era la causa principal de la inseguridad. Cinco años después, el 58%, es decir, un porcentaje de 22 puntos más, compartían la misma opinión. El salto vertiginoso de la supuesta criminalidad de los inmigrantes en un espacio de tiempo récord dice bastante del carácter fantasmático de ésta.
11 La designación de este enemigo es del orden de lo performativo. Es una decisión, no una constatación empírica. En este caso, la elección del migrante como el enemigo como objeto plus de gozar es primera, su incriminación segunda. Esta es la lección de Carl Schmitt. El enemigo es decretado, y la justificación de la hostilidad que se le imputa es consecuencia.
12 El más famoso es el muro que separa los Estados Unidos y México en una longitud de 3200 km. Pero hay otros, en Israel, Sudáfrica, Arabia Saudí, China, en Brasil, Grecia, etc. La función esencial de estas fronteras fortificadas es controlar y filtrar los flujos migratorios. Se trata de fronteras pos westfalianas: no regulan las relaciones entre los Estados y las naciones, sino que confrontan a un Estado con poblaciones que pretenden entrar por su cuenta en su territorio para transitar o instalarse en él.
13 Anne-Laure Amilhat-Szary, «hoy las fronteras no hacen más que filtrar los flujos de la globalización», Liberación del 3/7/2015.
14 Cf. Su discurso en el congreso del Frente Nacional, rebautizado «Rassemblement National». Mediapart, 11/3/2018, «El FN pasa la página».
15 «Return of the Blood Libel», NYT, 21/6/2018. Ver el tumulto provocado por esta «inmersión en la barbarie» en la prensa, en particular el eco que dieron las inspiradoras reflexiones de los editorialistas del New York Times.
16 Eso hace pensar. ¿Se repetiría la historia? Sin embargo, Paul Krugman no deja de hacer el acercamiento entre la «carnicería de los americanos» de la que serían responsables hoy los inmigrantes considerados por naturaleza violentos y criminales, y el rumor ancestral del judío sanguinario acusado de matar a los bebés para ofrecerlos en sacrificio ritual en ocasión de Pessah. La inimaginable crueldad atribuida a los judíos, ¿no era la sombra proyectada de la crueldad del deseo de matar que los apuntaba? ¿Acaso el antisemitismo tiene otro significado? Lo mismo cabe decir ahora de la criminalización de los inmigrantes. Los crímenes perfectamente imaginarios que se supone que deben perpetrar, ¿no serían entonces aquellos de los que se desearía que fueran víctimas? Las encuestas lo demuestran: hay una correlación entre los delitos violentos y los inmigrantes. ¡Pero es negativa! Un inmigrante es menos propenso a cometer un crimen que un nativo americano. Cf.
17 Paul Krugman, ibíd.