Roberto Samar – El medio es la violencia
Comentario por: Roberto Samar

El libro “El medio es la violencia” es una recopilación de notas de Roberto Samar, publicadas en medios nacionales y regionales. Todas buscan polemizar, problematizar ideas.

El objetivo de los artículos es que sean herramientas de discusión política. Que nos inviten a tener una mirada crítica a los discursos hegemónicos que nos atraviesan y que muchas veces naturalizamos. Discursos que fortalecen determinados puntos de vista y que contribuyen a la vulneración de derechos de determinados sectores. Ponerlos en discusión, cuestionarlos, son pasos esenciales para desarrollar miradas necesarias para una sociedad inclusiva.

Pensar una comunicación desde la periferia. Desde quienes no responden a las posturas hegemónicas debería ser nuestra meta. Desde nosotros y nosotras: Los pueblos originarios, los y las migrantes, el colectivo LGTBIQ, los niños y niñas, los y las jóvenes, las personas en situación de pobreza; el pueblo  latinoamericano con su riqueza y diversidad.

En el prólogo del libro de la editorial Doble Zeta, Taty Almeida señala, “en la certeza de que este trabajo será de gran utilidad en los tiempos que corren, saludo al autor y sus futuros lectores con un enorme abrazo de las Madres de Plaza de Mayo Línea Fundadora, y les pedimos que nada ni nadie los aparte de este camino por los derechos de todos y todas, por el acceso a la información en forma igualitaria.”

A continuación, algunos artículos del libro:

 

Violencia institucional

La violencia institucional implica la vulneración de derechos por parte de funcionarios públicos. Es una restricción de la autonomía y la libertad.

Dos trabajadoras de la Policía quisieron detener a una mujer que daba el pecho a su bebé en una plaza de San Isidro, un pasajero que llevaba un cartel crítico a Macri fue obligado a bajar del tren por policías federales, la Gendarmería le disparó a integrantes de la murga Los Auténticos Reyes del Ritmo de la Villa 1-11-14 del Bajo Flores.

En estos hechos se vulneraron los derechos que debe asegurar el Estado: derecho a la libertad de expresión, derecho a la integridad Física, derecho a la igualdad ante la ley, derecho a la alimentación, derecho a expresiones culturales, derecho de las niñas y niños a ser sujetos de derecho, a que se anteponga siempre su superior interés.

Cabe aclarar que los tres casos mencionados tuvieron instalación en la agenda pública a partir de la viralización en las redes sociales. En un primer momento para los medios que ocupan posiciones dominantes no fueron noticias.

Estas situaciones de violencia institucional no son casos aislados, son prácticas autoritarias que responden a un discurso que las legitima.

Desde esa mirada tradicional y conservadora, una sociedad segura es una sociedad ordenada. Por lo cual el rol de la Policía es imponer el orden, el cual será funcional a las posiciones dominantes de la sociedad. Quienes no respondan a esa mirada hegemónica deberán ser reprimidos.

Sin embargo, también podemos pensar la seguridad como el ejercicio pleno de los derechos humanos. Desde ese perspectiva, el Estado debería prestar especial atención a los sectores más vulnerables de la sociedad, los cuales tienen más dificultades a la hora de ejercerlos.

En ese ejercicio de derechos se generarán conflictos, los cuales son inevitables en toda sociedad. Entonces el rol de los trabajadores de la Policía es gestionar esos conflictos para facilitar el ejercicio de los derechos.

Según la publicación “Seguridad y Derechos Humanos” del Ministerio de Seguridad de la Nación del año 2011: “La seguridad es un medio (instrumento) para alcanzar la plena vigencia de todos los derechos humanos, desde una perspectiva integral que incluye tanto los derechos civiles y políticos como los derechos económicos, sociales y culturales”.

En el mismo sentido sostiene que “los derechos humanos constituyen un límite para la actuación policial, pero también son la partitura de la misma: la Policía está para garantizar el ejercicio de los derechos.”

Como comunicadores ocupamos un rol central, ya que podemos legitimar la violencia o promover el ejercicio de derechos. Nuestras coberturas incidirán en los discursos que legitimarán prácticas. En ese sentido, la Defensoría del Público recomienda frente a la violencia institucional: difundir las diferentes versiones del hecho, realizar esfuerzos para contrarrestar el ocultamiento o encubrimiento inherente a la violencia institucional; evitar la justificación de la violencia institucional y ofrecer una explicación estructural de los casos de violencia institucional.

En el contexto actual de clausura mediática, donde la violencia institucional tiende a ser invisibilizada o incluso legitimada, las redes pueden constituirse como una herramienta de defensa de nuestros derechos elementales.

Recordemos que los derechos humanos no son dádivas, son conquistas colectivas. De nuestras acciones dependerán nuestras libertades.

 

Planisferio, representaciones y poder

Si pido que se imagine dónde esta Sudamérica y dónde Europa en el mundo, seguro que se le viene a la cabeza la imagen mental del “planisferio”. Nosotros ocupamos una ubicación en ese “mundo”. Es la imagen con la cual crecimos. Que aparece en los manuales que estudiamos, en los cuadernos en la última hoja y en nuestros trabajos escolares de geografía. Es la representación con la que crecen nuestros hijos.

Sin embargo, no hay que olvidar que las apariencias engañan. Si tomo una esfera y la represento en un rectángulo, sufrirá deformaciones. Eso es inevitable. Que es lo que ocurre con “el planisferio”. El problema es que esas deformaciones responden a una mirada eurocéntrica del mundo.

En el planisferio que compra en la librería, las representaciones de los países del Norte son más grandes que las de los países del Sur. Tome un mapa y haga la prueba: la línea del Ecuador no está en la mitad exacta, el espacio del Hemisferio Sur se representa más pequeño. Groenlandia se ve del tamaño de Africa, cuando en realidad el Continente Africano es aproximadamente 14 veces el territorio de Groenlandia. Africa cuenta con 30.221.532 km² de superficie y Groenlandia apenas con 2.166.086 km².

Asimismo, Alaska, con 1.717.854 km², aparece similar en tamaño a Brasil, cuya superficie alcanza los 8.514.877 km². O sea, el área de Brasil es casi cinco veces superior. En el mismo sentido, no hay proporcionalidad en la representación de Europa, que tiene 10.530.751 km² y la de Sudamérica, de 17.819.100 km².

La base de esta representación fue desarrollada por el alemán Gerardus Mercator en 1569. Como decíamos anteriormente, si uno traslada la superficie esférica a una rectangular inevitablemente sufrirá distorsiones, lo que ocurre es que éstas eran funcionales a una forma de ver el mundo, que nosotros naturalizamos.

Lo problemático de esta situación es que las imágenes que tenemos de nosotros inciden en cómo nos pensamos. Pensarnos desde una centralidad o marginalidad hará a nuestra autopercepción. Asimismo, que la representación de nuestro territorio esté arriba o abajo no es neutral. Seguramente, será más difícil cuestionar el pensamiento hegemónico desde abajo.

Como señala el pensador Arturo Jauretche, “los planos, los mapas y los planisferios han sido ideados en el Hemisferio Norte. Entonces el Hemisferio Norte está arriba y el Sur, abajo. En el infinito estelar que este planeta navega no hay arriba ni abajo; son los espectadores de la navegación los que resuelven qué es arriba y qué es abajo”.

Estos elementos, como cualquier representación, son producciones culturales que están atravesadas por ideologías y formas de ver el mundo. Es decir, estas “verdades” están vinculadas con relaciones de “poder”: en ese sentido, nosotros nos pensamos desde las categorías de nuestros dominadores.

Quizá lo más difícil de superar sea esta colonización cultural. Asimismo, como sostiene el ensayista Armando de Magdalena, los americanos podemos pensar nuestros orígenes con 40 mil años de historia o bien desde la colonización de nuestro territorio. La elección influenciará en cómo constituyamos nuestra identidad.

En los tiempos actuales, cuando los pueblos latinoamericanos estamos replanteando las viejas categorías, en los cuales el pueblo boliviano les exige una visa a los estadounidenses para ingresar a su país, cuando la Argentina dejó de seguir las “recomendaciones” del Fondo Monetario Internacional, cuando el presidente venezolano se animó a criticar duramente a un presidente de Estados Unidos y cuando se constituyó la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, quizá sea la hora de repensar los elementos que hacen a nuestra autopercepción.

 

Identidades (Emiliano Samar * y Roberto Samar **)

Seguramente de chico tenías pistolas de plástico y gozaste de varias películas donde los malos eran eliminados por el bueno. Probablemente en las escuelas el patio tenía mayor territorio para que juegues a la pelota, corras una mancha y quizá hasta para golpearte en una pelea mientras observabas a las chicas saltar el elástico y al sensible del grupo distanciarse de vos mientras eso te reafirmaba en un modo de ser varón.

En ese sentido, nuestras identidades están atravesadas por imaginarios sociales que inciden en nuestra forma de ver el mundo: mientras que a la mujer se le asignará el espacio de los sentimientos y del hogar; cocinita de juguete, papel glace rosa en el reparto de la maestra, un rincón del patio para la soga, como contrapunto del hombre que se lo espera que dominante, irruptivo, para luego volverse proveedor.

Estos discursos tienen su anclaje en nuestra histórica cultura machista, patriarcal, hegemónica y heteronormativa, la cual se fortalece mediante los discursos que circulan en la industria del entretenimiento. Las películas, las series, las publicidades, los juegos electrónicos y los juguetes van sedimentando formas de pensarnos a nosotros mismos. Es decir, mientras crecemos identificándonos con cierto género, asimilamos roles y naturalizamos prácticas.

Según la publicación Género y discriminación del Inadi, en nuestra sociedad se instituye un “modelo binario donde lo masculino es asociado inmediatamente a la negación de todo rasgo, valor o práctica vinculados con lo femenino” En el mismo sentido la publicación sostiene que en ese camino del repudio a la otredad, “muchas de las situaciones que surgen en pos de hacerse varones, son prácticas violentas”.

Accionamos violentamente hacia otros varones para reafirmarnos como tales, desechando lo femenino en nosotros y colocando en el lugar de chivo expiatorio a aquellos que le dan espacio a otros modos de serlo.

En ese posicionamiento encontramos extremos de la violencia machista cuando ésta encuentra en la mujer ya no sólo el sujeto receptor de la misma, sino el sentimiento de posesión que quiere justificar lo injustificable. Como supo poner voz el maestro Galeano al referir al discurso de los asesinos: “La maté, porque era mía”. Y sigue ya él reflexionando: “El miedo de la mujer a la violencia del hombre, es el espejo del miedo del hombre a la mujer sin miedo”.

Es entonces el femicidio el reflejo extremo de la violencia machista, el asesinato de una persona por ser mujer. Según un estudio de La Casa del Encuentro, en la Argentina ocurre un femicidio cada 30 horas.

Por otro lado, el estudio de la Corte Suprema del año 2012 sostiene que sobre los 158 homicidios dolosos cometidos en la Ciudad de Buenos Aires: el 80 por ciento de los victimarios son hombres, el 4 mujeres y no se tienen datos en un 16 por ciento. Es decir, predominan marcadamente los asesinatos cometidos por varones. Paralelamente, el 87 por ciento de las víctimas de homicidios son masculinas. Por lo cual podríamos presumir que la resolución de conflictos entre hombres mediante la violencia pareciera ser una práctica naturalizada que debería ser por lo menos analizada.

A partir de los datos planteados, deberíamos cuestionarnos por qué los varones construimos nuestra identidad a partir de la violencia. ¿Cómo podemos desandar viejos surcos cargados de estereotipos de género y construir discursos nuevos que sean los pilares de otras subjetividades?

Esta semana se produjo el asesinato de Diana Sacayán, otra víctima de la violencia contra la mujer. Una activista del Colectivo Trans que a su vez será víctima de un modo particular de titular y tratar de la noticia.

Podemos concluir que para construir una sociedad en la cual los conflictos inevitables se resuelvan en forma no violenta es necesario romper el paradigma binario de la mujer sensible y el hombre violento, desde los juguetes, desde las escuelas, desde los espacios simbólicos y reales: Debemos construir un mundo de iguales, que desande la dominación del hombre. Un mundo con nuevas masculinidades, de nuevos espacios que empoderen a la mujer y de nuevos modos de entender los géneros.

 

Roberto Samar es Licenciado en Comunicación Social, reside en Buenos Aires.

Licenciado en Periodismo UNLZ. Especialista en “Comunicación y culturas contemporáneas” UNCO. Docente de “Comunicación y seguridad ciudadana” UNRN. Integrante de la Dirección de Promoción de Derechos de la subsecretaría de las Mujeres de Neuquén. Autor de los libros “Inseguridades” y “Política y comunicación”.

*Samar, R., El medio es violencia, ed. Zeta, Buenos Aires, 2019.

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