Sociedad chilena del 2019: ¿cuáles son las sombras herederas de la dictadura militar? ¿Es legítima esta pregunta a 46 años del golpe de Estado? ¿Las potentes conmemoraciones que se realizan en torno al 11 de septiembre de cada año, actuarán como una pantalla u oasis que da paso a un sostenido y oscuro silencio? ¿Será un hecho relevante la constatación de que hay militares y ex militares vivos, que poseen información acerca del paradero de cuerpos de detenidos desaparecidos durante el régimen militar? ¿El ejercicio de historizar es un modo de comprender nuestro presente socio-político? ¿Es posible pensar estos fenómenos desde la teoría psicoanalítica?
Las relaciones posibles entre el psicoanálisis y la historia son múltiples. Popularmente se dice, “el psicoanálisis trabaja con la historia… y particularmente con relatos”.
Esta idea posee algo de cierto, no obstante, también algo de ingenuo. El psicoanálisis no trabaja con la historia en varios sentidos.
–Primero, descarta la idea de cronología lineal de hitos en relaciones de causa-efecto directa y unidireccional. En psicoanálisis, la temporalidad responde a la lógica de la retroacción, al a-posteriori, a la subversión de la linealidad y la complejización de los factores causales.
–Segundo, el psicoanálisis no trabaja la historia en tanto que tal, al modo de la historiografía, sino más bien se interesa por comprender el fenómeno de la insistencia significante de la historia. De sus múltiples formas de retornar y hacerse presente. Esto requiere de un ejercicio de lectura, que es justamente el trabajo analítico con cualquier material discursivo, sea éste la biografía de un analizante (paciente) o un conjunto de acontecimientos y relatos pertenecientes al imaginario social-colectivo.
–Tercero, no existe una historia única en su sentido de objetividad. Más bien, se constituyen historias hegemónicas a la luz de la íntima relación entre “el poder y la historia oficial”. El psicoanálisis implicado, permitiría justamente, subvertir lo instituido, dando lugar a voces que han sido calladas y reprimidas. Otorgando escucha, lectura y escritura a los relatos mudos, enriqueciendo con ello la diversidad de la historia, y abriendo al mismo tiempo nuevas opciones al devenir.
Por tanto, la historización, en su sentido analítico, sería el ejercicio de apropiación y re-lectura de la historia, con el propósito de permitir la novedad, el cambio y la creatividad. Opuestas a la insistencia, el síntoma, el tabú, el secreto, lo reprimido, el olvido, la negación, la repetición, etc.
¿Qué dice de nosotros hoy, estos 46 años de historia? ¿Cómo amparamos el dolor de víctimas de violaciones de Estado? ¿Cómo analizamos la articulación del mapa político dado desde el triunfo del No en el plebiscito? ¿Cómo entendemos el lazo social neo-liberal de Chile, a la luz de lo vivido? ¿La actual crisis social, y las demandas de un cambio radical en el modelo, son emergentes históricos?
Se sugiere que algunos elementos de la sociedad chilena actual son precipitados históricos a problematizar: el empobrecimiento cultural ligado a la cultura chatarra-masiva, el debilitamiento del lazo social en el espacio público, la rigidez normativa de nuestras instituciones, la lógica de mercado, la temporalidad de la inmediatez, la política tecnocrática, y la ausencia de verdad y justicia.
El Chile de hoy se construye sobre los cimientos de un trauma colectivo que aún no cierra sus heridas. Para muchas personas la no-resolución a nivel de verdad y justicia, que año tras año deja sus huellas, ingresa a su experiencia como un hito más del largo “trauma acumulativo” (Khan, 2005) que han padecido durante décadas.
Por ello es que el octubre del 2019 para tantas chilenas y chilenos es el re-encuentro horroroso y ominoso con la violencia del Estado bajo la estrategia represiva del gobierno de Sebastián Piñera ante la movilización masiva y popular.
Para una verdadera reparación de estas situaciones traumáticas, no basta sólo conmemorar, no se trata sólo de historizar, más bien se trata de ejercer una ética ligada a reconocer la existencia de un sufrimiento humano desgarrador. Un sufrimiento que tiene ribetes sociales, políticos y judiciales inmensos. Por otra parte, en el marco de trabajos psicoterapéuticos con víctimas de la violencia de estado, se constata lo complejo que es un proceso de reparación, puesto que en este tipo de traumas se atacan los cimientos más originarios del psiquismo humano (Aceituno, 2010). De allí que los llamados –muchas veces livianos- a la “reconciliación” se experimentan como una nueva perpetración violenta y negadora, que genera el efecto paradojal de aumentar el dolor. Si a esta negación sistemática que ha durado décadas, se le superpone el factor vigente de las actuaciones de carabineros y militares en el medio del fenómeno social, se genera una tormenta perfecta para el colapso psíquico.
Las historias represivas no son nuevas en Chile, desde la independencia misma que la oligarquía ha ejercido dominación económica, cultural y militar sobre todos los movimientos populares emancipatorios. Todo el trabajo del historiador chileno Gabriel Salazar da cuenta de ello en forma detallada. Incluso si centramos el análisis en los últimos años, veremos esta operatoria represiva en el 2006, en el 2011, y en su forma más brutal durante este 2019.
Un breve ejercicio de memoria respecto del año 2018 nos permite iluminar algunos aspectos de nuestra contingencia. El ex ministro de cultura Mauricio Rojas, en Agosto del 2018 planteó en declaración pública que el -Museo de la Memoria- era una suerte de “montaje de izquierda”. Aunque estas declaraciones le costaron el cargo, debido al alzamiento popular en repudio a dicha aseveración; mostraba la vigencia de un cierto espíritu de desmentida de la historia por parte de los sectores más reaccionarios de la derecha chilena. En Octubre del mismo año, el presidente Piñera presentaba en reunión con Donald Trump, una bandera de Estados Unidos que contenía en tamaño diminuto a la bandera de Chile en su interior: sin duda una metáfora de nuestra sumisa posición en la dinámica propia del neo-colonialismo bajo la forma neoliberal.
“Hoy estalla la memoria histórica…” “Hoy estalla el abuso del modelo neoliberal a la chilena…” Entre otras cosas por ello es que flamea con tanta fuerza y consenso la frase: “Chile despertó”.
Para pensar este despertar propongo analizar el trabajo del filósofo chileno Rodrigo Karmy (2018) quien plantea que la llamada –transición- política chilena (pos plebiscito y triunfo del No) no fue simplemente un período en la historia (1989-2018), sino ante todo una suerte de razón de Estado construida a partir de la estructura narrativa propia de una fábula adormecedora.
Como en toda fábula, se plantea un relato moralizante-pastoral que lleva como presupuesto el “había una vez” sobre el cual se desprende una moraleja. La fábula en tanto discurso moral se construye en base a la escena de dos animales que cometen un error y dejan una enseñanza. Para efectos de la política chilena, la analogía correspondiente sería: el discurso transicional fue una fábula que apeló al “había una vez” -Allende y la experiencia de la Unidad Popular- desde cuyo error se concluye una moraleja: “gobernar en la medida de lo posible”, cuestión que instala al ejercicio de gobernar bajo el modo del goverment by consent (políticas consensuales y administración técnico/económica) propia de las lógicas pos políticas de la posmodernidad occidental. De modo específico el mensaje de la fábula operaría bajo los significantes “había una vez una Unidad Popular que transgredió el pacto oligárquico y, entonces, tuvo que venir el golpe de Estado”. Culpa de los demócratas antes que de la oligarquía militar-financiera, culpa de quienes imaginaron otra vida posible antes que aquellos que se opusieron a él. Moraleja: “no repita la experiencia de la Unidad Popular, porque si no, vendrá el lobo feroz”.
“La trama pastoral de la fábula de Chile funcionó en base a dos mecanismos muy precisos: la glorificación por la que se sustituyó la política de la confrontación por la política consensual de la comunicación y la culpabilización (tramitado moralmente y luego convertido en dispositivo económico) en la que se prodigó de una culpa histórica que posibilitó la renovación neoliberal de las izquierdas y la aceptación incondicional del esquema transicional bajo amenaza del retorno “mítico” del había una vez. Glorificación y culpabilización constituirán el reverso especular el uno del otro pues ambas implicarán el desplazamiento de la lógica sacrificial desde el ámbito político-militar hacia el campo corporativo-financiero que posibilita la “economización” de todos los ámbitos de la vida social. Con ello, la fábula de Chile se convirtió en el pivote discursivo del neoliberalismo con el cual se recodificó enteramente la política chilena” (Karmy, 2018, p.5-6).
El despertar de Chile implica la superación del miedo y en consecuencia la denuncia de la estructura productora de injusticias sociales amparadas en el diseño arquitectónico de toda la vida pública (Constitución de la república, corrupción política, oligopolios y concentración del poder económico, educación y salud segregativa, pensiones miserables, privatización de los recursos naturales, etc.). En síntesis, Chile logró despojarse de Pinochet, más no de la institucionalidad y del funcionamiento económico y social heredero de su dictadura.
Ahora bien, el imaginario social respecto del año 1973 ha devenido a la conciencia del colectivo. El golpe de Estado de 1973 es un modo de nombrar un hito histórico con un significante preciso, léase: “golpe”, puesto que representa en buena medida el dolor sufrido en el pueblo de Chile. Ante estas dimensiones excesivas de dolor cabría preguntarse ¿Cómo tocar con la palabra el horror de lo acontecido, a sabiendas de que lo real se nos resbala a través de los dedos de lo simbólico? ¿Cómo trabajar clínicamente con pacientes víctimas de estas catástrofes sociales, sin al mismo tiempo interrogar toda nuestra técnica, ética y teoría? Pues bien, no se pretende aquí dar con una fórmula definitiva, sino relanzar ciertas preguntas.
Me arrogo el derecho de brindar una perspectiva, que se espera sea -una entre miles de otras-, que permita articular algo en el orden de los conceptos psicoanalíticos con una crítica acerca de los avatares de nuestra historia desde el “acontecimiento” del 11 de septiembre de 1973. He aquí una historia política, cultural, educacional, militar, económica, social, y desde luego, una historia que habla a viva voz acerca de nuestro singular modo de padecer el malestar en la cultura. Así mismo, un modo de pensar en términos amplios el fenómeno social emergente desde octubre del 2019.
Sabemos desde Freud (1899 [1900]) que las historias sofocadas retornan bajo múltiples maneras al presente, y sin darnos cuenta adquieren su sentido de insistencia o repetición. El refrán sería: “quien olvida su historia se ve condenado a repetirla”, todo ello a la luz de la fórmula central de la teoría psicoanalítica: “el retorno (desfigurado) de lo reprimido”.
¿No hay acaso en las actuales demandas estudiantiles, de pueblos originarios, de trabajadores, de comunidades locales, una suerte de re-articulación de los proyectos emancipatorios propios de los años previos al golpe de estado? Sin duda que en aras de ser leales a la complejidad histórica debiésemos lograr escuchar la novedad en lo repetido, puesto que las coordenadas socio-simbólicas del presente distan radicalmente de las de dichos años. A su vez los modos de articular las demandas colectivas es muchísimo más complejo, puesto que las organizaciones sociales son múltiples, no están mediadas necesariamente por partidos políticos o líderes identificables, etc.
El mismo brote o despertar popular, encuentra su contracara en el surgimiento de neofascismos de derecha con líderes identificables a nivel nacional e internacional (Trump, Bolsonaro, Kast, etc.) que impulsan discursos de miedo, inseguridad y llamamiento al orden público, el nacionalismo conservador y la apuesta por radicalizar la utopía neoliberal. En Chile, de forma literal, podemos observar la sustitución del cuerpo físico por el institucional de Pinochet, con lo cual quedó subrogado al olvido y el triunfo del NO terminó siendo el triunfo del SI bajo otros medios. En otras palabras «la alegría nunca llegó».
Así mismo, que los criminales de lesa humanidad hayan podido acceder a la figura de la libertad condicional o que, bajo la voz del abogado Raúl Meza, un sector no menor de la población haga un llamado para reivindicar el SI, no debería considerarse un simple “retoño” de la presencia de fuerzas atávicas sino la puesta en juego de la verdad de la democracia transicional, el núcleo “necropolítico” de su despliegue (Karmy, 2018).
Este núcleo “necropolítico” donde no hay lugar para la deliberación popular, puesto que lo público está cooptado por el poder económico-financiero ha ingresado al centro del debate. Es más, muchos de los debates actuales de la sociedad chilena están atravesados por significantes propios del antagonismo político que se pretendía enterrado para siempre: competencia v/s colaboración, consumismo v/s ilustración, privatización v/s espacio público, privilegio económico v/s derecho social, crecimiento v/s sustentabilidad, etc.
De ahí que se torna imprescindible repensar la función sociocultural de las ideologías y de los antagonismos políticos como un ejercicio saludable en aras de construir democracias radicales modernas y participativas.
Se piensa que esta dimensión política es abordada de un modo interesante –en términos de contribución conceptual psicoanalítica- por Santander y Readi (2013) quienes analizan la transición chilena a la democracia y desde ahí buscan una comprensión de los movimientos sociales actuales en Chile. Para esto utilizan el texto de Freud -Totem y Tabú (1913)- planteando una asimilación del padre de la horda primitiva con el dictador Pinochet. A su vez, proponen que los hermanos de la horda serían representados por la Concertación de Partidos por la Democracia, los que inconscientemente habrían asumido un tótem: el modelo económico y la constitución implantada en la dictadura.
La idea central consiste en que la muerte del padre primordial (figurada en la caída del régimen militar) llevó (en el registro inconsciente) al arrepentimiento, que finalmente produce la culpa expresada en la dinámica del “banquete”: Se representa la muerte del padre y su incorporación, para la posterior identificación con sus virtudes. Para Freud (1913) el tótem simboliza el atributo del padre asesinado, el cual identifica a la comunidad toda con una virtud común. En este sentido, lo que se propone es que “(…) se escindió a la dictadura en dos aspectos; por un lado estaban los abusos a los derechos humanos, y por otro lo que se manifestaba como los logros económicos del régimen. Un amplio sector de la población se manifestó en contra de los abusos y defendió el modelo económico generado por la dictadura. Los gobiernos de la concertación, los hermanos de la horda, rechazaron los abusos, pero de una forma silenciosa asumieron el modelo del régimen de Pinochet” (Santander & Readi, 2013, p. 8).
En otras palabras, la cena totémica o la fábula son expresiones imaginarias colectivas, de un conformismo político al modelo hegemónico heredado de la institucionalidad pinochetista. No se trata sólo de los amarres constitucionales como los altos quórums requeridos para cambiar leyes y hacer reformas, no se trata sólo de la función vigilante del tribunal constitucional; se trata en último término de una adormecida y cómoda asimilación de un modelo que cada cierto tiempo estalla desde las bases sociales. Hoy, en el año 2019 con más fuerza y transversalidad que nunca.
Por este motivo, aspectos como la banalización de la política, la concentración de la riqueza en grupos económicos familiaristas y endogámicos, el lucro en la educación, la desigualdad e injusticias en la salud, el sistema privado de pensiones, etc. no tuvieron lugar de discusión durante largos años. Esto generó que mucho tiempo después estas demandas surgieran de la ciudadanía sin que hubiera un continente institucional que las albergara.
Esta dinámica de fractura/disociación entre la institucionalidad por un lado y el movimiento social por otro, es descrita por Laclau (2008) señalando que este problema representa un punto de crisis, pero al mismo tiempo ofrece una posibilidad de cambio social y rearticulación del sistema instituido. Es decir, se abriría la posibilidad a un momento instituyente en términos de Castoriadis (1975). Sin embargo, habría que cuestionar seriamente si acaso el espacio potencial del mundo político actual ofrece posibilidades de remediar esta fractura facilitando procesos como una “Asamblea Constituyente”. La política institucional chilena actual ofrece nulas garantías éticas para absorber procesos sociales complejos, de modo que el trabajo de lo político -en el sentido amplio- será sin duda arduo y extenso.
Hemos hablado de sombras heredadas, y esto nos conduce al campo político. Sin embargo, el establecer esta reflexión en términos políticos, no significa el olvido de un elemento esencial: El dolor, inclusive, un dolor sin nombre. En nuestra tierra aún respiran almas en pena, deambulan a paso lento los familiares de detenidos desaparecidos, buscando -bajo el sol y en la más recóndita oscuridad- las huellas de un cuerpo caído en el vacío. Insiste lo impensable y la pregunta; la subjetividad es cautiva de un duelo siempre abierto. Haciendo referencia a la vivencia de los familiares de detenidos desaparecidos Saúd (2013) reflexiona: “Ellas buscan la verdad de una catástrofe social que ha sido encubierta y enterrada. El impedimento de saber, el ocultamiento intencionado de información de parte de los responsables ha melancolizado a este grupo de mujeres y a toda una parte de la población que ha sido destinada a la fijeza (…) Ellas han sido llevadas a vivir en un tiempo estático como el de la melancolía, en los restos del pasado y en la imposibilidad de un futuro vital” (Saúd, 2013, p.234).
Es por ello, que la vigencia psíquica de las huellas de la dictadura (terrorismo de Estado), no se reduce a un problema formal de “derechos humanos” y de reivindicaciones jurídicas, sino también al desafío de dignificar socialmente un lugar terriblemente doloroso. Más aún en meses de contingencia donde constatamos que el Estado de Chile continúa violando derechos humanos fundamentales. Todo ello da cuenta de un genuino “Trauma social” que impacta transgeneracionalmente a nivel clínico (síntomas, angustias y cuadros patológicos) y socio-político (miedo al cambio, rechazo al conflicto, aislamiento y soledad individualista, etc.).
La apropiación de los derechos humanos es un tema de permanente lucha por la hegemonía. Estos pueden pasar a ser un significante cooptado por las clases dominantes, siendo una representación de la supremacía moral de las actuales democracias (neo) liberales de occidente. Pensemos: incluso, se hacen guerras y se invaden países en nombre de los derechos humanos, como lo ha hecho Estados Unidos en oriente medio en múltiples ocasiones. Quede claramente establecido que con este argumento no se pretende desmentir el valor central de los derechos humanos, puesto que en sí mismos son cruciales, sino cuestionar el uso político y mediático que puede hacerse de los mismos en manos de las clases dominantes y de las potencias mundiales. Hoy más que nunca luchar por los derechos humanos, violados por el Estado que desmiente su violencia, es clave. Podríamos decir que estos derechos tienen el propósito de hacer valer una difícil conquista “ética y existencial” de la humanidad en su historia amplia.
Quizá un modo de unir la vertiente político-ideológica de los antagonismos sociales, con la vertiente del dolor humano implicado en los avatares de la historia, sea acudiendo a la noción de “Violencia de Estado”: aquella que se revela descarada en las fuerzas de orden (carabineros y militares) y aquella que actúa enmascarada en las lógicas abusivas del mercado desregulado.
En Chile, durante la dictadura, fue el Estado quien asesinó, torturó, exilió y persiguió a sus propios ciudadanos, en virtud de no compartir el proyecto ideológico que se pretendía hegemonizar. Ahora bien, el Estado en tanto lugar simbólico, requiere ser encarnado por personas de carne y hueso, y por ello es que el análisis de los implicados en dichas acciones conlleva una difícil tarea. Por ejemplo, no es difícil entender que la labor militar de los conscriptos de la época dictatorial los sitúa en un doble lugar -de perpetradores y víctimas simultáneamente, en un “matar o morir”-, y no es menos importante que sean justamente ellos, quienes pueden dar resolución a una verdad histórica ausente hasta hoy.
En términos conceptuales, para efectos de comprender la subjetividad implicada en los regímenes totalitarios Hanna Arendt (1964) propuso el concepto de “la banalidad del mal”, dando a entender con ello que los asesinos y torturadores de regímenes totalitarios, no son todos personas con una especial malignidad o perversión, sino que pueden ser personas ominosamente comunes, que actúan bajo el seguimiento de la autoridad y desde el terror. Pero habría que precisar que no se trata sólo de la obediencia a los líderes militares de mayor jerarquía o de un problema de temor y auto-conservación, sino que la sociedad entera experimenta un desplazamiento del lugar de la ley, en el cual se justifican ciertos actos que bajo otras coordenadas serían rechazados masivamente.
En consecuencia, se debe entender que la realidad social se percibe a la luz del “fantasma ideológico” (Žižek, 1992) que impone qué es lo normal, lo bueno, lo malo, lo deseable, lo rechazable, etc. De manera que el discurso ideológico tiene efectos sobre la estructuración simbólica de la sociedad y sobre el lazo social. Por ejemplo, durante la Alemania Nazi, el asesinato del judío no era algo moralmente terrible, puesto que la ley produjo el desplazamiento del judío desde un lugar de sujeto “de derecho”, a un lugar “de desecho”. Se podría decir desde esta lógica que nadie tiene grandes problemas morales en asesinar a una rata que contagia y enferma a la sociedad. En otras palabras, la instalación del judío en el lugar del desecho (cual rata asesinable), formaba parte del fantasma colectivizado de la ideología nazi. Esta realidad fantasmática era la prótesis a la cual estaba anudada la conciencia del alemán ario común -de ahí que no hacía falta una especial malignidad en la persona; incluso se diría que hasta el “individuo de mejor corazón” podía tener plena convicción de que el exterminio semita era un acto ético posible-.
Otra causal teórica -que no debe ser confundida con la colectivización de fantasías ideológicas- es hipotetizar sobre las estructuras clínicas (perversión, psicosis, neurosis) implicadas en algunos personajes concretos de la historia; por ejemplo, en los torturadores que gozaban del sufrimiento de sus víctimas -en primera línea-. Es difícil concebir que no exista una estructuración perversa y una alta malignidad ligada a las propias pulsiones mortíferas y al goce sádico.
Pues bien, lo que se propone sostener aquí es que -la prótesis fantasmática de la ideología- mantenía fuera de las ventanas del fantasma a los hechos macabros. Siguiendo las tesis focualtianas sabremos que en concreto los campos de concentración (cárceles) estaban retirados de la sociedad civil (fuera de la cotidianidad pensable), y por tanto, aunque las personas alemanas arias sospechasen lo que allí ocurría o lo supiesen en un registro racional; no necesitaban confrontarse con ello a modo de experiencia directa, ya que se efectuaban los exterminios en las periferias de las urbes -por fuera del marco del fantasma-, lo cual favorece a los sistemas de renegación/desmentida colectiva.
Con todas las diferencias radicales que haría falta establecer, se podría decir que durante la dictadura militar chilena, la figura del –“comunista”- calló en un lugar similar al del “judío” para el nazismo. A su vez, en el régimen chileno se dieron todas las dinámicas de ocultamiento de lo siniestro, sirviéndose de los aparatos ideológicos del Estado (Althusser, 1969), entre ellos los medios de comunicación masiva, teniendo como paradigma de ello a la función del diario “El Mercurio” de Agustín Edwards. Considérese que todas las dictaduras militares, lo primero que hacen es monopolizar los medios de comunicación y prensa. Aunque, de todos modos no hace falta que se ponga en juego una dictadura para que el control de medios por parte del grupo hegemónico en el poder tienda a monopolizar la información (Guinsberg, 2003); un burdo ejemplo de ello (entre tantos otros) fueron las campañas electorales de Berlusconi en Italia, que son, a juicio de este enfoque, un verdadero espectáculo montado, un show televisivo de primer orden.
Esta dimensión de la política, ligada a la sugestión de masas, es crucial para sostener la “ideología coloquial” (Gramsci, 1972) con la que las personas viven y organizan su cotidianeidad. En el caso de la dictadura chilena, se instauró un discurso psico-afectivo en el cual se establecía el antagonismo entre el oficialismo y el “comunismo”. El oficialismo venía a representar un orden benéfico, garante del bien, que justificaba la violencia brutal de las FF.AA. y de orden, en virtud de que la sociedad pudiera gozar de paz, seguridad, prosperidad, progreso, orden, patriotismo, etc. Teniendo como contracara antagónica al enemigo interno (comunismo), situado en el lugar de la enfermedad social. Desde una lectura lacaniana, Slavoj Žižek plantea que este tipo de nacionalismo popular (en este caso de derecha) “Sitúa al Otro del antagonismo como quien nos roba el goce, amenaza nuestra identidad; siendo un verdadero: Ellos maligno” (Žižek, 1998, p.79).
En todo caso, esta conceptualización no se aleja demasiado de las reflexiones freudianas del Malestar en la cultura (1930) cuando habla del “narcisismo de las pequeñas diferencias” como un modo grupal o social de canalizar la agresividad y la pulsión de muerte hacia el otro grupo social percibido como distinto, ergo amenazante. ¿Hoy es el estudiante millenial, es el lumpen y el flaite, es el delincuente saqueador e incendiario, es el subversivo que no valora los logros de Chile, es el niño deprivado del SENAME, es la feminista, es el inmigrante, es la mano invisible del comunismo internacional, es el ecologista anti-progreso?
En términos teóricos es importante pensar las bases afectivas y libidinales ligadas al goce de la identificación ideológica, que muestran que el antagonismo político no es sólo un asunto racional, representacional y simbólico. Señalar este punto permite comprender, por ejemplo, que en los años posteriores al golpe, el ciudadano adherente al régimen se refiriera a la oposición política en términos de “insurrectos, caóticos, traidores, antipatriotas, terroristas, come guaguas”. Hoy para el presidente de Chile no hay gran diferencia entre una ciudadana o ciudadano marchando en aras de una legítima demanda social y un delincuente: a todos les puede costar un “ojo de la cara”, sumado al que ya pagan por el costo de la vida. En cierto sentido, “el orden público” (que jamás debe ser confundido con paz social) y la “propiedad privada” son para los gobiernos neoliberales más importantes que la integridad física y psíquica del pueblo. En otras palabras, el valor de la vida como derecho fundamental queda relativizado.
Estamos presenciando el desgaste de un modo de hacer política y de entender la democracia como un juego banal entre unos pocos actores deslegitimados. Sabemos que las democracias actuales (no sólo en Chile) se aboga por una suerte de desideologización de la administración pública como un modo de evitar los antagonismos sociales – argumento sincrónico al del totemismo señalado por Santander y Readi (2013)-. No obstante, habrá que recordar que la declaración de no poseer ideología, es una ideología por excelencia. Stavrakakis (1999) destaca que desde las décadas de 1970 y 1980 la toma de decisiones se despolitizó de forma paulatina y se confió en gran medida a instituciones y autoridades supuestamente neutrales (Como los Bancos Centrales, “Independientes”, los expertos técnicos), y se limitó en extremo la regulación del Mercado en un horizonte de creciente globalización. A su vez, los principios empresariales invadieron todos los aspectos de la vida pública, y con ello la política ingresó en la era “post-política” de la “gestión pública” y del “consenso técnico”.
Recuérdese que en Chile, con la toma del poder militar auspiciado por el ala neoliberal de la guerra fría encabezada por Estados Unidos, se produjo este proceso -de un modo impuesto- mediante los llamados “Chicago Boys” en el que se instaura la economía de mercado reinante. Así, se profesionalizó (incluso más allá de la izquierda y la derecha) un modo de concebir la política siendo comandada desde la economía. “Algunos celebraron este proceso como una victoria del liberalismo que señalizaría el fin de la política tal como la conocemos, y anunciaría la aurora de una utopía liberal capitalista” (Stavrakakis, 2010, p.286). Para pensar este problema más allá de la singularidad del caso chileno y de la hipótesis de la mantención inconsciente del tótem, habrá que simplemente recordar la famosa frase de Fukuyama: sobre el fin de la historia que guardaría relación con el triunfo de las democracias liberales y la economía de mercado, como el único modo moral/legítimo de vivir en sociedad -sin ninguna alternativa real que se le oponga-.
Si se estudia la historia de Chile, desde el retorno a la democracia (en términos formales), se verá que lo hace de un modo que presentifica toda una forma de hacer política. La famosa “Propaganda del No” que ha dado lugar incluso a una reciente película, inaugura la política del espectáculo (aunque sea de “izquierda”) en la que las ideas desaparecen para dar lugar a un montaje de imágenes cautivantes -que movilizan la libido y la identificación- y que relegan a un segundo plano al análisis crítico. Hoy en día esta tendencia es aún más obscena: se propone que las propagandas políticas son aún mejores -en términos publicitarios- que el clásico ¡Disfruta Coca-cola! La importancia de la imagen de la persona, lo que proyecta, las esperanzas que moviliza, se juegan en un plano puramente imaginario, aunque tiene efectos reales en la jouissance (goce) y el discurso del espectador (o más bien, votante-ciudadano). A tal punto se ha dado esta dinámica del espectáculo en la política, que resulta impensable hacer una campaña televisiva aludiendo a las bases programáticas e ideológicas, puesto que esto exige procesamiento secundario (en el sentido freudiano) y así bastaría que el rival político logre movilizar procesos primarios (libidinales) para ganar la contienda electoral.
El efecto de esta dinámica político-publicitaria es sin duda, el deterioro en el nivel político-argumentativo del discurso de las campañas, siendo eclipsado por el puro marketing y por los problemas que trae adherido: el asunto del dinero en la política. Un dato que avala esta tesis es que en la última década los partidos políticos reclutan “rostros mediáticos” ya que con ello tienen buena parte de la campaña electoral adelantada.
Mouffe (2007) plantea que si el disenso y el antagonismo son excluidos del discurso -por ejemplo, no teniendo lugar en los medios de comunicación, ni en la política formal- esto deriva en que los aparentes consensos de las cúpulas de poder, no permiten comprender que en las bases de la sociedad se acumula una violencia cruda y un odio que al ingresar en la despolitizada esfera pública, sólo pueden ser identificadas y contrarrestadas en términos morales e incluso militares, sin poder ser leídas en términos históricos y político-sociales.
¿No es justamente esto lo que ocurre en el discurso imperante de la política chilena, en especial del bloque político de la derecha comandado por el presidente Piñera en sus dos gobiernos? ¿Algo de estos discursos también nacen de voces de la centro-izquierda nacional amparada en el poder? Se han escuchado con insistencia frases en el orden de: “la batalla contra la delincuencia”, “la lucha contra el terrorismo Mapuche” “la guerra contra los que quieren destruir el orden público” “debemos atacar la violencia sin sentido de los encapuchados”, etc. Sin duda que estos discursos se ven amparados y reforzados por los oligopolios de los medios de comunicación nacional. La prensa, lejos de problematizar estos “impasses discursivos paranoicos”, hace de ellos la voz única y oficial, reforzando con ello la violencia enmascarada del Estado.
¿Podemos ser optimistas en algún sentido? Pues bien, recuérdese que un sistema socio-político sólo se sostiene en tanto la mayoría de la ciudadanía valida los “enunciados del fundamento” para dicho sistema (sistemas electorales, económico, educacional, previsional, laboral, etc.). Otro modo de sostener el sistema a pesar de la sociedad civil, es que se militarice y se reprima el levantamiento social, así la violencia del sistema se lleva al extremo de la concretud de los cuerpos. En la historia de Chile los alzamientos militares contra el propio pueblo no se inauguran con el golpe del 73, puesto que existen consistentes antecedentes previos: uno de ellos la matanza de Santa María de Iquique en 1907.
En vista de que lo político ha resurgido en la voz de proyectos emancipatorios ¿Se logrará una re-articulación de la institucionalidad chilena producto de la acción popular y del ideario instituyente? Esta pregunta contiene en su origen la consideración por la creciente influencia de la sociedad civil organizada en la toma de decisiones políticas; lo que el historiador chileno Gabriel Salazar (2012) ha llamado el auge y re-despertar de los movimientos sociales que ponen en cuestión el modo tradicional y oligárquico de hacer política en desconexión absoluta de la base popular y territorial de soberanía deliberativa. La política local, territorial y de cultura asambleística es sin duda un sustrato simbólico imprescindible para redefinir el lazo social y el sentido de la democracia. A pesar de que estos movimientos no poseen un destino asegurado, “cabe decir que la participación ciudadana posee un valor democratizante en sí, y representa una revitalización del lazo social” (Laclau, 2008, p.51). Es decir, aún en tiempos de incertidumbre y crisis, vemos que se está produciendo una fuerza orientada a la posibilidad de que el individuo-cosificado del capitalismo, devenga un Sujeto (de derecho, dignidad y pertenencia). Es decir, que el consumidor y objeto de consumo que se es simultáneamente, comience a tener una voz, que articule una distancia crítica respecto de las contingencias que lo determinan y un interés libidinal por el lazo al otro-social más allá de los criterios economicistas-mercantiles. Ese fenómeno es una fiesta popular pacífica.
En síntesis, cuando la cultura está instituida bajo los designios de una civilización neoliberal y capitalista de Mercado; entonces la subjetividad que en ella adviene está cruzada por enunciados familiares y sociales que preanuncian a un sujeto consumidor, competitivo, individualista y con temor al fracaso (Castoriadis, 1975). Sin duda que existen amplios márgenes de libertad subjetiva (responsabilidad) y existe la posibilidad del Yo de refundar su proyecto permanentemente; no obstante este gran discurso colectivo atravesado por la lógica del Mercado produce una suerte de enajenación masiva (Pujet & Käes, 1996). El temor a la exclusión social (pérdida de lazo), genera mecanismos de sometimiento masoquista a la fuerza enajenante. Así, el discurso del conjunto imperante (que enuncia las representaciones imaginarias sociales dominantes) ejerce una violencia subjetiva que actúa regulando los valores y los proyectos identificatorios de cada individuo del colectivo (Aulagnier, 1975). De allí que la revalorización de lo político, entendido en su sentido amplio, es tan crucial para el destino de la nación.
Retornando al punto que ha abierto estas reflexiones, referido al dolor íntimo y melancolizado, secundario a ser víctima de una historia que no termina de cerrarse, habrá que puntualizar que este dolor no es disociable del registro político e institucional. En los tiempos que vivimos, cabría reflexionar sobre la noción de “reconciliación” puesto que un proceso de esta naturaleza requiere del previo reconocimiento legal y afectivo de las víctimas -cuestión aún inconclusa- Si bien es cierto se ha avanzado mucho desde lo clínico (el trabajo del PRAIS como emblemático de aquello) y desde la cultura (literatura, teatro, cine, televisión, etc.), aún así es legítima la pregunta: ¿Hasta cuándo? ¿Habrá que esperar los 50 años del golpe? ¿Habrá que seguir contando torturas, violaciones, lesiones, pérdidas ópticas, muertes y desapariciones durante este 2019? ¿La indignación y la impunidad seguirán marcando la historia de Chile?
Podemos decir que aquellos que abogan por dejar el pasado en el pasado y plantear que estos temas son obsoletos, niegan la vigencia del dolor irresuelto de las pérdidas, y de las huellas psíquicas y marcas físicas de la tortura; además de no reconocer que hay algo intacto desde el régimen militar (heredado y totemisado): sistema político, constitución de la república, sistema educacional y de salud segmentados por clase social, estado subsidiario y privatizaciones o concesiones de empresas estratégicas y recursos naturales, sistema de seguridad social insuficiente tanto para la infancia como para la adultez mayor, segregación barrial, etc. Es decir: “sombras heredadas”.
Hoy el pasado es más urgente y contingente que nunca. El actual escenario político y social conlleva a pensar acerca del futuro político de nuestra nación ¿Seguiremos desarrollando una pospolítica liberal tecnocrática que favorece la inequidad estructural y la concentración del poder? ¿Derivaremos en un populismo nacionalista de derecha extrema? ¿Ganarán fuerza los nostálgicos por un retorno utópico a la izquierda del siglo XX? ¿O se dará una refundación de un proyecto político emancipatorio, participativo y progresista de democracia radical, como nunca lo hemos visto antes?
Rodrigo Aguilera Hunt es psicólogo, reside en Santiago de Chile.
Psicólogo clínico de la Universidad Católica de Chile, Magíster en psicología clínica mención psicoanálisis de la Universidad Adolfo Ibañez/ICHPA, Analista de la Sociedad Chilena de Psicoanálisis (ICHPA), Docente de la facultad de psicología de la Universidad de Santiago de Chile (USACH). Mail: rodrigoaguilerahunt@gmail.com
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