Romildo do Rêgo Barros – El voto y el fusil

Una discusión entre psicoanalistas sobre el valor de la democracia no se puede conformar con su simple elogio, porque muchas cosas, de lo mejor a lo peor, se albergan bajo el manto generoso de la democracia. Casi todos los matices del espectro político actual, incluyendo aquí una buena parte de las dictaduras, no sólo consideran el ideal democrático como algo que no se discute, sino que también se consideran sus mejores representantes. Por citar un ejemplo, la dictadura militar brasileña fue sustentada ideológicamente por la defensa de la democracia.

A partir de ahí, grandes violencias fueron y son cometidas en nombre de su preservación: «quien se opone a la apertura –decía uno de los presidentes militares–, yo lo agarro y lo aplasto». Y no es solo en Brasil: el otro día, por ejemplo, el presidente de Turquía dijo en una entrevista que la prensa impide el funcionamiento de la democracia.

La democracia es un equilibrio inestable. No es que tenga un equilibrio inestable: es un equilibrio inestable. A veces ese equilibrio es más tenso, y a veces más calmo: es tenso cuando sus semblantes están en peligro, amenazando con mostrar un real que debería permanecer oculto; y calmo cuando los semblantes pueden mantenerse, dentro de lo que se llama en política,  así como en la guerra, correlación de fuerzas. Se trata de un equilibrio entre los ideales y el objeto, que es permanente en la democracia.

El actual candidato de la extrema derecha a la presidencia de Brasil es un buen ejemplo: ha conseguido una buena parte de su prestigio vendiendo la imagen de alguien que dice lo que piensa, sin subterfugios, sin aceptar los límites de lo políticamente correcto, lo que le permite decir cualquier horror sin causar aparentemente ninguna repulsión en aquellos que lo siguen, e incluso en algunos que podrían ser más tarde sus víctimas.

¿Qué muestra eso?

No es que este candidato represente para los que lo siguen y admiran un ideal de defensa de la civilización cristiana o de los valores de la familia, sino que él es la prueba viva de que hay al menos uno, él mismo, a quien le está permitido gozar fuera de la ley, y manejar la muerte como un juguete. No será por nada que muchos de los comportamientos que se desencadenan a partir de su ejemplo –sobre todo los de la exhibición o práctica de la violencia– son claramente criminales.

Una escena publicada en facebook este domingo me parece ejemplar del momento que estamos viviendo y de la crisis profunda de la democracia brasileña: un joven, que muestra sin disfraz su rostro, se filma a sí mismo en la cabina de votación componiendo con el cañón de un revólver, el número 17 del partido de su candidato. Con ese gesto, el joven comete varios crímenes al mismo tiempo –filmarse en la cabina electoral, portar un arma de fuego… –, pero esa no es la cuestión ahora. Esperemos que la justicia haga rápidamente su trabajo, al menos para sacarle a ese hecho la capa de banalidad que luego, lo  volverá a cubrir.

El joven nos muestra, sobre todo, que puede unir el fusil y el voto, como si hubiera una continuidad entre ellos. O incluso como si fueran una sola cosa, porque él está tácitamente autorizado por el jefe, que tiene la prerrogativa de gozar donde legisla, y de compartir con sus seguidores una parte de su disfrute. Podemos incluir aquí toda la serie de agresiones que se están multiplicando en Brasil, como el atropello intencional de una persona que llevaba una insignia del PT (Curitiba, esta semana), o las agresiones e insultos contra mujeres o LGBT. Sin olvidar el asesinato de Moa do Katendê, líder afro y santo negro, de los que Bahía suele producir.

La famosa frase de Clausewitz: «la guerra no es más que la continuación de la política por otros medios», oculta el hecho de que entre las dos, la política y la guerra, no hay un continuo, sino un salto por encima del abismo que separa el voto de un fusil.

Sobre todo en ciertos momentos como ahora, hay que profundizar la distancia entre ambos, para evitar que la violencia aparezca como si fuera un argumento político como los demás, incluso si un poco exagerado.

Como el psicoanálisis, la democracia es una praxis. Ninguna de las dos se puede decir un saber fijo, definitivo y completo, y es a partir de ese rasgo común que ambos tienen algo a decir.

 

Romildo do Rêgo Barros es psicoanalista,  reside en Río de Janeiro.

Miembro (AME) de EBP-AMP. Fue Presidente del Consejo de la EBP. Trabajos publicados en varias revistas del Campo Freudiano. Es autor de “Compulsões e Obsessões – Uma Neurose de Futuro”, Editora Civilização Brasileira.

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