El psicoanálisis no es el único discurso que advierte los efectos devastadores que el empuje actual a la felicidad produce en los seres hablantes. Los filósofos desde la posmodernidad, los sociólogos, los psicólogos incluso los tertulianos de los medios comentan, hasta la extenuación, la relación entre la mal llamada “ciencia de la felicidad” y el sistema capitalista neoliberal. Por tanto, no inventamos nada al respecto pero podemos aportar algunas explicaciones sobre los fundamentos subjetivos implicados en una época en que la felicidad asciende al zenit y la tristeza es su correlato directo.
Por una cuestión de cautela deberíamos diferenciar el psicoanálisis lacaniano de aquel otro que, al ser exportado a los Estados Unidos, perdió su espíritu original para transformarse en una máquina de adaptación a los ideales de la American way of life. De este modo se redujo la enseñanza de Freud a pequeñas fórmulas banales, que ritualizaron la técnica y pusieron el acento en el comportamiento. Es de ese psicoanálisis que nacieron los hijos bastardos de las psicoterapias. Nos detendremos en uno de ellos: la psicología positiva surgida en 1997 y liderada por Martin Seligman.
El negocio de la Felicidad y sus estragos
A principios del siglo XX emerge un nuevo negocio empresarial basado en las técnicas de motivación de los trabajadores y es hacia finales del mismo siglo que nace la denominada “psicología positiva” con Seligman y su libro La auténtica felicidad (1997), una mezcla de investigaciones filosóficas sobre el optimismo reforzado con un “compendio de anécdotas” y consejos de autoayuda. De este magma provienen los coaches y los gurús de la motivación, con su arsenal de frases hechas de aplicación universal. Seligman amplía el marco de su acción de lo individual a lo social enumerando las instituciones políticas, económicas y sociales que favorecen la felicidad: “la democracia, la familia, las iglesias o el sistema capitalista de libre competencia empresarial”1. La perspectiva de su terapia especializada en depresión, se orienta en los valores del neoliberalismo encarnados por los denominados WEIRD western, educated, industrialized, rich and democratic (occidentales, educados, industrializados, ricos y democráticos).
Qué curioso que la palabra formada por el acrónimo WEIRD signifique “raro”, “extraño” o “bizarro”.
El contrapunto al negocio de la felicidad nos lo ofrece Bárbara Ehrenreich en su libro Sonríe o muere, que denuncia la acción perversa de la ideología positiva dominante. Después de recibir el diagnóstico de cáncer de mama le recomendaron acudir a grupos de apoyo para aumentar sus probabilidades de curación. Nos preguntamos cómo puede curarse el cáncer por estos medios. El planteamiento parece muy simple: se trata de tomar la enfermedad como un “don” en lugar de un “mal” y aprovechar las oportunidades que esto te brinda. La extraordinaria transmutación de una emergencia de lo real en oportunidad para aprender es uno de los pilares fundamentales de la ideología neoliberal, fabulosa denegación de la castración. Bárbara afirma que le negaban la posibilidad de hablar sobre la tristeza o la ira, sentimientos que perjudican el proceso de curación con el argumento de reservar toda su energía para conseguir “visualizar” la lucha que se producía en el organismo entre las células buenas y las cancerígenas y apoyar, como el buen entrenador, al equipo inmunológico. El cáncer, no obstante, progresaba y la culpa por no ser suficientemente positiva entristecía a Bárbara cada vez más. Los estudios estadísticos demuestran que, en Estados Unidos, no hay mayor supervivencia al cáncer de mama entre una mujer optimista y otra pesimista, mientras que sí la hay, claramente, entre una mujer blanca y otra negra.
El exceso de optimismo también produce consecuencias desastrosas en el plano político y económico, Ya vivimos el frenesí de la burbuja inmobiliaria y la calamidad de la crisis hipotecaria de 2008 que dejó a muchas personas en estado de exclusión social y precarizó los salarios. Sin embargo, para el negocio de las terapias positivas, en consonancia con el neoliberalismo, no hay problemas sociales estructurales sino deficiencias psicológicas individuales que deben ser tratadas. Estamos obligados a ser felices y a sentirnos culpables de no sobreponernos a las dificultades. La ciencia de la felicidad pervierte, con un reduccionismo nada inocente, el concepto aristotélico de “buena vida” (eudaimonía) y lo transforma en un instrumento al servicio del capitalismo que empuja al sujeto a adaptarse y asumir “las paradojas laborales” (gran eufemismo) del mercado libre: trabaja sin horario de salida y por un sueldo ridículo, porque eso te llevará algún día al consejo de administración y a la felicidad.
Lacan afirma que mientras Freud nunca dijo tonterías, sus sucesores no pararon de hacerlo ofreciendo una felicidad que consiste en conseguir que seas como todo el mundo y así cumplas con el discurso del amo. Ante la estupidez de sus colegas de la ego psychology, Lacan lanza un exabrupto con el que quiere dar cuerpo (tomemos esto al pie de la letra) al enojoso asunto de la felicidad: “No hay más felicidad que la del falo”. Pero, atención, solo es feliz el falo no el hombre que lo porta ni la mujer que lo recibe.
La obligación de ser optimista
El optimismo como exceso de confianza que alimenta falsas esperanzas puede conducir a lo peor como, como responde Lacan en Televisión: “Sepa solamente que vi muchas veces la esperanza ‒lo que llaman las mañanas que cantan‒ conducir a gentes que yo estimaba tanto como lo estimo a usted únicamente al suicidio”2.
La felicidad, convertida en un imperativo, es un regalo envenenado que el neoliberalismo ha extendido hasta incluirlo en las agendas académicas, políticas y económicas de muchos países. Cuando la felicidad queda escriturada en las constituciones de algunos países se convierte inmediatamente en un deber superyoico. Nada ni nadie obliga a gozar salvo el superyó que, en la actualidad, utiliza como coartada el derecho a la felicidad para imponer su tiranía. Entonces, la mirada en lugar de dirigirse al Otro se vuelve hacia el propio yo sometido a un examen permanente y, a la vez, se fija en el semejante en ese paroxismo de comparación imaginaria que ofrecen las aplicaciones digitales. El drama está servido: el semejante siempre es exitoso mientras que el yo un fracasado que lleva tatuado en su cara la sonrisa del Joker.
La sombra de la culpa recae sobre el sujeto que no alcanza las metas que se había propuesto. Algunos norteamericanos prefieren el desamparo de vivir en la calle antes que beneficiarse de los sistemas de ayudas porque se avergüenzan de haber fracasado en el país de las oportunidades para hacerse rico. Es evidente que el control social encuentra en la culpa un terreno abonado para ejercer su dominio mientras que el sujeto entra en la llamada “depresión”. Lacan utiliza siempre el significante “tristeza» porque no quiere caer en la trampa del uso indiscriminado del diagnóstico de depresión que incluye todo aquello que no funciona comme il fault. Los tratamientos químicos y psicoterapéuticos tratan de que el deprimido se reincorpore al engranaje social como pieza de una maquinaria. El sujeto, por su parte, se ahorra el arduo camino del saber y elude su responsabilidad.
Posición de Lacan
Hay dos afirmaciones de Lacan que nos interesa poner en tensión respecto a lo dicho hasta ahora sobre el empuje a la felicidad y la intransigencia respecto a la tristeza:
- “Trato de no empujar demasiado lejos un psicoanálisis de manera que cuando el analizante piensa que le es dichoso vivir, es suficiente”3.
- “La Tristeza no es un estado del alma, es simplemente una falta moral, como lo señala Dante e incluso Spinoza: un pecado es un acto de cobardía moral que sólo se sitúa, en último término, a nivel del pensamiento, es decir, en el imperativo de “bien decir” o de resituarse en el inconsciente, en la estructura”4.
Esperar que en el final del análisis el analizante se declare “dichoso de vivir” no es, en el pensamiento de Lacan, equivalente a la promoción a toda costa de la felicidad como meta. El significante “dicha” tiene su raíz etimológica en el “decir” y, por tanto, se trataría de que el analizado sepa arreglárselas con la condición estructural de estar atravesado por las palabras lo que supone conciliar el decir con el amor a la vida.
El triste no tiene el coraje necesario para afrontar un verdadero deseo de saber y por tanto peca por cobardía, según Lacan. Hay que poder argumentar esta afirmación antes de repetirla sin pensar, pues no es evidente que desde el psicoanálisis se pueda hablar en términos de pecado y de cobardía sin deslizarse hacia otro discurso. Dicho de otro modo, tenemos que captar con claridad en qué se diferencia la teoría de Lacan sobre la tristeza de aquella que asentó la tradición cristiana considerándola un pecado capital y, también, de la que promueve la ideología neoliberal que ve en la depresión un pecado contra la ética capitalista del trabajo. Al psicoanalista no le está permitido ni juicio moral ni intolerancia respecto a la tristeza. Conocedor del funcionamiento sádico del superyó, trata de liberar al sujeto de la tiranía de sus imperativos entre los que predomina el mencionado empuje a la felicidad bajo la forma del disfrute continuo. La única condición a la que el psicoanalista no puede renunciar es a que el sujeto se ahorre el trabajo de hallarse en el inconsciente (neurosis) o de orientarse en la estructura (psicosis). Por lo demás al analista le cabe actuar con la paciencia del santo y aguantar como ningún otro las manifestaciones de dolor, angustia, odio, desidia o desprecio que forman parte de la tristeza.
La falta de amor
En lugar de la dicha de vivir como resultado por añadidura del esfuerzo tenaz de un análisis, la búsqueda frenética de la felicidad produce ansiedad y tristeza. No es de extrañar que la primera víctima de esta ideología sea el amor en todas sus vertientes: el amor al otro, el amor propio y el amor a la vida.
Tampoco aquí decimos nada nuevo. Algunos pensadores ya han proclamado el fin del amor y los sociólogos vaticinan el enfriamiento de la pasión como consecuencia de la ilimitada libertad de elecciones unida a la exigencia de la perfección.
El triste, en esa referencia hiperbólica a sí mismo que le caracteriza, es incapaz de dirigir su interés hacia el mundo. La acedia lo inmoviliza, el deseo se pierde, el amor se envenena, mientras que el goce del sufrimiento se da la gran fiesta. El analista no promueve ideales de felicidad ni de completud. No predica la pastoral del amor universal al prójimo, pero se coloca en contra de la pulsión de muerte y reconoce que sin amor caemos enfermos de tristeza. Esa fue la enseñanza de Freud, el inventor de una cura a través del amor (la transferencia) y también la del ultimísimo Lacan para quien, en la orientación hacia lo real, el amor acaba cobrando una dignidad equivalente a la del síntoma.
Rosa López es psicoanalista, reside en Madrid.
AME. Miembro de la Escuela Lacaniana de Psicoanálisis y de la Asociación Mundial de Psicoanálisis. Docente del Nucep.
Notas bibliográficas:
1 Seligman, M., La auténtica felicidad. Ediciones B, Barcelona 2011, p. 101.
2 Lacan, J., “Televisión”, Otros escrito, Paidós, Buenos Aires, 2012, p.568.
3 Lacan, J., Conferencia del 24 de noviembre de 1975 en el Kanzer Seminar de la Universidad de Yale.
4 Lacan, J., “Television”, Otros escritos, Paidós, Buenos Aires, 2012.