La ciencia es una de las formas de discurso sobre el mundo. Ni la única, ni la primera, y en algunos sentidos ni siquiera la mejor. La ciencia construye un tipo de conocimiento que encuentra pertinencia y eficacia en determinados contextos, pero no en todos.
No tendría sentido, por ejemplo, analizar científicamente un soneto de Borges; tampoco cabría afirmar que el Guernica de Picasso consiste en un determinado gramaje de pintura, una tela y unas cuantas varillas de madera. Del mismo modo, no sería racional tratar una neumonía neumocóccica con una sonata de Mozart.
La ciencia es una de las construcciones humanas con las que intentamos conocer aquello que, no sin arrogancia, llamamos ´realidad´ No es la única manera de conocer el universo, pero es una que ha cumplido un rol histórico trascendente y que ha adquirido un prestigio muy especial en las épocas actuales.
Para la socióloga austríaca Karin Knorr Cetina, vivimos en una “cultura epistémica” en la que la ciencia es la principal institución de conocimiento. ¿Qué es una cultura epistémica? “Las culturas epistémicas son culturas que crean y garantizan el conocimiento, y la principal institución de conocimiento a lo largo del mundo es, aún, la ciencia” (Knorr Cetina, 2005).
Con la modernidad (segunda mitad del siglo XV) se produce un cambio profundo en el modo de ser humano. La filosofía se va apartando progresivamente de la influencia religiosa. Se retoman pensadores de la antigüedad, y con ellos se revaloriza la razón como facultad humana formuladora de principios (alejándose del principio de autoridad medieval), y se la utiliza como herramienta del conocimiento. El objetivo del hombre renacentista es el conocimiento y gobierno de la naturaleza, comenzando un período de crecientes descubrimientos e invenciones, de clasificaciones de la naturaleza y de nuevas teorías. Hay un mundo por descubrir, y la imprenta de Gutenberg se transforma en polea de transmisión de un fenómeno novedoso: la difusión en gran escala del libro. Se producen profundos cambios en las artes y las técnicas, en el modo de producción e intercambio de bienes. Comienza la lenta aparición de la clase burguesa, de relevancia capital en lo que luego será la Revolución Francesa de 1789, y se inicia el camino hacia la Revolución Industrial, también en el siglo XVIII. Se crean las Academias de Ciencias. Progreso, conocimiento, ciencia. Un complejo y apasionante período histórico que va a culminar en la segunda mitad del siglo veinte, y que tiene a la ciencia como factor determinante, causa y producto histórico al mismo tiempo.
La epistemología, como rama específica de la filosofía que estudia el conocimiento científico, nace casi cuatro siglos después. Si la ciencia, en un sentido amplio, nace entre los siglos XVI y XVII, la epistemología lo hace a comienzos del siglo XX. “No es casual [dice la filósofa argentina Esther Díaz] que justamente para la misma época en que comienza la crisis de la ciencia moderna, comience también la reflexión sobre ella, es decir, la epistemología” (E. Díaz, 2000).
Pero la evolución del conocimiento científico en estos 400 años no escapa al inicio, desarrollo y apogeo del sistema capitalista, que lo fue convirtiendo (como a tantas otras producciones humanas) en mercancía.
¿Por qué afirmamos que el discurso de la ciencia entra en crisis en el siglo XX? Porque comienza la caída de las certezas, una a una. Dice Díaz: “Las leyes científicas inmutables y universales pretendían encerrar lo caótico dentro de los límites de una objetividad intemporal. Sin embargo, en el siglo XX la ciencia ha debido aceptar la inestabilidad, el azar, la indeterminación, los procesos irreversibles, la expansión del universo, la discontinuidad, la evolución de las especies, las catástrofes, el caos, así como el estudio riguroso de los sistemas simbólicos, del inconsciente y de los intercambios humanos”.
No es clara y trasparente la definición actual de ciencia. Para más conflicto, no siempre que se escucha el vocablo ´ciencia´ se está hablando de un conocimiento desinteresado sino que con frecuencia se fuerza la noción de verdad en función del interés político o comercial de quien la enuncia. En palabras de Foucault, la verdad no está fuera del poder ni sin poder, ya que cada sociedad tiene su régimen de verdad y su política general de verdad. Dice Foucault, en 1978: “El problema no reside en dividir lo científico (verdadero) del resto, sino en ver históricamente cómo se producen efectos de verdad en el interior de discursos que no son en sí mismos ni verdaderos ni falsos” (Foucault, 2008).
El régimen de verdad en nuestra sociedad determina que cierto tipo de conocimiento científico, especialmente el de base biológica, sea el sancionado como verdadero. Y detrás (o delante) de esto están los poderosos intereses de quienes hacen fortunas vendiendo ciencia.
Lo anterior no equivale a afirmar que la ciencia no existe. Por el contrario, afirmamos que la ciencia existe y que es un poderoso instrumento para conocer y transformar realidades. Una disciplina científica debe tener un objeto de estudio, un campo delimitado de jurisdicción, un método de generación de conocimiento (que varía de una disciplina a otra), una terminología técnica propia y unas formas consensuadas de validación. El idioma castellano no es una ciencia; la astronomía sí. Pero el conocimiento científico es un producto social, y por lo tanto está históricamente determinado. No avanza linealmente, en forma acumulativa, sino que atraviesa crisis y reformulaciones. Su producción de verdad es siempre discutible y transitoria. También está claro que vivimos en una ´cultura epistémica´ en la que la ciencia es la principal institución de conocimiento (se la defina como se la defina). Como tal, es aprovechada por el sector de capital, transformada en mercancía y generadora de enormes ganancias económicas. En este sentido, vale la pena preguntarse a quién pertenece la ciencia. A quién el acervo de conocimientos de nuestra civilización. Al servicio de quién debería estar la ciencia.
Por último, la medicina. La medicina no es una ciencia. Es una práctica social científicamente informada (esta definición pertenece a Juan Carlos Stagnaro). El médico no hace ciencia, ejerce el arte de curar: hace clínica. Para ello necesita, entre otras cosas, del conocimiento producido por algunas ciencias afines: biología, psicología, química, física, antropología… pero no sólo de ellas. El médico necesita también de la filosofía, sin la cual su trabajo resultaría inconcebible. En un escrito de hace 10 años Norberto Conti lamenta la desfilosofización del psiquiatra contemporáneo, pero la afirmación vale para el médico contemporáneo en general. Necesita de política, sin la cual el propósito mismo del acto clínico pierde sentido social e histórico. Necesita de la historia, de la historia en el presente.
Los trabajadores de la salud no podemos permitir que se nos vendan verdades prefabricadas como comidas congeladas para el microondas; tenemos que participar en la discusión de esas verdades. De lo contrario sólo estamos llamados a aplicar unas verdades que se construyen en otra parte. Porque son verdades que modelan subjetividades, que construyen identidades y que fabrican esos constructos que llamamos enfermedades.
Queremos una ciencia anti-reduccionista. Que no acepte reduccionismos biológicos, ni psicológicos ni sociológicos sino que enfoque el fenómeno de la salud desde un punto de vista holístico. Queremos una ciencia comprometida con un ideal de justicia social que eleve a primera jerarquía el principio básico de la Salud Pública: lo que existe para algunos, se pretende para todos.
El terreno de la Salud Mental es un terreno complejo, heterogéneo y con parcelas epistemológicamente inestables. Es presa, por ello mismo, de esta venta de verdades interesadas, que no pocas veces esconden detrás del vocablo ´ciencia´ intenciones comerciales o parcialidades corporativas.
Ciencia, filosofía y política deben ir de la mano para que las verdades en el terreno de la salud comiencen a ser construidas colectivamente, para beneficio de todos y en función de ideales inclusivos y democráticos. Se dificulta esta construcción en contextos recesivos, de magros presupuestos en salud, de recortes en las partidas universitarias, de degradación de la tarea clínica, científica y docente.
Repito una vez más. La tarea es filosófica, es científica, pero sobre todo es política.
Santiago A. Levín es psicoanalista, Buenos Aires.
Médico especialista en psiquiatría, miembro de APSA, Docente del Departamento de Salud Mental de la Universidad de Buenos Aires.
*Texto presentado en el Foro Interinstitucional Federal de Salud Mental, Biblioteca Nacional, CABA. Agosto de 2018.
Notas bibliográficas:
1 Knorr Cetina, K., La fabricación del conocimiento: un ensayo sobre el carácter constructivista y contextual de la ciencia, Universidad Nacional de Quilmes editorial, Buenos Aires, 2005.
2 Díaz, E., “El conocimiento como tecnología del poder” en: La posciencia: el conocimiento científico en las postrimerías de la modernidad, Buenos Aires, Biblios, 2000.
3 Foucault, M., Un diálogo sobre el poder, Buenos Aires, Alianza Editorial, 2008.