Santiago Riveros Oliva – El retrato oval de Poe y la consistencia imaginaria

Los secretos, parece, no residen en habitaciones ampulosas, en ostentosos retratos ni en libros de vidriera. Se hallan en habitaciones insulsas, en recovecos desapercibidos, estrechos, ensombrecidos e ignorados.

Esta es la primera verdad del cuento de Poe, ‘El retrato oval’.

El descubrimiento de esos arcanos suelen ser casuales. Aun en la aventura por buscar la verdad, ésta se nos presentará en el orden de lo inesperado. Justo allí cuando no estemos atrapados en la búsqueda, ella, patente, nos dará el susto de agite.

Esta es la segunda verdad de Poe.

Quien ocupa el lugar de criado, duerme manso por la noche. Mientras a su amo, lo invade la curiosidad y el insomnio.  El amo se enfrenta a la muerte y abandona la infinitud. Es libre. Pero la libertad tiene el costo del insomnio. Su criado, por tanto, trabaja arduamente, para descansar de las ideas (por la noche).

Esta es la tercera verdad de Poe.

 

Entonces, el retrato oval

Al no poder conciliar el sueño, el personaje de la obra, descubre una antología de varios cuadros que se hallan en su habitación. Al intentar acomodar el candelabro sin despertar a su criado (es un Amo que piensa el goce del esclavo), se ilumina un nicho de la habitación. Y así, por fortuna se encuentra con un peculiar cuadro: un retrato oval que capturaba la imagen de una bella y joven mujer.

El personaje que descubre el cuadro, nos cuenta que, al mirarlo, tuvo el impulso de cerrar los ojos. Y que, al cerrarlos, buscó en su mente la causa de dicho cierre ¡Es el primer impulso! Intentar abordar lo nuevo, desde lo que hay. Buscar adentro lo que, en verdad, yace afuera. Y en vez de pensar el cuadro, piensa sobre el acto mismo de los párpados.

Es una reacción, esta, en defensa propia: a saber, distinguirme del entorno ¿Cómo sino, rescato mi identidad?  Cierra los ojos para sujetarse: para no ser disuelto en el mundo. Ante todo, rescata la impresión de que hay un adentro y un afuera: “revisé en

mi mente la razón por la cual los había cerrado”1.

Nuestro protagonista se halla mirando la viñeta de una mujer joven, en altas horas de la noche. Perturbado por aquel retrato de marco oval, nos cuenta que su estado dormitado habría hecho causarle la impresión de ver “la cabeza de una persona viva”2. Pero más interesante aun: nuestro personaje se percata del engaño de la impresión, al considerar que, si solo ve cabeza y hombros (cuadro estilo viñeta), es imposible que eso que mira, esté vivo. Es contrario a la biología de cualquier cuerpo, agregaríamos para ayudar el argumento de nuestro personaje.

Una hora estuvo nuestro personaje, hechizado en el cuadro y pensando en el efecto de su engaño! Una hora que, también, pudo haber sido un engaño.

La expresión, dice nuestro narrador, fue la causa de tal engaño. La ‘expresión’ de la imagen, ha sido lo que se comunicó como ‘vida’. No han sido los ojos de la doncella, sino su mirada, lo que el trasnochado huésped confundió con la vida.

Así, perturbado por aquel efecto, se instó a dejar de iluminar ese cuadro. Y enseguida, se dispuso a buscar en la antología, las características del retrato oval.

 

De lo imaginario a lo simbólico: las palabras del cuadro

Ahora, el somnoliento huésped, busca abordar el retrato desde la palabra. Deja de mirar –vira la luz de su candelabro hacia el libro– para conocer. Y conocer, aquí, es articular en palabras la impresión violenta de la imagen. Todo el conocimiento se basa en este supuesto: no dejarse captar por la imagen y articular en palabras los fenómenos.

Entonces, descubre la historia de aquella pintura.

Un apasionado pintor, enamorado de su arte. Y una doncella alegre y adorable, que se enamora del pintor. La joven “odiaba solamente el Arte, que era su rival”3. Porque se interponía entre ella y su amado. Disgustada, pero “sumisa y obediente”, aceptó ser retratada por su amado. Esta fue el modo que encontró la joven, de compartirse como objeto digno de ser mirado (por su esposo).

Ser objeto de Deseo, le costó a la doncella, pasar días y muchas horas en quietud, silencio y sonriente.

A cada ferviente pincelada, la doncella se opacaba. Pues, el renombrado pintor, se extasiaba por la obra, por su trabajo, pero no de la jovencita: “raramente sacaba sus ojos del lienzo”4. Con celos, la doncella, siente cómo su semblante empieza a hacerse más importante que ella misma. Obsesionado por terminar el retrato, el joven aventura su última pincelada.

Salvajemente alegre por la obra, el pintor, descubre con horror, cómo quitó vida a su doncella y la plasmó en el retrato. La imagen de la doncella se convirtió en la doncella misma. Se ha captado la vida de su doncella. El retrato era tan real que terminó por adquirir índice de realidad. ¡La vida misma!, grita el joven.

El cuerpo, entonces, es articulado finalmente por la imagen del mismo. Articulado hasta su final.

El joven pintor, trasladó la expresión de la apuesta joven, en la imagen. Literalmente transubstanció lo específico de la doncella, su alma, en el retrato. Pero para esto, la jovencita retratada, muere.

 

¿Qué importa el cuento?

El relato bíblico del Génesis, nos cuenta que Dios hizo el mundo con la palabra (¡Hágase la luz!). Esto es así, excepto con el hombre, a quien modula cual escultura de arcilla. Con el hombre sucede algo particular: es hecho a imagen y semejanza.

¿Acaso no se parece esto, a un designio del modo de vida occidental? Acaso esta trama (el cuerpo capturado por la imagen) nos deja la sensación de lo arquetípico: un saber colectivo y popular, una trama que se repite en muchos y variados relatos.

Hay una sabiduría en esto: que el cuerpo es capturado hasta la muerte, por la Imagen. Que la Imagen nos parece venir desde afuera, pero que se mofa de nosotros. Que la Imagen se queda con uno. Que no hay adentro ni afuera pues, la Imagen opera aunque ojos cerrados.

La cirugía estética, los desafíos fitness (el antes y el después), la dieta, la tintura, vestimentas, modos de habla, los filtros, etc. Todo da la sensación tranquilizadora de que la Imagen está afuera, y por eso es visible. Una oda a la imagen, porque lo importante, lo que uno es, lo esencial no se ve. Vive adentro. Toda una idea tranquilizadora.

Y es que la famosa frase, lo esencial es invisible…, convive armoniosamente con el apotegma, ‘como te ven, te tratan’.

Explotación de la imagen: porque, aun siendo visible, lo esencial se encontraría detrás de ella.

Pero detrás de la Imagen, solo hay imaginación.

 

Santiago Riveros Oliva Estudiante avanzado de la Licenciatura en Ciencias Políticas, reside en San Juan.

Universidad Nacional de San Juan (UNSJ), Presidente del Centro de Estudios Políticos Encuentro Latinoamericano (CEPEL).

 

Notas:

1 Poe, E. A., Narraciones Extraordinarias, Editorial Libertador, Buenos Aires, 2011, p. 40.

2 Ibíd., p. 41.

3 Ibíd.

4 Ibíd., p. 42.

 

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