Santiago Riveros Oliva – La Desobediencia. Parte 3: El ‘nosotros político’

¡Salvarnos desde la comunidad!

En la libertad sin horizontes, está el individualismo de mercado. En la política, en cambio, están los otros. Porque la política versa sobre el ´más-de-uno´. Y es que no tiene sentido la existencia de la Política, sino porque existen múltiples otros. Ya sea en su origen, o en su finalidad, la Política siempre nos presenta al ‘otro’ como desafío: aparece la batalla cultural, las técnicas de persuasión, los usos retóricos, los ‘filósofos orgánicos’, el marketing, las estrategias discursivas, las noticias y sus enredos aparentemente ingenuos, la doctrina, la identidad, la teoría política, los mejores candidatos, etc. Todos recursos que nacen de la necesidad de articular a los ‘otros’.

El individualismo de mercado no viene con látigos, viene con adicciones. Se presenta colorido, resplandeciente y seductor. No es un envase cerrado, se presenta abierto a todos y cada uno. Se manifiesta plural, inclusivo, y cotidiano. Es un Amo que juega a ‘dejarnos-ser’: tal vez en esta cualidad se abraza con el librecambismo, que proponía la máxima liberal ‘dejar hacer-dejar pasar’. Esta premisa económica se hizo regla cultural: del librecambio, pasando por la explotación del narcisismo (self), y la perforación de lo ‘sacer’ en las culturas locales. Pero siempre, apuntando a la idea de una libertad creciente e imparable.

El Dios cristiano nos proponía preceptos morales comunitarios –mandamientos. Empero, éste nuevo Amo, inclusive más impersonal que la entidad cristiana, se comporta como un ‘Diábolo’. Es un Diablo porque fragmenta, divide, atomiza. No prohíbe comer del manzano, más bien, solo nos ofrece manzanos que degustar: Lo prohibido es la prohibición. Su inteligencia reside en haber hallado la forma de imperar ‘a todos y cada uno’. Si el síntoma del Dios cristiano era la de un neurótico-obsesivo (su omnipresencia y omnipotencia, sus pretensiones de ordenar el ‘libre albedrío’ a través de ‘mandamientos’, etc.), el rasgo peculiar del ‘Diábolo’ es la psicopatía: nos sabe subjetivamente, conoce nuestra constitución, ha estudiado meticulosamente la materia que nos compone, sabe de gustos, somete sin posibilidad de señalarlo.

Frente al pavoneo real del Mercado, la Política aparece arcaica, tradicional, aburrida, restrictiva y viciada. La infraestimación de la Política tiene un sentido oscuro: la negación de los otros. Porque ejercer política, es estar al encargo de la otredad: el debate, la crítica, la estigmatización, la denuncia, la complicidad, la mala prensa, la detentación del poder, etc. Pero también el reconocimiento, el afecto, la lealtad, la organización, y la solidaridad. Para bien o para nuestro disgusto, siempre están los otros (vociferando).

Que ‘el otro no existe’ es una premisa lacaniana fundamental. Pues, sentenciamos lo siguiente: el Neoliberalismo aprovecha la literalidad de la frase, proclama con solemnidad, ‘¡No hay otro! ¡Depende de ti!’. Porque si ‘no hay otro’, hay autoayuda. Si el ‘otro’ es el ‘otro-que-yo-mismo’, me despreocupo del vínculo. Así modula el neoliberalismo esta premisa psicoanalítica, le da literalidad: ¡El otro no existe! ¡Eres libre! ¡No hay límites! ¡El límite eres tú mismo! Es una malversación de las premisas, una literalidad estafadora.

La Política, en cambio, siempre está haciéndonos sentir la insistente e inevitable presencia del otro. Inclusive la corrupción y la traición, son propiedades del peligro que nos significa ese otro que también posee intenciones. Y es que en Política, fácil es incurrir en la paranoia: la omnipresencia de los infinitos otros, es la esencia de la misma, y para algunos es una realidad insoportable. Pero con el individualismo de mercado, tenemos la posibilidad de alivianar este aplastante fatum, pues no hay mayores compromisos con un ‘otro’ si descubrimos que no existe –más allá de mí.  Habrá que ocuparse de uno-mismo: evitar el conflicto y ser felices. Lo demás son empresas imposibles. ‘Evitar el conflicto’ y ‘ser feliz’, dos mandatos que se saben imposibles al poco tiempo de ver girar la pelota en el campo de lo público.

Es importante advertir que siempre es la Política, y no el Mercado, la que impide gozar. La Política es un límite cargado de otros: su esencia es la restricción, las reglas, interdicciones, el derecho positivo, en suma, un límite primordial en el que se encuentra una sociedad.  Límite es todo lo que nos permite vivir en comunidad: los ciudadanos nos encontramos en los límites, no fuera de ellos. En el Mercado, el otro no existe. Si acaso el ‘otro no existe’, es deber político ‘hacer como si’ existiera. Ese ‘hacer-como-si’ es importante, porque expresa la dimensión simbólica de los sujetos, y es en Política donde está el desafío de lo simbólico: inaugurar la palabra, el debate, el consenso y el desacuerdo. Solo así es posible la comunidad.

Podrá pensarse, con veracidad, que aún en el modelo de mercado más desregulado hay Política. Sí, pero es la Política haciéndose a un lado, humillándose, pidiendo permiso, pasando por muerta, al tiempo que nos propone la morfina como cura de los pesares sociales: es la cura como promesa de una muerte tranquila, en la vida privada.

La armonía y la tranquilidad, rasgos de una supuesta religión oriental, llegan a occidente desnaturalizadas para darle al sujeto, un pasaje inadvertido en la trama social. Ningún libro de autoayuda o premisa tibetana, llega a occidente a alentar al pueblo a que defienda los derechos que le pretenden arrebatar. Dicho de otro modo, advertimos dos fenómenos concomitantes: 1) el socavo de límites que nos eran autóctonos y locales, y 2) el reemplazo por una experiencia ‘zen’ que nos permitiría elevarnos espiritualmente, hasta el inminente apacentamiento en la vida privada.

En última instancia, el Neoliberalismo consiste en arrebatarles la Política a los ciudadanos: devolver el fuego a los dioses del Olimpo, que hoy son los dueños del Mercado financiero internacional.

 ¿Rebelarse o Revelarse?

En base a lo expuesto en los dos escritos que preceden a este, podrá comprenderse la dificultad que yace ejercer la desobediencia como inauguración de un ser-hablante. La desobediencia, si no es ‘política’, es en favor del Mercado. Si no es colectiva, favorece al Diábolo que divide. Si no es católica, es protestante.

La rebeldía, según lo expuesto en estas tres partes, es fácilmente capturada por las re-significaciones que hace la ideología Neoliberal: ha capturado su Significante. La ciudadanía se rebela contra el Estado y la dirigencia política, no contra el Olimpo financiero. La queja ciudadana es una catarsis sin propuestas políticas (como las risas grabadas de las comedias, que determinan la realización de la gracia, al tiempo que se ríen por el espectador)

Una desobediencia bien entendida, implica inaugurarse como sujeto del Lenguaje, sujeto de límites, sujeto de comunidad, sujeto de colectivo. El individuo –en tanto Significante no existe en sí mismo, pero sí en sus efectos. Por tanto, la desobediencia implica saber revelarse desde el límite, ‘aparecer’ comunitariamente. El desafío no es ‘resistirse’, sino ‘revelarse’ (manifestarse fenoménicamente) como organización que piensa ‘lo que es de todos’.

Finalmente, proponemos pensar la siguiente sentencia: la desobediencia es política, lo demás es mera actitud infantil ante la impotencia de saber que debo compartir el mundo con múltiples ‘otros’.

 

Santiago Riveros Oliva estudia Ciencia Política, reside en San Juan, Argentina.

Es estudiante de Ciencia Política de la UNSI y preside el Centro de Estudios Políticos Encuentro Latinoamericano (CEPEL) de reciente creación.

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