Santiago Riveros Oliva – La Desobediencia (ParteII)

Elige quien sabe desobedecer

No hay posibilidades de que una silla desobedezca al carpintero que la construye. Aún si se quebrara en su uso, la silla en modo alguno está diciéndole ‘no’ a su creador. Su inutilidad no es otra cosa que el error del carpintero. Su desuso es compulsivo, de tal modo que si el carpintero –siguiendo los mismos cálculos– vuelve a construirla, ésta volverá a romperse. No hay desobediencia, hay error estructural. No hay rebelión, hay inutilidad ¿Pero qué queremos ejemplificar? Expliquemos…

Reivindicando el ejemplo anterior, vamos a sentenciar lo siguiente: se puede habitar el engaño de que pretendiendo desobedecer, sólo se incurra en el error estructural que el Amo ha puesto en nosotros. Pero ¿qué es el Amo? Hablamos de él en sentido amplio, puede ser una vivencia particular, una idea recurrente, un miedo, un familiar, un estereotipo, etc. En suma, Amo es todo aquello que comanda nuestra conducta: murmulla cada gusto y decisión.

En otras palabras, pretendiendo alcanzar la desobediencia, corremos el riesgo de obedecer el error del Amo. Y lo que anhelaba ser un acto de desobediencia, terminó siendo una rebeldía compulsiva. Esto es posible si el Sujeto deviene en ´silla´, porque donde no hay consciencia de sí, hay objeto animado por su Amo (la ‘manipulación’ es siempre con los objetos. Cuando nos referimos a las personas, hablamos de ‘imperio’).

Reformulemos: Se puede desobedecer en favor de uno, o en favor del amo. En el primer caso, hay una reivindicación de la singularidad del sujeto. ‘Elijo’ dónde sujetarme. Hay una expresión de ‘libertad’: Ser libre no es negar la estructura, sino saber dónde sujetarse en ella. En el segundo caso, busco la libertad en forma desorientada, y rompo cadenas compulsivamente –y sin sentido–. Porque se hace difícil detectar cuáles son las limitaciones perjudiciales, y cuáles son las aprovechables. Cuando las coordenadas no son claras, la vela del barco siempre es empujada por el viento del Amo, y sin embargo, hasta la ventisca hegemónica puede ser aprovechada en favor nuestro (porque, de hecho, no todas las hegemonías son iguales).

 

¡Desobedecé! Ponete limitaciones.

En un contexto donde libertad es igual a gozar, saber limitarse es un acto de desobediencia en favor de uno. El Amo, domina ahí donde nos sentimos más libres (en el consumo, por ejemplo) y cualquier limitación es rápidamente interpretada como ‘censura’ o ‘represión’ –y siempre es posible que lo sean– de manera que, sin importar el contenido óntico de la interdicción, ésta es siempre concebida como indeseada y evitable.

Es cierto, la rebelión ha tenido un papel crucial en el empuje de la historia, en su progreso y en la invención. Pero no es cualquier rebeldía de la que se está hablando, es una de tipo ´inteligente´: como los perros entrenados para desobedecer a sus dueños (ciegos), si estos van a incurrir en su propio perjuicio.

No es tarea fácil, la coyuntura se ha vuelto demasiado engañosa, demasiado revolucionaria (porque cambia permanente, para asegurar lo mismo) y escurridiza. El sujeto debería intentar tener más o menos clara las coordenadas de su Deseo, si no quiere verse arrastrado a ser encerrado en su libertad. Ponerse límites se ha vuelto una tarea incierta: Para algunos, el mundo se está desbordando porque se han erosionado valores indispensables para la vida comunitaria. Pero inmediatamente alegan la ‘mano dura’ como solución a la época. Para otros, la libertad debe ser un proceso siempre creciente y cualquier límite es concebido como retrógrado, moralista, conservador y autoritario. Los discursos que circulan en el espacio público, no parecen aceptar matices.

Saber dónde ubicar el límite, esa es la dificultosa tarea. Depende de cada sujeto en particular. Reafirmamos la singularidad, pero no hay salida si no consideramos la posibilidad de un ‘nosotros político’: La política es la única que puede rescatarnos de la libertad sin horizonte.

¡No hay recetas! y de hecho, quien escribe, considera prejuiciosamente que sus interlocutores no pretenden encontrarlas en este escrito. Quien escribe, no subestima a los posibles lectores.  Quien escribe, lo hace también, para ayudarse a sí mismo. Porque no se trata de ‘pensar’ sino desde la coyuntura (y no a pesar de ella) y porque no se trata de ser ‘profeta’ o ‘demagogo’, sino de escribir para ayudarnos.

Y sin embargo, debemos seguir reflexionando, juntos…

 

Santiago Riveros Oliva es estudiante es Ciencias Políticas, reside en San Juan.

¡HAZ CLICK Y COMPARTE!