Santiago Riveros Oliva – “La desobediencia” (Parte I)

Las palabras son cruciales, no tanto por su Significado (nomenclatura que se aprende para desechar en una instancia de examen) sino por sus Significantes (representaciones mentales que comandan al Sujeto a actuar en determinada dirección). Si estamos de acuerdo con esta premisa propedéutica, podemos coincidir en que, lo que importan las palabras no son apriori conceptuales o cierto innatismo destinado a signar una sola cosa. Lo cierto es que las palabras no importan, hasta que viene el tacto humano y las hace jugar en una estructura compleja de signos – hasta entonces inerte.

 

Preguntas

Toda desobediencia tiene algo de obediencia –desde la que debe nacer– por el simple hecho de que toda reacción tiene sentido si es la contrapropuesta a una acción previa. Puede pensarse que lo anterior es una obviedad y que como tal, es innecesario de decir. Obviedad es todo aquello que al ser dicho, no deja más sensación que la reiteración innecesaria de lo que es evidente. Pero pensemos ¿Qué de la Obediencia debe requerir la Desobediencia, para ser tal? y en todo caso, ¿puede existir una Desobediencia sin sentido, es decir, una desobediencia a ninguna orden, voluntad o autoridad?

Una etimología posible de la palabra Obedecer es la que nos provee el latín Oboedientia, que significa cualidad del que escucha y cumple un mandato. Si la raíz etimológica es confiable, podemos empezar a extraer algo de esos pozos de agua que son las palabras, al decir de Heidegger. El primer acercamiento al sentido del verbo obedecer, es el de escuchar. Nuevamente parece que nos inmiscuimos en la obviedad, pero no es así: aunque imaginemos una situación hipotética e irrelevante, en la que alguien escucha una orden que luego cumple (‘Termina tu tarea’, ‘Saluda a los invitados’, ‘Baja la velocidad’, etc.) cabe preguntarnos acerca de quién es el que escucha y a quién escucha. La pregunta por el Quién, es la pregunta por la Voluntad -del Poder.

Las preguntas anteriores se inscriben en una desconfianza (o sospecha) acerca de la pretendida racionalidad humana, sinónimo también de Salud Mental, y que tanto se enarbola como bandera –al menos desde la Modernidad a esta parte. Preguntamos pues, porque sospechamos que lo humano sea de una integridad coherente (que sabe lo que quiere) y porque consideramos cierta complejidad en su existencia caída. De manera que coincidimos con la entidad que Heidegger le asigna al verso de Hordelin, quien expresa que “Un signo somos, indescifrado” en su borrador para un himno, llamado Mnemosyne.

 

Aremos: movamos la tierra, que por firme es infértil

Para Obedecer, debo escuchar. Pero escuchar es un oficio que se aprende. Solo se escucha cuando se interpreta qué se quiere decir y quién es el que habla –desde dónde. Del mismo modo, a leer se aprende y esto implica interpretar. Porque un procesador computarizado no lee, sino que solo decodifica. Para leer, así como escuchar, se requiere de ese ‘algo más’ que es la interpretación. Decimos interpretación, a la actividad de hacer consciente lo que decodificamos como mensaje.  Pero ser conscientes no es cosa fácil, y ni siquiera es un arte que se aprenda de una vez y para siempre. Es condición sine qua non de lo humano, el ser inconsciente. Nadie es siempre consciente, pero puede serlo coyunturalmente y con esfuerzo, aunque  nunca, y ni siquiera circunstancialmente, podrá serlo en forma absoluta. Porque, retomando la cita de Hordelin, el que habla es el Signo, a través del indescifrado (el sujeto) a otro Signo (indescifrado). En términos de Lacan, un significante es lo que representa a un sujeto para otro significante: “¿Es necesario recordar que no hay sujeto más que por un significante y para otro significante?”1. Quien habla es el Significante, a través del Sujeto. Quien escucha es el Significante, a través del Sujeto. Y el Significante está inconsciente. Hay problemas.

Con el embrollo anterior y un poco de solidaridad a salir del sentido común, podemos entender por qué no se le concede tanta obviedad  al hecho de escuchar para obedecer, y al hecho de que la desobediencia –para tener sentido– debe estar implicada en la obediencia, en tanto que comparten el acto de escuchar como condición. Siendo escuchar una tarea difícil, así también lo es la desobediencia –tema que nos convoca.

 

¿Por qué desobedezco sólo cuando escucho?

Ahora mismo vamos a contradecirnos: la obediencia no requiere de escuchar ¿Acaso estamos dudando de la etimología anteriormente señalada? Sí, porque la etimología está utilizando el verbo ‘escuchar’ tal y como suele presentarlo el sentido común, y que por eso suena a obviedad. Pero con lo dicho anteriormente, deducimos que no se trata del mismo sentido al cual nos referimos. Habiendo reconsiderado el acto de escuchar, no tenemos otra opción que deducir que un Sujeto solo obedece cuando no escucha. No escuchar es equivalente a no saber quién habla. El Subjectum obedece solo cuando no sabe quién manda. Tal vez ayude a aclarar el uso de la frase popular, uno nunca sabe para quién trabaja. Inmediatamente se aclara el hecho de que el Amo, para ser tal, debe ser desconocido, innombrable e incorpóreo.  Pero vale una aclaración a este respecto: no se está aludiendo al poder político en particular. Estamos obligados a hacer esta advertencia, porque no comulgamos con las notas negativas que desde ciertos paradigmas –lecturas tardías de Foucault, por ejemplo– se le asignan al Poder, y que proyectan una realidad negativa alrededor del mismo. Al contrario, estamos en posición de amar el Poder. Interpretamos que solo la Política puede salvarnos de los modelos ideológicos que propone el mercado, y que producen –en el sentido más literal de la palabra– un individuo encerrado en la libertad. Por ello, en este escrito, nos referimos al Amo.   

El Amo, para encontrar obediencia en sus dominados, no debe en la medida de lo posible ser señalado. Para nuestro caso, escuchar es señalar: señalar es nombrar: nombrar es ‘hacer aparecer’ o llamarlo a asistir al presente. Si un signo somos, nuestra esencia consiste, precisamente, en señalar. Nos estamos alejando del sentido común.

Empero seamos revolucionarios, volvamos atrás para seguir adelante: Solo obedece quien no escucha, y solo desobedece quien sabe escuchar –y cumple el mandato. Porque la desobediencia no es ajena al cumplimiento del mandato, y esto es importante decirlo, pues es este punto el que nuda la obediencia con su contrario, la desobediencia.

Cuando se obedece se ignora la voluntad de poder, en cambio desobedecer siempre implica mirar atrás del péndulo. Quien obedece, no cumple el mandato de quien manda, sino que el sujeto –ahora hipnótico– parafrasea el movimiento que lo mece. Por el contrario, un sujeto desobediente, acata (o no) al Sujeto del Discurso: porque lo ha escuchado, es decir, ha quitado el velo de sus intereses.

Pero ‘desobedecer’ es una palabra, y como tal, puede ser resignificada por el Amo. Y esto es posible gracias a que las mismas no tienen un significado predestinado, como se dijo en la primera parte de este escrito. Lo importante es el Significante, que por su constitución, es determinante para entender la conducta del Sujeto. Política es, también, una lucha por la conquista de los Significantes, es decir, por darle sentido a las palabras. Quien conquista las palabras, puede modular a los obedientes. Y Dios otorgó ese privilegio a lo humano, cuando dijo a Adán que pusiera el nombre a los animales: Adán obedeció, y Eva pudo desobedecer –porque supo escuchar: Adán no sabía lo que quería (Su Deseo era el de Dios) y esto se verifica en el hecho de que no fue su iniciativa comer el fruto prohibido. Eva, en cambio, pudo oír que detrás de la eternidad paradisiaca se escondía el sinsabor de la condena de los dioses, y saboreó para saber –sabor y saber comparten una misma raíz etimológica: sapere– morir, y ahí comienza la vida.

Por el momento, nos contentamos con intentar plantear el enigma de la desobediencia, soplar y sacar el polvo que la cubre, pues sospechamos que en tiempos de posmodernidad y neoliberalismo, saber desobedecer es especialmente problemático y fundamental.

Será menester continuar.

 

Santiago Riveros Oliva, estudia Ciencia Política, reside en la provincia de San Juan, Argentina.

Es estudiante de Ciencia Política en la UNSJ, y preside el Centro de Estudios Políticos Encuentro Latinoamericano (CEPEL) de reciente creación.

 

Notas bibliográficas:

1 Lacan, J., Seminario 14, “La lógica del fantasma”, clase del 16/11/1966, inédito.

 

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