Cuando Kojève1 lee el libro de Françoise Sagan, Bonjour tristesse, afirma que en las playas de la Costa Azul descriptas por la joven escritora, se pasean los varones del nuevo mundo, el de la posguerra. Hombres que tienen la molesta tendencia de ofrecerse a la mirada, desnudos, pero obligatoriamente musculosos. Las referencias al “mundo nuevo” con el tropel vanguardista de este perfil de “machos”, no dejan de tener resonancias hegelianas, incluso el título del artículo se llama: “Sagan: el último mundo nuevo”. Parece pues aludir al mundo que nace en los albores del fin de la historia preconizada por Hegel, por Kojève como su discípulo y más recientemente por Fukuyama. Este autor japonés ha sido muy controvertido, a veces se lo critica por desconocerlo, suponiendo que había creído en una culminación apocalíptica del devenir. Otras, se lo acusa de conservador por vaticinar el fin de las ideologías, es decir la universalización de la democracia liberal como forma final de gobierno humano2.
Retrotrayéndonos a Hegel, para él, las postrimerías de la historia equivalen a la relativización de todas las diferencias, al advenimiento de un tiempo signado por la coexistencia de todas las configuraciones, reemplazo de lo que antes era sucesión de particularidades excluyentes por contemporaneidad de opuestos, y ya nunca oposición. Hegel no pensaba a modo simplista que en su época y con su filosofía, terminaba la historia, pero sí captó que la lógica que había presidido el desarrollo de los acontecimientos perdía su vigencia3. Entonces, la aparición de este nuevo estilo de hombres debe situarse en el horizonte de la evaporización de las antítesis, del desfallecimiento de los contrarios, de la disolución de los opuestos.
En su lectura del caso Juanito, Lacan4 se apoya en el texto de Kojève para referirse a la futura virilidad de ese niño, augurándole un lugar pasivo en sus lazos heterosexuales. Pero más allá del caso en cuestión, Lacan, en correspondencia con el filósofo, acentúa el tema de la desvirilización epocal. Miller5 afirma que la idea del declive viril, incluso su desaparición del mundo contemporáneo no es pensable sin el declive del padre. ¿Van entonces al unísono padre y virilidad, al punto donde la caída de uno se identifique con la caída del otro?
Freud6 considera que el niño deja el complejo de Edipo a partir de la amenaza de castración proveniente del padre, o de un sustituto capaz de portar esa autoridad para la madre. El infante es presa de una elección forzada: debe elegir entre el enlace libidinal con la madre y el interés narcisista por conservar su pene, por la amenaza de castración vence este último poder. En una suerte de disyunción entre la bolsa y la vida, el pequeño aprende que optar por la bolsa que representa el incesto, implica perder la vida, cabe recordar que Lacan habla del falo real en términos de turgencia vital.
El pene entonces está excluido en el circuito sexual edípico, elegir a la madre es elegir esa omisión, la fantasía de coito en el impotente señalada por Ferenczi y tomada por Freud6 es la fantasía del regreso al útero materno, donde el miembro viril entra en equivalencia con el cuerpo entero y ella nos enseña que en el Edipo se trata de la totalidad del cuerpo identificado al falo, y que la prevalencia del pene implica mantener esa parte renunciando al todo. La masculinidad está pues necesariamente marcada por el padre, bajo la forma de esa amenaza que no es otra que la de la instauración de la disyunción lógica, en la que algo se perderá inevitablemente. Claro que esta lógica supone términos diferenciados, conjuntos delimitados, contrarios en juego. Cabe la pregunta acerca de cómo ella operaría en un mundo donde desaparecen las fronteras…
Freud y Schopenhauer
Dijimos que la virilidad se afirma como consecuencia de una delimitación operada por el padre, pero también debemos agregar que el triunfo del pene sobre el incesto lleva también el sesgo de algo que trasciende al pene mismo, en el que se prefigura la paternidad futura del ahora niño. Es que el pene, para Freud, debe su investidura narcisista extraordinariamente alta a su significación orgánica para la supervivencia de la especie, entonces: “se puede concebir la catástrofe del complejo de Edipo —el extrañamiento del incesto, la institución de la conciencia moral y de la moral misma—como un triunfo de la generación sobre el individuo”6. Imposible no retrotraernos a la influencia de Schopenhauer en Freud, este filósofo extremo de tal manera el valor del genio de la especie sobre el individuo, que considera que el amor mismo es una argucia de la que ese espíritu se vale para encaminarlo a sus fines reproductivos7.
Y si nos remitimos al creador del psicoanálisis, notaremos que el énfasis puesto en la procreación indica la acentuación de un interés narcisista que paradójicamente excede al yo mismo, al servicio, entonces, de un orden que lo traspasa. Se trata aquí de una virilidad que lleva la impronta de lo que la rebasa, y que en una suerte de trascendencia inmanente conjuga dos polos en general inconciliables: el individuo y la especie.
“El individuo lleva realmente una existencia doble, en cuanto fin para sí mismo y eslabón dentro de una cadena de la cual es tributario contra su voluntad o, al menos, sin que medie esta. El tiene a la sexualidad por uno de sus propósitos, mientras que otra consideración lo muestra como mero apéndice de su plasma germinal, a cuya disposición pone sus fuerzas a cambio de un premio de placer; es el portador mortal de una sustancia quizás inmortal, como un mayorazgo no es sino el derecho habiente temporario de una institución que lo sobrevive. La separación de las pulsiones sexuales respecto de las yoicas no haría sino reflejar esta doble función del individuo”8.
Lo masculino aúna esa dualidad, portando la semilla de “una institución que lo sobrevive”. ¿Más allá de la fecundación de un hijo, no se llama acaso “gran hombre” al que ha sido padre? Padre de la patria, padre de una doctrina, padre de un movimiento, padre de una fórmula, padre, en fin, de una idea.
Lacan considera a la castración como un hecho de estructura que depende de la incidencia del significante en el viviente, el padre es su agente, no su autor, empero ello no desmerece su lugar en la operación. Las enunciaciones del Seminario 17 así lo indican: “La castración es la operación real introducida por la incidencia del significante, sea el que sea, en la relación del sexo”9… “El padre, el padre real, no es otra cosa que el agente de la castración “10.
Se infiere, entonces, que es el discurso amo el que determina la castración, el padre es agente de ese discurso, como portavoz del S1 en su calidad de significante rector. Los significantes no tienen el mismo valor, ya en los comienzos de su enseñanza Lacan delimitó la importancia del decir fundante y luego en “Subversión del sujeto” expresó a manera de adagio:
“Lo dicho primero decreta, legisla, aforiza, es oráculo, confiere al otro real su oscura autoridad”11.
Ese dicho se recorta de los otros, tomando necesaria relevancia, separándose así del conjunto, trazando lo real del padre en el sitial donde se yergue lo enigmático de su poder. Si esa autoridad conferida tiene algo de oscuro es porque nunca podrá ser asimilada al registro transitivo de lo fraterno, si luego del asesinato y el acto canibalístico el padre sigue existiendo en la figura del tótem, es porque de él queda un resto imposible de incorporar por la fratria. Si en las fórmulas de la sexuación Lacan consideró al mito de “Tótem y tabú” y no tanto al mito edípico, es porque se trata de un mito que al mostrar el fracaso del crimen perfecto, ilustra en esa falla la real extimidad del padre. En el Seminario 2012 con las fórmulas de la sexuación, el padre real halla su localización específica a nivel de la excepción que posibilita la constitución del todo.
El padre, negador de la esencia fálica
El hombre en tanto todo se inscribe mediante la función fálica gracias a un límite en la existencia de una x que niega la función, y ello no es otra cosa que la función paterna. La castración, como operación real, se ubica en torno a ese “algo que dice no a la función fálica” comportando para el hombre la “posibilidad de que goce del cuerpo de la mujer, en otras palabras, de que haga el amor”13.
El padre, entonces, instaura un universo masculino que no se cierra en sí mismo, ya que la existencia de la excepción, que niega la esencia fálica, abre en ese universo la apertura hacia una mujer. Tanto Freud como Lacan pensaron la posición masculina en términos de una cesión, por ello en el saber popular “caballero” es quien cede un lugar a una mujer. Si nos remitimos al texto “Introducción del narcisismo”, comprenderemos que Lacan formalizó aquello que Freud afirma cuando sitúa que el pleno amor de objeto según el tipo de apuntalamiento es característico del hombre: “Exhibe esa llamativa sobrestimación sexual que sin duda proviene del narcisismo originario del niño y, así, corresponde a la transferencia de ese narcisismo sobre el objeto sexual”14.
El “empobrecimiento libidinal del yo en beneficio del objeto” supone en Freud la operación paterna que, al conmover el narcisismo originario, da lugar a que el mismo se desplace al objeto. Nótese la correspondencia: lo que en Freud es pérdida del narcisismo, en Lacan es negación de la esencia fálica. En afinidad con lo anterior, cabe recordar la manera en la que se describe en el Seminario La Angustia, la particularidad del deseo macho: “El primer nudo del deseo macho con la castración sólo puede producirse a partir del narcisismo secundario, o sea, en el momento en que a se separa, cae de i(a), la imagen narcisista”15.
La declinación paterna puede entonces pensarse como desaparición de la excepción, en un mundo en el que se suprimen las diferencias y se borran las singularidades. ¿Cuál es su consecuencia a nivel de la masculinidad? Si no hay universo masculino sin un padre que, al constituirse como excepción, lo afirme al negarlo como conjunto cerrado, podemos pensar una virilidad sin padre? Ella adoptaría distintas formas en las que leeríamos las consecuencias de la ausencia del “al menos uno que dice que no”. Podríamos localizar sus efectos en esa” virilidad” de la que habla Kojève, la del cuerpo que se muestra cual oropel en el exhibicionismo “macho”, el hombre que no porta emblemas de un ideal que lo trasciende, sino que gusta ofrecerse como objeto en la pasarela de las vanidades musculosas, o que quiere mostrar su poder en el ejercicio de la violencia. Notamos aquí la ineficacia de un padre para negar la esencia fálica, así la ostentación de dicha esencia termina siendo —como lo afirma Lacan— femenina16. Hay machismo cuando no hay padre.
Silvia Ons es psicoanalista, Miembro de la EOL y la AMP y ensayista. Reside en Buenos Aires. Autora de Amor, locura y violencia en el siglo XXI, Comunismo sexual, El cuerpo pornográfico, El sexo del síntoma y El movimiento trans entre el feminismo y el machismo.
Notas:
1 Kojève, A. F., “Sagan: El último mundo nuevo”, Revista Descartes, N°.14, 1996.
2 Este planteo no se aleja del de Lacan cuando propuso: “Nuestro porvenir de mercados comunes será balanceado por la extensión cada vez más dura de los procesos de segregación”, en su “Proposición del 9 de octubre sobre el analista de la Escuela”, publicada en Momentos cruciales de la experiencia analítica, Buenos Aires, Manantial, 1987, p. 22. Lacan sigue a Kojève, como también lo hace el propio Fukuyama, ya que en ambos en su lectura de Hegel, proviene de esta influencia.
3 Maresca, S., “El fin de la historia”, Ética y poder en el fin de la historia, Catálogos, Buenos Aires, 1992, pp. 141-169.
4 Lacan, J., El Seminario, Libro 4, La relación de objeto, Buenos Aires, Paidós, 1988, pp. 418-420.
5 Miller, J.-A., “Buenos días sabiduría”, Referencias, Colofón N° 14.
6 Freud, S, “Algunas consecuencias psíquicas de la diferencia sexual anatómica”, Op. Cit., t. XIX, Buenos Aires, 1976, p. 275.
7 Schopenhauer, A., El amor, las mujeres y la muerte, trad. Miguel Urquiola, Biblioteca Edaf, Buenos Aires, 2003, p. 81.
8 Freud, S., “Introducción al narcisismo”, op. cit., T XIV, p. 76.
9 Lacan, J., El Seminario, Libro 17, El reverso del psicoanálisis, trad. Enric Berenger y Miquel Bassols, El Seminario, Ed. Paidós, Buenos Aires, 1992, p.136.
10 ibid., p. 136.
11 Lacan, J., “Subversión del sujeto y dialéctica del deseo”, Escritos 2, trad. Tomás Segovia, Siglo veintiuno editores, Buenos Aires, 1985, p. 787.
12 Lacan. J., El Seminario, Libro 20, Aún, trad. Diana Rabinovich, Demont-Mauri y Julieta Sucre, Ed. Paidós, Buenos Aires,1981, p 95-98.
13 ibid., p. 88.
14 Freud, S., op. cit., pp. 85-86
15 Lacan, J.; El Seminario, Libro 10, La angustia, trad. Enric Berenguer, Paidós, Buenos Aires, 2006, p. 222.
16 Ello no equivale-como lo desarrollaré en “Nuevos crímenes por Internet”- a una feminización del mundo- sino a una, si cabe la palabra “falicización” que si toca en todo caso a lo femenino es en tanto ellas son expertas en su mascarada pero la esencia no deja de ser fálica. Esta precisión se aclara teniendo en cuenta la siguiente afirmación de Lacan:” El hecho de que la femineidad encuentre su refugio en esa máscara por el hecho de la Verdrängung inherente a la marca fálica del deseo, acarrea la curiosa consecuencia de hacer que en el ser humano la ostentación viril misma parezca femenina “. “La significación del falo”, en Escritos 2, Buenos Aires, Siglo veintiuno editores, trad. Tomás Segovia, 1987, p. 675.