Verónica Carbone – El uso del abuso y el estado de sospecha

I. La catacresis que se adosa a la estructura estatal

Podría pensarse a “los conceptos” como un entramado de ideas, en el que se van anclando las historias; o los hechos –al pasar– en una o más palabras testigos que funcionan como vértices o boyas de la navegación humana a través de tiempos y lugares.

“No hay lenguaje más que metafórico”1 dijo Lacan en el Seminario 18, y en nuestra práctica psicoanalítica la finalidad es “extraer lo real a partir de lo simbólico”2.

Así, el diccionario etimológico toma a “Catacresis” como sinónimo de “abuso” y la define como una “palabra griega que vale literalmente Abuso: es el uso de un vocablo en sentido figurado, como en la metáfora una hoja de papel, expresión realmente abusiva, puesto que no hay más hojas que la de los árboles.//Música. Disonancia dura e inusitada”; y en la etimología, aclara que implica: “usar un nombre contra su significación propia”.

Se podría pensar, entonces, que abuso es una de las palabras sensibles del decir humano que porta en sí, su contradicción  y conlleva también una especie de termostato o  alarma que salta o avisa, cuando ocurre su transgresión o uso abusivo.

Dado que vale no sólo por lo que dice sino por lo que compromete.

Implica ante todo la organización social. Así, cuando el código napoleónico de 1804, estableció que la libertad de uno termina donde comienza la del otro. El nombre de la violación a dicho principio era el abuso. El abuso utilizado por el poder tiende a naturalizar la opresión y la discriminación contra la población civil.

Por ejemplo: la palabra “aun” en castellano refiere, según el acento ortográfico, a lo que está incluido y a lo que todavía perdura o no ha llegado. La palabra “restos”, casi mágica, es la única que enuncia de por sí, la ambigua materialidad del tiempo: nombra lo que queda y lo que no hay.

Como una palabra que contrasta con aun, o en caso con resto, que marca a la vez falta y el presupuesto de lo que salva, “abuso” marca la frontera de la fraternidad, lo que se puede y hasta donde.

Funciona también como defensa contra la discriminación y el exceso de la interpretación.

El abuso costó a la humanidad millones de víctimas y podemos plantear su articulación con el psicoanálisis en un escrito de S. Freud casi olvidado de 1930: La peritación forense  en el proceso Halsmann. Allí dice el padre del psicoanálisis lo siguiente: “Si se hubiese demostrado objetivamente que Philipp Halsmann mató a su padre, se tendría,  en efecto, el derecho de invocar el complejo de Edipo para motivar una acción que sería incomprensible de otro modo. Dado que tal prueba, empero, no ha sido producida, la mención del complejo de Edipo sólo puede inducir a confusión, y en el mejor de los casos es ociosa. (…) Precisamente por su existencia universal, el complejo de Edipo, no se presta para derivar conclusiones sobre la culpabilidad. (…)”3.

Viendo el escrito de Freud, desacostumbradamente polémico, no se puede dejar de pensar que estaba, por elevación poniendo en claro que el tribunal -presionado por el antisemitismo pro nazi reinante-, condenaba arbitrariamente a un joven judío por el asesinato de su padre.

El abuso aquí surgía desde que el Tribunal -cumpliendo con todas las formalidades externas- cometía, sin embargo, el delito de falsedad ideológica. En cuanto el acto jurisdiccional se dictaba sobre la base de la falsificación de su contenido.

Allí de algún modo Freud nos señala que abusos hay de muchos órdenes.

 

II. El abuso y la organización social

El abuso se ubica en la extralimitación de algo o alguien que tiene autoridad ante otro. Exageración de las facultades concedidas, con varios alcances. Uno es un perjuicio/ prejuicio, sobre el uso de poder, la libertad sexual, el apelar como en el caso antes citado, al uso de significantes propios de una práctica para interpretar un hecho salvajemente; haciendo de ello sintagmas vaciados de contenidos y a su vez banalizándolos.

Hoy día la clínica se ve atravesada por las llamadas “comunidades de goce”, tan comunidades que los medios de comunicación interpelan al psicoanálisis para que diga algo. También esparciendo “testimonios” de abusos que pasan a lo público, dando a ver un goce privado por un minuto de fama.

Si hay comunidades de goce no podemos dejar de relacionarlo con la identificación. Coincidimos con Lacan que la entrada en el lenguaje no es de una vez sino que esa relación el sujeto la va construyendo a partir del troumattisme de lalangue que implica el choque con el lenguaje. Hay quienes lo rechazan, otros no, cada sujeto inventa un modo de arreglárselas poniendo en juego identificaciones imaginarias y simbólicas, que son aquellas que tratan la falta de identidad del sujeto, vacío por estructura. Y esas identificaciones son inevitables e irreductibles.

No podemos dejar de evocar Psicología de las masas y análisis del yo, los tres tipos freudianos de aquella.

III. El abuso y el discurso del amo

La política, discurso amo por excelencia, titiritea de algún modo los significantes, intentando capturar al sujeto en un discurso homogéneo. Sin análisis propio, se impone al modo del encierro de los jueguitos tecnos. Algo en el instrumento tecnológico apasiona, y se le llama automatización. Es que ésta reduce la carga, el tiempo, produce confort, pero también llega a disminuir las responsabilidades. Así, llama a la comodidad pasiva de la aparente facilitación.

Se constituyó como antecedente el saber televisivo: lo que no está en la televisión no existe. Luego, el concepto se fue tiñendo de rentabilidad, asociado a lo que sería la puesta en valor de la verdad con el índice de éxito o medición de audiencia, llamado raiting.

Wikipedia es empeñosa y llama a los lectores a colaborar con una especie de departamento llamado “desambiguación”, que es la confesión tácita de un requisito imposible para un sistema excluyentemente cuantitativo, eliminando a la singularidad, la desambiguación es imposible. Lo que aquí interesa, es que se trataría de la implantación en el mundo de una circunstancia opuesta y contradictoria con la existencia del psicoanálisis. Éste en esencia trabaja en la consideración de las vidas, dentro de una praxis teórica, que incluye cada singularidad. Que no se trata como bien señala Gustavo Dessal, un “sé tú mismo” disolviendo así los bordes éticos que empujan al retorno de un totalitarismo4.

Tenemos que tener claro que el sistema incluye como estructura la ambigüedad. Como si algún día se pudiera descomponer y reducir a la más mínima expresión los síntomas de cada alteración psíquica y recetarle una determinada pastilla. Enseguida, podríamos imaginar lo mismo para las vivencias, alegres, placenteras o tristes y desgraciadas. ¡Lo máximo sería un botón cuya pulsión –a tiempo– evitara la desgracia!

 

IV. El abuso y el estado de sospecha

Se abren nuevos caminos en el mundo, alterándose profundamente los lazos con el mismo. El valor de una herramienta depende de la destreza y responsabilidad del que la maneja, así ocurre con sus usos. Pero cuanto más automatizado esté el artefacto, se volverá más extraño e implacable, fuera de nuestro control e influencia y quedaremos en las redes… enredados. Hay una fe nueva puesta en la tecnología. Para el psicoanálisis no es inocuo plantear esta problemática. Objetos que pasan a cumplir una función en el campo pulsional, con diferente temporalidad.

Esa es una paradoja, la inoculación de otro lenguaje que cambia el mundo. El panóptico ya no es arquitectónico sino red, entonces como dice JAM en “La máquina panóptica de Bentham”: “Es la máquina óptica universal de las concentraciones humanas” extendida en red. Lógica de poder que tiene una íntima relación con la biopolítica, puesta en juego del cuerpo.

 Ubico estas cuestiones a modo de digresión para señalar el cambio en el discurso entre el año 1930, el abuso señalado por Freud, y el actual con estas comunidades de goce entre la que se encuentra la de los “abusados”.

Abusados política, climática, psicológica, violenta, sexualmente, etc. Disueltos los “marcos narrativos ideológicos, morales, religiosos, políticos, para crear una etapa “indecidible” en la que todo es válido y discursivamente asimilable (…)”5. En Chile, verbigracia, el régimen ha incorporado la pública violación de jóvenes detenidos en las manifestaciones. A quienes los carabineros, previamente hacen desnudar; tendiéndolos boca abajo, amontonados en los pisos de las comisarías, y les introducen entre gritos los caños de sus rifles en los huecos corporales. Etimológicamente, la palabra abuso describía al ser tendido en el piso a merced de un dominador.

Entonces vayamos a los abusos que siempre son considerados violentos, y sobre esto retomo a Ferrater Mora quien dice que en esas movidas no hay un movimiento natural pero, por eso, no pueden seguir así indefinidamente. Lacan nos señaló que la naturaleza no existe sin que el lenguaje y el hombre intervengan sobre la llamada naturaleza.

Lo social busca una utilidad directa, y conlleva una interpretación dando lugar a esa identificación que arma, vía redes, las comunidades de goce que se fijan “a creencias, valores, y narrativas polivalentes, (…) amparadas en la neblina moral (…)”6. Es que lo social es una cuestión de fe que funciona sin saber muy bien cómo se sostiene haciendo de ese concepto algo dudoso. JAM dice que en el psicoanálisis se trata de confiar pues la utilidad es indirecta, misteriosa, hay diferentes corrientes con diferentes consecuencias.

Como escribe Zaffaroni el uso del abuso tiende a emanciparse o cuasi privatizarse en distintas manos, ante la fragmentación del ejercicio del poder punitivo, que acaece en un Estado deteriorado.

Hay un estado de sospecha, que navega ambivalente, en reemplazo de la confianza en la justicia, es un “por algo será” que a los argentinos nos retrotrae a épocas siniestras. Asimismo, en la actualidad se comunica sobre varios linchamientos callejeros, abusos ante el encuentro in fraganti en un intento de robo, por ejemplo. El testigo como otros se van turnando en golpearlo hasta que muere convirtiendo al culpable en víctima, La participación colectiva es presupuesto de un “pacto de silencio”. Naturalizándose así la violencia a través de las pantallas.

El siglo XXI nos encuentra con la evaluación de lo social, sin saber, paradójicamente, cuáles son los parámetros estadísticos que se utilizan. El amo es un discurso, hoy día es el capitalista financiero, difundido a partir de la ciencia comunicativa: voraz y sutil es su dominio. Mientras el psicoanálisis no clasifica, no evalúa sino que es instrumento para cada quien.

 

V. Género-Abuso

El género se daba por un conjunto de seres con uno o varios caracteres comunes, eran dos pero hoy sabemos que se multiplicaron exageradamente pudiendo ser un neologismo para cada sujeto. Con Lacan nos orientamos por la posición subjetiva no por el género.

Antes se hablaba de “violencia de género” hoy de abusos. Estos señalan la densidad de actos que emergen de lo privado a la circulación común. ¿Pasa a ser esto un problema social?

La ONU ha definido la violencia de género como la que tiene exclusivamente, un hombre sobre una mujer, caracterizada por ejercer la fuerza física partir de un marco simbólico.

La agresividad es constitutiva del conocimiento, pero hay una diferencia con la social o la que se convierte en tal a partir de las identificaciones, por estar impregnados del discurso imperante. Pero decir que la violencia es constitutiva no es suficiente. Lacan nos transmite que el sujeto es un vacío, y el parlêtre toma su lugar poniendo en juego el goce y su casita, el cuerpo.

Hoy las comunidades de goce se integran por mujeres y hombres hablando anatómicamente. Esto está ilustrada en un corto, llamado “Cambio de roles”, en el que el abuso es ejecutado por mujeres. Se ve también allí como surge el prejuicio de la responsabilidad de la víctima. Transmite la caída de los semblantes tradicionales, cuestionando el término de autoridad. En épocas pasadas no se dudaba de la primacía del falo imaginario. ¿Qué ocurre cuando los sujetos ya no se orientan por lo fálico en el mundo de la inexistencia del Otro? Aunque siga funcionando no podemos dejar de percibir los cambios de paradigma. En el curso “El Otro que no existe y sus comités de ética”, tanto Miller como Laurent hablaron de la “feminización del mundo” para señalar lo deslocalizado que afecta a las relaciones entre los sexos, los cuerpos y el tratamiento sobre ellos.

 

VI.  Digresiones entre fuerza y dominio

Que el abuso como dijimos anteriormente es un modo de violencia por el poder que se ejerce sobre alguien en inferioridad de condiciones, no hay dudas sobre ello. Esto me permite hacer una diferenciación entre fuerza y dominio.

Sabemos a pesar del canto a la igualdad de algunos de los movimientos feministas, el macho posee físicamente primacía sobre la hembra, en todas las especies. A eso lo llamamos fuerza con la posibilidad de un uso violento contra otro más débil. Entonces, es útil diferenciar fuerza de dominio.

Los abusos ponen en acción los cuerpos que dejan en evidencia un goce mortífero, sancionado y desconocido hasta ese momento. Sólo accesible si se logra responsabilizar al sujeto.

Entonces resultaría imposible no sancionar, estos acontecimientos abusivos, teniendo en cuenta la posición ética, no solo moral

Pero ¿cómo discriminarlos recordando la desilusión de Freud con el supuesto engaño de las histéricas con sus fantasías de seducción que hoy se denominan, en algunos casos, abusos? Podemos llegar a ubicar a lo largo de un tratamiento o la lectura de una enunciación que esa fuerza ejercida, haciendo víctima a alguien le otorga a esa víctima un dominio. Volviendo a jugar el juego en reverso.

Hay también un crecimiento constatable en la violencia ejercida sobre las mujeres, y ésta específicamente es la resaltada por los medios de comunicación. Es evidente que se ha modificado la lógica del Otro social. Consecuencias visibles en la regulación del goce, de los lazos, las identificaciones, el amor, la política y que afectan a las situaciones llamadas de abusos, violentas.

El exceso es la marca del goce contemporáneo. Y esta característica nos indica que hay una fallida regulación por fuera del lazo con el otro, a pesar de la homogenización de estos goces aglutinados a partir de un significante. Solidez de la satisfacción pulsional del sujeto en la similitud de ese goce y no en un ideal.

Es el empuje a la autonomía, la libertad, lo individual antes que lo colectivo, el amor allí no tiene mucho lugar. Empuje a un imposible: hacer lo que plazca, ilusión que conlleva la locura. Es aquí que el “ser abusado” da un ser compartido con otros excluyendo el amor, puesto que allí, no hay cesión de goce autista que dé lugar al deseo, barrera del goce. Las consecuencias se presentan en los síntomas, muchas veces, hoy, inconsistentes. Sujetos que no logran creer en el inconsciente, sin rastros fantasmáticos en juego, no trastabillan, esas brújulas eran la vía para constituir una relación tradicional al inconsciente y con el psicoanálisis.

Incidir en esa identificación a una comunidad de goce que es un acontecimiento de cuerpo como lo señala Laurent, cuando dice: “(…) A partir de acontecimientos del cuerpo se articula una política de vínculo social”7. Es el desafío para nuestra práctica.

En este punto el psicoanálisis se orienta por las invenciones para el tratamiento de lo real, que no se presenta como antaño.

 

Verónica Carbone es psicoanalista, reside en Buenos Aires.

Miembro de la AMP- EOL y del Nudo Zadig, La luz del síntoma.

 

Notas bibliográficas:

1 Lacan, J., El Seminario Libro 18, De un discurso que no fuera del semblante, Paidós, p. 43, Bs. As., 2009.

2 Lacan, J., El Seminario Libro 23, El Sinthome, Paidós, p. 144, Bs. As., 2006.

3 Freud, S., “La peritación forense en el proceso Halsmann”, en Obras Completas, Tomo XXI, Ed. Amorrortu, Bs. As., 2001.

4 Dessal, G., En Facebook sobre la tesis central de El retorno del péndulo.

5 Ibíd.

6 Ibíd.

7 Laurent, E., “El traumatismo del final de la política de identidades”, en Revista Digital La libertad de pluma Nº 1: http://lalibertaddepluma.com/articulos/eric-laurent/

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