Virginia Lazzari – El movimiento de mujeres y el voto. Una relación de amor y decepción

Desde sus orígenes los pilares que sostuvieron a la democracia liberal -ciertamente restringida en sus comienzos- fueron la división de poderes, la legitimidad de los distintos tipos de asambleas o cámaras que ejercían como balance en nombre de esa abstracción llamada soberanía popular, y la representación política –entendida como de individuos de igual status ante la ley– que, de la mano del sufragio como su materialización periódica constante, garantizaría un canal fluido entre representados y representantes. Sin embargo, pocos eran los que se aceptaban en el selecto grupo de población con derechos políticos completos1 y es que la discusión se suscitará en torno a lo que implica o no ser individuo y dónde se delinea el límite que conformará al conjunto de los iguales. Hombres, por supuesto, –ya que se daba por sentada su natural aptitud para las cuestiones públicas así como el desarrollo de su pensamiento racional– pero con otra serie de cualificaciones: una edad madura, ser propietarios, pagar determinada base tributaria, estar educados; es decir, requisitos que solo un puñado de aristócratas y burgueses podían cumplir y aseguraban la exclusión de los ‘elementos indeseables’. Por otro lado, la concepción de ciudadanía derivaba de la lejana Grecia, donde detentaba derechos políticos quien podía portar armas para defender a su patria2; motivos por el cual todas las mujeres quedaban excluidas, más allá de su formación o clase.

Pronto comenzaron los reclamos para ampliar esa base de ciudadanos con derechos y las mujeres se encontraron entre las que, ya en el siglo XVIII en algunos casos de forma individual y aislada3, reclamaban ser consideradas como aptas y quebrar la sólida barrera asentada sobre lo inapelable de la naturaleza que las excluía del poder público por el hecho de ser mujeres4, reclamaban que el sexo no fuera un determinante de aquella noción de individuo abstracto. Claro que no se trataba de cualquier tipo de mujeres sino de las hijas de los sectores altos y medios, educadas, mayormente en los principios de la Ilustración y la consecuente lucha contra los privilegios, y liberales, como sus padres y hermanos, pero ignoradas como seres racionales. Ellas fueron las que mayoritariamente dieron vida a la llamada primera ola del feminismo –un movimiento minoritario, siempre, de carácter liberal, blanco y de clases medias– y el voto se contaba entre uno de sus reclamos centrales. A partir de la década de 1860 irrumpe la cuestión de la mujer en los debates públicos británicos, de la mano de mujeres activistas que ahora se organizan en un verdadero movimiento. Su importancia reside en su carácter de modelo organizativo y de marco de referencia para las mujeres de todo el mundo.

El feminismo, surgido en los países anglosajones, pronto alcanzó un desarrollo importante, con las particularidades propias de cada nación. En Alemania, por ejemplo, la lucha política estaba estrechamente ligada a las mujeres trabajadoras, identificadas con el socialismo, como Clara Zetkin y Rosa Luxemburgo. En Francia, estaba marcado por las promesas incumplidas de la gran revolución. En Estados Unidos, había surgido ligada a la campaña antiesclavista –cosa no casual ya que el “pacto de sujeción”5 fundante de esa nación se basaba en la falta de derechos de negros y de mujeres– y en Italia, de la mano de las mujeres interesadas en la educación de las niñas.

 

¿Por qué era tan importante el voto?

Dada su esencia liberal estas mujeres feministas de la primera hora le asignaban al voto un papel fundamental como llave a las cámaras legislativas, es decir, como instrumento revolucionario que les permitiría introducir urgentes modificaciones en el sistema legal para mejorar las condiciones de subordinación en que pasaban sus días. “Se buena, dulce sierva, y deja que él sea inteligente”6, prescribía la moral burguesa triunfante que les ofrecía a ellas el pequeño reino de lo doméstico al tiempo que dejaba para ellos el monopolio de lo público.

Las mujeres no solo carecían de derechos políticos sino también civiles sobre la base de que la ley las catalogaba como incapaces de hecho. Por ejemplo, el acceso a las profesiones y a la propiedad ya que solo los hombres (padres, hermanos, tíos, maridos) podían detentar bienes; aunque fueran de ella, no podían testar, ni heredar, ni vender, ni abrir un negocio, ni tener una cuenta de banco y la dote pasaba al marido. En el caso de las que trabajaban por un salario, este le pertenecía al marido, que lo administraba según su parecer, como todo lo demás: donde vivir y cómo educar a los hijos. En lo educativo, reclamaban una educación de la misma calidad que la dispensada a los varones y la apertura de las universidades para ellas. Leyes de divorcio en las mismas condiciones que los varones y accesible, una reforma que prohibiera la prostitución y combatiera la doble norma en lo referido a moral sexual (castidad y fidelidad para las solteras y casadas; infidelidad tolerada para los casados), leyes de matrimonio que permitieran la patria potestad compartida, etc. El voto no era un fin en sí mismo sino un medio, era una virtual llave mágica que resolvería su situación de efectiva falta de derechos en todos los ámbitos, más allá de las diferencias en cuanto a la clase social a la que pertenecieran. Su confianza en los mecanismos de la democracia liberal para llevar la real emancipación y felicidad a todos estaba intacta.

Luego de ser ignoradas durante la segunda mitad del siglo XIX, en los primeros años del siglo XX (1906-1914), el movimiento sufragista británico se radicaliza en torno a un grupo denominado suffragettes, que utiliza como medios -tanto de propaganda como de reclamo del voto- una variedad de estrategias de inusual violencia para estas damas. Su irrupción en el espacio público –masculino– les daba una visibilidad totalmennte transgresora en relación a los roles asignados socialmente para los sexos; los “ángeles del hogar” se organizaron para romper a piedrazos las vidrieras del centro de Londres, lo que les dio un enorme impacto en la prensa mundial. A pesar de la condena pública, que iba desde la burla y el ostracismo social hasta la represión policial y la prisión, con serios daños físicos, organizaron mitines en lo que ellas mismas eran las oradoras y multitudinarias manifestaciones públicas, llegaron incluso a arruinar célebres obras de arte en nombre de su líder, quemaron estaciones de ferrocarril y los icónicos buzones del correo británico con bombas similares a las molotov y se autoinmolaron con el fin de hacer notoria su lucha.

El voto fue conquistado tras una larga lucha en el mundo entero. Los estados precursores fueron Nueva Zelanda (1893), Australia (1901) y Finlandia (1906) y tras la Primera Guerra Mundial las mujeres comenzaron a votar por primera vez a nivel nacional en Austria, Checoslovaquia, Dinamarca, Alemania, Irlanda, Países Bajos, Gran Bretaña, Noruega, Polonia, Rusia, Suecia y los Estados Unidos7. En otros casos, como Francia (1944), Italia (1945) y nuestro país8, hubo que esperar hasta la segunda postguerra.

Sin embargo, esta conquista no se materializó en los cambios esperados. Aunque ahora eran reconocidas por la ley como ciudadanas completas y activas, siguieron ganando un menor salario por igual trabajo, siguieron sometidas a la autoridad del marido y relegadas a un rol secundario en la sociedad, la familia, el trabajo, los sindicatos y el mundo de lo público en general. Asistían a votar, pero en los partidos políticos de masas, propios del siglo XX, se las mandaba a preparar el café en lugar de ocupar candidaturas o plantear proyectos y en los parlamentos eran apenas significativas excepciones9. Esta situación es la que inteligentemente Simone de Beauvoir denuncia en El segundo sexo: “La ciudadanía había hecho a las mujeres iguales a los hombres como sujetos ante la ley en un sentido formal, de procedimiento, pero no les había otorgado autonomía, ni social, ni económica, ni subjetiva. (…) En este sentido, el voto era solo una victoria parcial” (Scott, 2012: 217)

La decepción frente a la evidencia de que el mero ejercicio del voto no necesariamente acarreaba verdaderos cambios en las estructuras de poder sumió al movimiento de mujeres en un impasse hasta una nueva eclosión eclosión, en los años ´60 y ´70.

La segunda ola del feminismo da un giro y profundización en sus planteos y acuña el concepto de patriarcado para nombrar a un completo sistema de subordinación de las mujeres y minorías a los hombres, asentado en la división sexual del trabajo y enquistado en las costumbres sociales, económicas, culturales y sexuales más cotidianas, y reproducidas tanto por ellos como por ellas. El diagnóstico crítico rebasaba ampliamente la situación de desigualdad legal para apuntar al núcleo de nuestra organización social binaria y jerárquica. Así su lema fue mucho más radical: “lo personal es político” y expresaba la necesidad de poner en la mira las relaciones de poder, a todo nivel. Específicamente en el Reino Unido, por ejemplo, la agenda feminista incluía: “salarios iguales por trabajos iguales, educación igualitaria, guarderías gratuitas las 24 horas, aborto libre, anticoncepción gratuita y el derecho de las mujeres a controlar su fertilidad. La diversificación del feminismo es el resultado de su influencia y de su éxito”10.

Además de las cuestiones ligadas a la sexualidad, la reproducción y la familia patriarcal organizada en torno a la figura paterna, aparecen en la agenda las problemáticas de la mujer trabajadora -una mujer que ya no es ni burguesa, ni blanca, ni occidental, exclusivamente- como la doble jornada, el trabajo no asalariado ni reconocido como tal, el abuso laboral, la violencia de género, el “techo de cristal”, la discriminación operada por el mercado, etc. Se trata de cuestiones que no eran nuevas para ellas pero que se extendieron y profundizaron a medida que ingresaron masivamente al mundo del trabajo remunerado, fruto también de los mayores índices de escolarización y de la creciente cantidad de mujeres que ya no dedicaban su vida exclusivamente al matrimonio y la familia. Las investigaciones realizadas en cada campo constatan que ellas no accedían a posiciones que permitieran la toma de decisiones ni en el mundo lo la política, ni el de las empresas, ni el académico, ni el científico 11: “… puede decirse que las décadas de los ´70 y ´80 contemplaron el surgimiento de un fuerte feminismo crítico del mundo público e institucional que tuvo una gran repercusión, tanto en los estantes de las bibliotecas como en el mundo real” 12. El feminismo los incorpora entre los temas a discutir pues el acceso a la ciudadanía no había logrado los cambios anhelados en ninguno de esos planos.

Aún hoy las mujeres constituyen la porción de la población peor paga a escala mundial, tienen menores posibilidades de empleo, peores empleos y tareas para las cuales suelen estar sobre cualificadas. Con mejores tasas educativas, viven en la vulnerabilidad económica, que no es más que la cara material de la subordinación.

Compartimos la afirmación de Valcárcel (2012: 323): “El feminismo, que es en origen un democratismo, depende para alcanzar sus objetivos del afianzamiento de las democracias”, sin embargo los desafíos que ésta enfrenta hoy son profundos ya que la ciudadanía, entendida en su sentido liberal como representación individual a través del ejercicio del voto, se mostró insuficiente, cuando no impotente, para dar respuestas a las necesidades sociales y económicas colectivas.

 

Virginia Lazzari es historiadora, reside en Bahía Blanca.

Prof. y Lic. en Historia – U.N.S. Asistente de docencia en el Área de Historia Moderna y Contemporánea, asignatura Historia Contemporánea II.

 

 Notas bibliográficas:

 1 Para mediados del siglo XIX, “El Reino Unido, con alrededor de un millón de electores de 27.5 millones de habitantes, era sin duda menos restrictivo que, por ejemplo, Bélgica, con alrededor de 60.000 de 4.7 millones, pero ni era democrático, ni lo intentaba ser” sostiene Hobsbawm, E. (2006:113)

2 Este será uno de los argumentos recurrentes de quienes se oponen al sufragio femenino.

3 Tal es el caso de las primeras feministas famosas como la inglesa Mary Wollstonecraft (1759-1797), quien escribiera Vindicación de los Derechos de la Mujer (1792) u Olympe de Gouges (1748 – 1793), quien en plena revolución francesa reclamó en escritos -como la célebre Declaración de los Derechos de la mujer y la ciudadana- y sus discursos ante la Asamblea Nacional, la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, osadía que pagó con su cabeza.

4 Es preciso recordar que en el discurso de la Ilustración el ciudadano es esencialmente masculino. Para Rousseau -y traerlo a colación es pertinente por lo central de su figura en todos los debates posteriores- ellas lo son en tanto son esposas y madres de ciudadanos, nada más, de ahí que sus derechos se limiten a la esfera familiar y doméstica. Cfr.: Scott, J. W. (2012)

5  Valcárcel A. (2012:22)

6 Kingsley, C., cit. en Hobsbawm (2006: 247)

7 Cfr. Hobsbawm, E. (1998: 227)

8 En el contexto de América Latina, el primer estado en reconocer los derechos políticos para las mujeres fue Ecuador (1929) y el último Paraguay (1961). En Argentina, en 1947, el gobierno peronista asume el desafío de ampliar la base democrática a la mitad de la población y se sanciona la ley Nª 13.010; “… el liberalismo reformista consagró la minoridad jurídica de la mujer y su exclusión del ámbito político, el radicalismo mostró profundas ambivalencias en la defensa de las mujeres como ciudadanas”, sostiene Palermo, S. (2011. 60) “y el peronismo, a pesar de su heterodoxia ideológica, encontró en la ciudadanía política – no solo en la ciudadanía social- un terreno fértil sobre el cual construir su identidad partidaria”. Aunque habrá que esperar hasta la década del ´80 para que obtengan los derechos civiles plenos. Cfr.: Barry, C. (2011).

9 En Francia, por ejemplo, desde que se les concedió el voto en 1944 hasta la actualidad, la cantidad de mujeres en la Asamblea Nacional ha rondado invariablemente entre el 3 y el 6% de los escaños; una proporción muy inferior a la de otros países europeos (Scott; 2012: 18)

10 Skeggs, B. (2019: 220)

11 Se estima que el 95% de los puestos en el área de la salud son ocupados por mujeres, aunque las posiciones de poder y el mayor status corresponden a los hombres.

12 Evans, M. (1998: 74)

Bibliografía citada:

Barry, C., (Comp.), Sufragio Femenino. Prácticas y debates políticos, religiosos y culturales en Argentina y América, Caseros, EDUNTREF. 2011

Evans, M., Introducción al pensamiento feminista contemporáneo, Madrid, Minerva.1998

Hobsbawm, E., La era del capital, 1848-1875, Bs. As., Crítica. 2006

Hobsbawm, E., La era del imperio, 1875- 1914, Bs. As., Crítica.1998

Palermo, S., “Sufragio femenino y ciudadanía política en la Argentina, 1912-1947” en Barry, C., (Comp.), Sufragio Femenino. Prácticas y debates políticos, religiosos y culturales en Argentina y América, Caseros, EDUNTREF. Pp. 29-62. 2011

Scott, J. W., Las mujeres y los derechos del hombre. Feminismo y sufragio en Francia, 1789-1944, Bs.As., Siglo XXI. 2012

Skeggs, B. (2019), Mujeres respetables. Clase y género en los sectores populares, Los Polvorines, Universidad Nacional de General Sarmiento.

Valcárcel, A. (2012), Feminismo en el mundo global, Madrid

¡HAZ CLICK Y COMPARTE!