Virginia Lazzari – La violencia en la historia. Un breve repaso.

Canibalismo, Tribalismo, Sacrificios humanos, Tortura, Limpieza étnica, son conceptos que parecen ubicarse entre las tinieblas del tiempo, signos de etapas superadas para la humanidad. La violencia en la historia –entendida ésta en su significado más ostensible, como acto de brutalidad y con esto quiero decir que no creo que se limite a este tipo de manifestación– es una contante. Sin embargo, las formas en que se percibe, como sus manifestaciones, causales y agentes no son los mismos.

Norbert Elias, en Deporte y ocio en el proceso de la civilización realiza una sociología del deporte y sostiene que el deporte es útil en tanto forma grupos nosotros-ellos y mezcla lo racional con lo irracional. Hay quienes dicen que el deporte puede ser un sustituto de la guerra ideal para entrenar para la guerra porque acrecienta la dureza y agresividad. Básicamente supone que en el camino de construcción de una sociedad cada vez más civilizada, con reglas políticas claras, preestablecidas en una constitución que evitara el caos y las guerras civiles cada vez que moría el que detentaba el poder, las elites inglesas derivaron esa capacidad de agresividad a un espacio pautado, donde los contrincantes se medían pero no se mataban: el deporte.

“El pasado”, denuncia el historiador Enzo Traverso (2019: 164), “aparece representado como una era indeterminada de violencia, frente a la cual surge nuestra época de sensatez postotalitaria y democracia liberal pacífica”. Sin embargo, la historia transita por caminos mucho más complejos que el de la pretendida desaparición o arrinconamiento de la violencia a espacios excepcionales o irrupciones esporádicas.

En Vigilar y Castigar Foucault narra con profusión de detalles, algunas formas del suplicio público impartido sobre los cuerpos díscolos por los poderes instituidos del Antiguo Régimen: plomo derretido,  tenazas candentes,  resina ardiente,  estiramiento de miembros, desgarramiento, cepo, potro, rueda, picota, látigo, exposición, etc. Eran la Iglesia Católica (fundamentalmente a través del Tribunal de la Santa Inquisición) y la monarquía de derecho divino, los encargados de demostrar el peso de su poder sobre los desobedientes, los desafiantes y los críticos. Había todo un arsenal de métodos de tortura ideados para hacer sufrir al otro, el intelecto al servicio del tormento de nuestros semejantes, para infringir dolor y retrasar la muerte, pues esta solo podía llegar no como un acto de liberación final sino como el punto en que se acababa el jugoso espectáculo público. Incluso se llegaron a elaborar tratados completos que daban instrucciones precisas para combinar y agregar suplicios, retardando el momento de la muerte, que liberaría al reo de su carga. Por ejemplo, a los regicidas se los descoyunturaba en la rueda, se los azotaba hasta que perdían el conocimiento, luego se los suspendía con cadenas y – finalmente- se los dejaba morir de hambre en un sitio público, pues la vista del proceso por parte de la población convierte la experiencia en ejemplarizante. También instruyen sobre el modo de quitarle las vísceras a un reo para arrojarlas al fuego, ante sus propios ojos y en estado de conciencia, pues “El suplicio es una técnica”.

Se trata de acabar con los cuerpos indóciles, especialmente de las mujeres, pues fueron ellas las víctimas mayoritarias (estimadas en un 80%) y cuyo caso paradigmático fue la caza de brujas y su condena a arder en la hoguera, que llegó a su cénit en el siglo XVII. ¿Cuáles son los delitos para ellas? Herejía, blasfemia, aborto, adulterio, actos libidinosos, magia, pactos con el demonio, conocimiento sobre pociones y remedios caseros, conocimientos y uso del cuerpo y la sexualidad, más allá de las normas vigentes y del decoro recomendado por las iglesias.

El siglo XVIII trae a la Ilustración como movimiento intelectual destinado a luchar contra las supersticiones y la oscuridad de los hábitos tradicionales en nombre de la razón y el progreso acumulativo e infinito de la humanidad. Bajo su influjo cambian los castigos, se reforman las leyes, se da una nueva justificación moral a la pena y se redactan códigos modernos que reniegan del castigo como expiación del mal. Las costumbres cambian y se dulcifican, los suplicios desaparecen y comienzan a juzgarse con horror, como signos de barbarie. Ahora se trata del diseño de una verdadera “ortopedia moral”1; el castigo se hace más sutil e invisible con el fin de regenerar al reo, no de despedazarlo.

Por un lado, es necesario notar que estos cambios se dieron de un modo mucho más lento de lo que habitualmente se enseña. La guillotina se utilizó en Francia hasta la década de 1970 (1977) y la pena de muerte acompañó al largo y oscuro periodo franquista en España, la muy ilustrada María Teresa de Austria dictó en fecha tan tardía como 1769 una Constitutio Criminalis Theresiana, donde se especificaba cómo aplicar la tortura en los procesos judiciales, dependiendo de los delitos, con detalles tan jugosos como cuántas uñas hacerle reventar a un prisionero por robo y el último condenado a ser descuartizado tuvo lugar en Cracovia, en 1808!

Por otra parte, la violencia no desaparece. Antes bien, se traslada a la periferia colonial. Son muchos los historiadores que sostienen que el hombre blanco, europeo y “civilizado” desplaza su potencia para ejercer violencia a los territorios coloniales, como América, Asia y África. Los belgas y su extrema crueldad aplicada a la población del Congo para dominarlo y extraer su enorme riqueza (marfil y caucho), son un ejemplo de ello. El rey Leopoldo II no contento con reducir a los nativos a la esclavitud, mandaba a mutilarles sus miembros superiores cuando no llegaban a cumplir con la cuota de caucho exigida para gloria de la dinastía reinante. La violencia tiene vía libre para utilizarse en tierras ignotas, incomunicadas, de difícil acceso, ocupadas por otro que no es visto como un par sino como un ser racialmente inferior. Toda la carrera imperialista del siglo XIX está marcada y legitimada por un discurso pseudocientífico basado en la superioridad del hombre blanco. En los ricos territorios tropicales y subtropicales la violencia, lejos de desaparecer o suavizarse está mayormente invisibilizada, pero finalmente siempre es avalada por esa supuesta superioridad y por esa construcción de la “otredad colonial”2.

Hasta que explota en la propia cara del europeo con los horrores de la I Guerra Mundial y la propia noción de Progreso –clave de la cultura Occidental– entra en crisis en el barro de las trincheras. La muerte en masa, y su secuela de lisiados y mutilados, se vuelve una realidad gracias al desarrollo científico-tecnológico3: ametralladoras, tanques, los primeros aviones de combate, gases y bombardeos a la población civil sorprenden y rompen la confianza del ilustrado hombre europeo, fenómeno que se profundizará con la siguiente guerra.

Ya no quedan dudas sobre la persistencia del uso de la violencia, convertida en verdadero combustible político para los fascismos históricos –denominación que se da a los variados casos del siglo XX europeo–, que hicieron del miedo del hombre medio el motor de sus sistemas de movilización masiva, agresividad política y permisividad de la violencia a niveles nunca antes vistos.

El siglo XX, con el Holocausto como acontecimiento –o bien especial por sus características y dimensiones, o bien culminación lógica de la modernidad4– se mostró tan prolífico en experiencias de violencia masiva que en esta disciplina, a partir de los años 80, se abrió todo un campo de estudio marcado por el protagonismo de las víctimas y sus testimonios, entre los cuales el de Primo Levi es uno de los más conocidos. Al decir del historiador Francisco A. Ortega (2008: 36), “…la historia académica es la modalidad discursiva por excelencia que tratará de asignarle coherencia y sentido a las experiencias traumáticas colectivas”.

La historia nos da la posibilidad de analizar por qué las cosas pasaron como pasaron y no de otro modo, de pensar en paralelismos, de establecer categorías sociales, políticas e ideológicas y trazar comparaciones en función de variables diversas. Hoy se habla del surgimiento de los neo-fascismos o posfascismos5 y se debate intensamente sobre los parecidos y las diferencias entre el modelo histórico y las manifestaciones políticas de derecha más recientes. Estos movimientos radicales pueden emparentarse con aquellos fascismos históricos por su nacionalismo excluyente, su discurso conservador en lo que hace a la defensa de la familia tradicional, su homofobia, su xenofobia y su islamofobia. Sin embargo, mientras aquellos nacieron como reacción a una profunda crisis del liberalismo, estos surgen de su absoluta hegemonía global en su fase neoliberal6, en un escenario que ya no ofrece modelos ideológicos en competencia, ni alternativas utópicas sólidas. Una vez caído el socialismo real, como dijo Fredric Jameson, “parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo”.

“En nuestros días, la única religión política es la idolatría del mercado. El mercado es una entidad sagrada constantemente celebrada y postulada como indiscutible”7. Como consecuencia, crecieron la desigualdad y la exclusión y con ellas los índices de violencia de diversa índole (de género, contra la propiedad, laboral, institucional, etc.). Las sociedades del postfordismo o capitalismo tardío son otras. Están desarticuladas, son una agregación de individuos aislados compitiendo entre sí, si sobreviene el fracaso, se culpa al propio individuo pues el lenguaje del emprendedorismo ha permeado las conciencias, la precariedad como modalidad  laboral es lo máximo que tienen para ofrecer –especialmente a los jóvenes, franja poblacional que mayores índices de desempleo experimenta– y la incertidumbre reina: “El mundo cómodo y acogedor que se nos ha dicho que duraría para siempre, un mundo en el que el pleno empleo podía ser garantizado por la firma de un canciller, ese mundo se ha ido para siempre”, sentenció en 1976 el primer ministro británico James Callaghan8.

Frente a esta completa precarización de la vida, aparecen nuevos síntomas de alienación, y con ella la violencia. Pero ahora se trata de una violencia tan callada como estructural. Un capítulo inquietante merecería el fenómeno de los disparos de armas de fuego entre los jóvenes de los Estados Unidos que, recurrentemente, apelan a la violencia a mansalva contra sus pares, habilitada por su predilección por la libre portación de armas. Desafortunadamente, se trata de un fenómeno sobre el cual los historiadores, al día de hoy, han reflexionado poco. La medicalización –especialmente de nuestros jóvenes– y la multiplicación de patologías psiquiátricas, como la depresión, la ansiedad y la bipolaridad constituyen otra manifestación del mismo proceso que algunos críticos culturales engloban bajo el concepto de “privatización del estrés”9  y la enorme presión por alcanzar el éxito.

El estado, en su retirada sistemática, ha generado una profunda transformación de la esfera pública clásica, desprestigiada, vaciada y desfinanciada y hoy ese escenario -que en el mundo occidental fuera sinónimo de espacio de construcción de democracia-  cobra la forma de un campo devastado, sobre el cual se erige el individuo en toda su vulnerabilidad.

 

Virginia Lazzari es historiadora, reside en Bahía Blanca.

Prof. y Lic. en Historia – U.N.S. Asistente de docencia en el Área de Historia Moderna y Contemporánea, asignatura Historia Contemporánea II.

 

Notas:

1 Foucault, M., Vigilar y Castigar (2010).

2 T. Todorov, La conquista de América. El problema del otro, (2014).

3 E. Traverso (2019: 166) detalla que la batalla del Somme, solamente en su primer día, arrojó la cifra de 30.000 muertes.

4 Cfr.: Adorno, T. W. y M. Horkheimer, (2002) y Bauman, Z., (2016).

5 Traverso E. (2018) utiliza el término para los casos de las derechas europeas, aunque podría ampliarse su uso para el caso de Bolsonaro y Trump en nuestro continente.

6 Para profundizar en las distintas líneas de diferenciaciones y continuidades entre los fenómenos de derecha en nuestro continente, se recomienda el artículo de Diego Sztulwark, “El neofascismo, fase dura del neoliberalismo”.

7 Traverso, E.; 2018: 143.

8 Cit. en Fisher, Mark, Realismo Capitalista; 2019: 128.

9 Fisher; 2019: 138. Algunas cifras aportadas por el psicólogo británico Oliver James: “la tasa de desórdenes mentales aumentó caso 100% entre aquellos nacidos en 1946 y los nacidos en 1970. Por ejemplo, el 16% de las mujeres de 36 años en 1982 dijeron tener problemas con los nervios, tristeza o depresión, mientras que las treintañeras  que dijeron sentir lo mismo en 2000 fueron el 29%” (1919: 67)

Bibliografía:

ADORNO, Theodore W. y Max HORKHEIMER, (2002), Dialéctica del Iluminismo, Madrid, Editorial Nacional.

BAUMAN, Zygmunt, (2016), Modernidad y Holocausto, Madrid, Sequitur.

ELIAS, Norbert y Eric DUNNING, (1992), Deporte y Ocio en el proceso de la civilización, Madrid, F.C.E.

FISHER, Mark, (2019), Realismo Capitalista. ¿No hay alternativa?, Bs. As., Caja Negra.

FOUCAULT, Michel, (2010), Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión, Bs. As., Siglo XXI.

ORTEGA, Francisco A., (2008), “Violencia social e historia: el nivel del acontecimiento”, Universitas Humanística, núm. 66, julio-diciembre, 2008, Pontificia Universidad Javeriana, Bogotá, Colombia, pp. 31-56. Disponible en: http://www.redalyc.org/articulo.oa?id=79106605

SZTULWARK, Diego “El neofascismo, fase dura del neoliberalismo”, Revista Anfibia. Disponible en: http://revistaanfibia.com/ensayo/lula-bolsonaro-neofascismo/

TRAVERSO, Enzo, (2018), Las nuevas caras de la derecha, Bs.As., Siglo XXI.

TRAVERSO, Enzo, (2019), “Interpretar la era de la violencia global”, Revista Nueva Sociedad, Nª 280, Marzo-Abril 2019. Disponible en: https://nuso.org/articulo/interpretar-la-era-de-la-violencia-global/

TODOROV, Tzvetan, (2014), La conquista de América. El problema del otro

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