Virginia Lazzari – No todos fuimos niños. Sobre la niñez en la historia

Nuestros padres y abuelos seguramente recuerden ese momento, muchas veces solemne, en que dejaron de usar pantalones cortos para ponerse los largos y pasar al mundo “de los grandes”. Las chicas también tenían su propio rito de pasaje mediante el cual, con un baile y vestido especial, eran presentadas en sociedad e ingresaban al mundo de las jóvenes disponibles para casarse. Aún nos queda el cumpleaños de 15, o de 16 en los países anglosajones, como vestigio. Sin embargo, este pasaje de la niñez a la adultez no es más que una construcción social de la modernidad porque no todos los y las pequeñas fueron niños en la historia de Occidente. Muy por el contrario, la niñez como una etapa particular en el desarrollo de los individuos humanos tiene un origen bastante reciente.

Un investigador del tema sostiene que “La historia de la infancia es una pesadilla de la que hemos empezado a despertar hace muy poco.”1  Esto se debe a que antes los niños no eran más que adultos pequeños (homúnculus u hombres en miniatura en latín) que se incorporaban rápidamente al mundo adulto, se los trataba como tales, sin privilegios ni miramientos especiales, sujetos a castigos físicos y abusos sexuales, usados como fuerza de trabajo del mismo modo que sus padres e, incluso, vendidos2. Se les enseñaba a través del miedo y los castigos corporales. Entre los romanos, por ejemplo, el vínculo sanguíneo entre padres ‒y acá padre solo involucra a la figura masculina, la del pater familias, el jefe indiscutido‒ e hijos no tenía privilegios por sobre otros vínculos. De modo que se podían deshacer de un hijo propio pero adoptar al de un amigo, pariente o esclavo y criarlo como su propio heredero. Había mucho de elección ahí; los hijos no deseados, simplemente, se abandonaban y los deseados se reconocían en un acto meditado conscientemente: el ritual de la elevatio de la criatura recién nacida.

Las cosas comenzaron a cambiar en los primeros siglos de la era cristiana. El niño se ve revalorizado junto con la fecundidad, la indisolubilidad del matrimonio como sacramento y la ley de primogenitura, que asegura el traspaso del patrimonio de una familia al primer hijo varón. En el inseguro medioevo los hijos son fuente de ciertas garantías; mano de obra gratuita, aprendices obligados de sus padres y vehículo de alianzas con otras familias para garantizar la lealtad, la propiedad, los privilegios y los títulos de nobleza. Aun así, esa revalorización fue bastante matizada. El aborto y sobre todo el infanticidio, aunque condenados por la Iglesia, seguirán siendo una práctica corriente en toda Europa; se los arrojaba en un río o en la letrina más cercana o se los hacía víctimas de descuidos o “accidentes” que los llevaban a la muerte, como caerse dentro de la chimenea encendida3. También lo era el abandono (los llamados niños expósitos se exponían en algún lugar público para, con una buena dosis de suerte, ser recogidos por la caridad) sobre todo en los sectores más bajos, donde una boca más para alimentar podía ser la ruina de todos, en los casos de los muchos hijos ilegítimos y en los niños con enfermedades y malformaciones. Existía un profundo temor a dar a luz niños monstruosos, con características animales o enfermos, por lo que las mujeres recurrían a diversos conjuros protectores que la Iglesia denominó brujería, pues no había mucho más que hacer. A la hora de la sobrevivencia las hijas mujeres eran una carga y contaban mucho menos que un hijo varón. Estas prácticas corrientes “no fueron en el fondo otra cosa que una forma cruel de control de la natalidad”4 El lazo materno era tenue, especialmente en los sectores acomodados. Las grandes damas romanas no amamantaron a sus hijos por razones estéticas y por considerarlo algo propio de los sectores bajos, como tampoco se hizo durante toda la edad media y moderna, hasta el siglo XIX. La decisión siempre corría por cuenta del padre, autoridad encargada de cortar el lazo materno. Solo las más pobres amamantaron a sus hijos. Para eso se empleaban a las nodrizas o “amas de leche”. Se trataba de un trabajo remunerado para las madres pobres, generalmente campesinas, que se llevaban a los lactantes a sus casas, donde tenían a sus propios hijos, por lo que la dedicación era repartida entre varios lactantes además de las tareas domésticas y las labores de la unidad rural. En esas circunstancias era bastante habitual que no pocos murieran por asfixia e infecciones5 asociadas a la falta de higiene. Esto comprueba que la lactancia materna no es un hecho biológico sino una práctica cultural, atravesada por la clase social, que ha tenido sus avances y retrocesos a lo largo del tiempo.

El historiador Philippe Aries6 sostiene que durante la Edad Media no había ni vestimenta especial para ellos (a excepción del fajado, que es una costumbre de origen romana que perdurará durante siglos y buscaba darle forma a ese cuerpito blando), ni juegos exclusivos. Se trata de una sociedad en la que “no había espacio para la infancia”. Recién en el siglo XVII se advierten como novedad en las representaciones artísticas y Rubens puede servir de ejemplo perfecto. El deseo de retratar a los hijos pequeños había aparecido.

Por lo demás, la demografía fue cruel con ellos: la enorme mortalidad materna e infantil fue un problema hasta fines del siglo XIX7, por lo que se tenían muchos niños con la esperanza de que alguno tuviera la suerte de llegar a la edad adulta. Tan peligroso era, tanto para la parturienta como para la criatura, que cuando un parto se daba con éxito se hacían celebraciones familiares y hasta comunitarias; “un enjambre de mujeres, parientas y vecinas se juntaban para felicitar y mimar a la joven madre, admirar al bebé, traerle regalos, evocar recuerdos, comer, brindar y charlar”8. Además, en sociedades mayormente campesinas, dedicadas a la explotación de la tierra, tener una familia numerosa implicaba tener disponible abundante mano de obra gratuita y alguien que cuide de los padres en la vejez. En el imperio ruso, hasta el siglo XX, el 50% de los niños morían antes de los 5 años, con lo cual era mejor no encariñarse demasiado con aquellas frágiles criaturas.

Es la Ilustración, en el siglo XVIII, la que sembró la idea de que los niños, en tanto tabulas rasas, tenían un potencial que cuidar para que pudiera florecer en la adultez por lo que dependían de la educación que se les diera para desarrollarse. Gracias a los pedagogos ilustrados se divulgaron innovadores planes educativos, como los de Rousseau que en su Emilio (1762) habla de una infancia pura a la que hay que dar un trato diferente.

Aun así, durante la I Revolución Industrial se los utilizó como mano de obra barata, desde los 6 años en adelante, cuando ya podían caminar, mantenerse en pie largas horas y cumplir órdenes sencillas. Tanto en el campo como en las ciudades, se valoraban por aquello que podían aportar a la economía familiar, dependiendo de la clase social a la que pertenecieran. Dado su pequeño tamaño, niños y niñas se empleaban para ingresar a las minas de carbón, donde lo recogían y empujaban las vagonetas cuesta arriba, limpiar de su hollín a las chimeneas9, vender en la calle o meterse detrás de las máquinas textiles de los flamantes talleres industriales para enmendar las hebras de algodón que se cortaban. Sus pequeñas manos generaron parte de la riqueza del “taller del mundo” en jornadas laborales tan extenuantes como las de los adultos.

Cuando el estado británico advirtió la explotación infantil, que hacía estragos en la salud de su población, se suscitaron una serie de debates de los que participaron tanto los parlamentarios como los reformadores sociales y los médicos para determinar desde qué edad esos sujetos pequeños podían ingresar al mundo del trabajo en forma legal10 ¿Hasta qué edad se era niño en ese contexto? En nuestro país una ley de 1907 estableció que los menores de 10 años no podían trabajar y luego de esa edad solo se permitía a quienes hubieran asistido a la escuela. El estado se erigía en el que determinaba y normativizaba a la infancia y protegía al “niño en peligro”, por lo menos desde el plano teórico y jurídico puesto que hacerla cumplir fue mucho más problemático.

Mientras los niños y niñas de las clases pobres se veían obligados a trabajar en las nuevas sociedades industriales, los de las clases acomodadas estaban conquistando su cuarto propio. A mediados del siglo XIX comenzó a difundirse en las casas de la alta burguesía, tanto la costumbre del cuarto para los niños, separados de los adultos, como la guardería (nursery) con una decoración especialmente pensada para ellos, con colores pasteles, figuras de animales, muebles adaptados y juguetes. Así se generaba un clima de menor promiscuidad sexual entre generaciones distintas, se conquistaba la privacidad como nuevo valor y se les aseguraba un espacio para el descanso, el juego y la lectura. En esos espacios, como en los nuevos parques, jardines zoológicos y plazas, desarrollaban juegos de roles, el balero, la carreta, la clásica pelota o los soldaditos de plomo, aros, triciclos, monopatines y muñecas11. El ideal de la madre dedicada por completo a las labores domésticas y a la crianza de los hijos surge en estos entornos netamente burgueses. En el caso de las familias trabajadoras, a fines del siglo XIX el modelo de hogar ejemplar burgués había permeado; si no podían tener más de un dormitorio procuraban separa la zona de dormir de los niños con una cortina.

La educación que recibían también dependía de su pertenencia de clase, puesto que hasta fines del siglo XIX no se instituyeron sistemas educativos primarios comunes y obligatorios a cargo de los estados nacionales. Antes de ese hito para las clases bajas se empezaron a organizar las escuelas dominicales, dependientes de las distintas confesiones o de los reformistas sociales, pero no eran de carácter obligatorio. Las clases altas, en cambio, desde la Edad Media mandaban a sus hijos a instituciones educativas confesionales o a internados selectos -como Eton College- y continuaron haciéndolo como una forma de diferenciación social, lo que prolongaba la separación entre padres e hijos. Claro está que niños y niñas se educaban por separado, con contenidos distintos pensados para roles de género diferentes: las ciencias, los negocios y la política para ellos, las labores y el piano para ellas. Como puede apreciarse, había distintos tipos de mundos infantiles y de valoraciones de la infancia coexistiendo en un mismo momento histórico.

En este sentido, los avances en la medicina y la sanidad que lograron menguar la mortalidad y mantenerlos con vida fue determinante a la hora de que los padres invirtieran mayores recursos -tanto materiales como afectivos- en torno a las criaturas que ahora sí tenían serias posibilidades de integrar el núcleo familiar. Un mayor control de la natalidad hizo lo suyo, permitiendo tener menos hijos y dedicarles mayores cuidados y atenciones a los que se planificaban. Las sociedades industriales y urbanas comenzaron a modificar sus comportamientos demográficos; Francia constituye el ejemplo más precoz. Sin embargo, hay que marcar la diferencia ‒nuevamente‒ con los comportamientos de las clases populares y rurales, en las que los nacimientos siguieron siendo numerosos. Luego la psicología, por su parte, encontró que esta etapa de la vida era fundamental en la construcción de la subjetividad.

Todos estos factores combinados hicieron que recién a mediados del siglo XIX apareciera una identificación y determinación de la niñez como una etapa diferenciada en el desarrollo que fue acompañada de una serie de nuevas demandas y tratos específicos que rodearon a los niños de cuidados especiales. Como consecuencia, se generó un nuevo lazo afectivo con sus progenitores ‒fundamentalmente con la madre‒ que antes era muy inusual. Los estudios funerarios indican una mayor presencia de tumbas con monumentos y fastuosos adornos para los niños muertos, la muerte durante los primeros años ya no se vive como algo inevitable y genera un dolor que se plasma públicamente.

El proceso se completó durante el siglo XX conformando una nueva sensibilidad, privada y pública, hacia ellos. La contracara fue que los niños comenzaron a concebirse como el futuro de la Nación y de la “raza”. Los estados maternalistas y de bienestar absorbieron la importante responsabilidad al cuidar especialmente a las madres y sus niños por ejemplo, instrumentalizando un sistema educativo uniforme y un sistema de salud. En ese contexto, en 1959 la Asamblea General de las Naciones Unidas dictó la Declaración de Derechos del Niño que los reconoce como personas sujetos de derechos, como el derecho a la identidad, la dignidad y la libertad. Llegados a la edad dorada del capitalismo, el mercado en colaboración con la moderna publicidad y las innovaciones en la industria, también supieron identificarlos. Niños y niñas se erigieron, desde antes de nacer, en un importante segmento para el consumo de una gran diversidad de productos, desde juguetes hasta ropa, artículos de higiene, libros, revistas y espectáculos infantiles.

Como vemos, la niñez, lejos de entenderse como un periodo puntual del crecimiento biológico de la cría humana, encierra un sentido y un valor cultural insertos en su propio contexto histórico. Al cambiar estos, acompañados de un profundo y lento cambio en la sensibilidad colectiva, cambiaron tanto las prácticas cotidianas más privadas como las de los estados. Y como los contextos históricos, sociales, económicos, educativos, tecnológicos y científicos siguen su dinámica de cambio, con sus distintas temporalidades, probablemente la categoría infancia seguirá su curso de mutaciones en direcciones aún desconocidas.

Virginia Lazzari es historiadora, reside en Bahía Blanca.

Prof. y Lic. en Historia – U.N.S. Asistente de docencia en el Área de Historia Moderna y Contemporánea, asignatura Historia Contemporánea II.

Notas Bibliográficas

1 En el S, XII la Iglesia decretó que no se podía vender a un hijo después de los 7 años, lo que marca la sobrevivencia de una práctica común en la Antigüedad, donde existía la esclavitud.

2 Ver: Ariès, P., (1986), “La Infancia”.

3 Elías, N., La civilización de los padres, p. 420.

 4 Por ejemplo, la sífilis y la gonorrea. Cfr. Hernández Gamboa, E., (2008), “Genealogía histórica de la lactancia materna”, en REVENEF, Revista Semestral, N° 15, pp. 1-6.

 5 El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, cap. II: “El descubrimiento de la infancia”.

6 Charles Dickens, en parte en base a sus propias experiencias, lo plasma de manera magistral en Oliver Twist (1838).

 7La primera Ley de Fábricas en Gran Bretaña data de 1833 y limitaba el trabajo de mujeres y niños a 12 horas en la industria textil y el primer informe parlamentario sobre las minas data de 1842.

8Cfr. Stagno, L., (2011), El descubrimiento de la infancia, un proceso que aún continúa, p. 5.

9En la Argentina, la Ley 1420 data de 1884.

10“La sensibilidad hacia la infancia no redujo la autoridad de la familia ni la del poder paterno” (Perrot, M., en Aries, P. y G. Duby, 1989: 128)

11Como Billiken, que nace en 1919.

Bibliografía

Ariès, P., (1960), El niño y la vida familiar en el Antiguo Régimen, cap. II: “El descubrimiento de la infancia”

Ariès, P., “La infancia”, Revista de educación nº 281. Historia de la infancia y de la juventud, 1986, pp. 5-17.

Elias, N., (1998), La civilización de los padres y otros ensayos, Bs. As., Norma.

Hernández Gamboa, E., “Genealogía histórica de la lactancia materna”, en REVENEF, Costa Rica, Revista Semestral, N° 15, 2008, pp. 1-6.

Knnibiehler, I., (2001), Historia de las madres y de la maternidad en Occidente, Bs. As., Nueva Visión.

Lloyd de Mause, (1974), La evolución de la infancia, New York, The Psychohistory Press, Cap. 1, pp. 1-68.

Perrot, M., “Figuras y funciones”, en Ariès, P. y G. Duby, (1989), Historia de la vida privada, T. 7: La Revolución Francesa y el asentamiento de la sociedad burguesa, Madrid, Taurus, pp.127- 191.

Stagno, L., (2011), “El descubrimiento de la infancia, un proceso que aún continúa”, en Finocchio, S. y Romero, N. (comps.), Saberes y prácticas escolares, Rosario, Homo Sapiens, pp. 41-61.

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